…porque me da la gana.
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Archivo para la etiqueta ‘Música’

El franquismo en la cultura popular andaluza: El destierro

Música, Poesía Un comentario »

A Luis Cernuda le arrancaron España como a quien le arrancan un brazo o una pierna. También le arrancaron de la memoria de dos generaciones de españoles. En el nuevo ideario fascista de la España de Franco no interesaba un poeta andaluz, rojo y maricón como él, cuya única ventaja era haber escapado del destino que le esperaba a manos de los sublevados; el mismo destino que había sufrido Federico: un paseo por el campo al despuntar el alba y un tiro a traición por la espalda. Sólo un cuerpo más que enterrar en los cementerios de la Historia que son las cunetas de las carreteras españolas.

No, Cernuda tuvo la suerte de poder sobrevivir, de alejarse de aquella España negra y sin futuro, detenida en el tiempo, y seguir adelante en Inglaterra y en América. Sin embargo, Luis Cernuda ya no volvió a ser el mismo. Durante el resto de su vida se vio consumido por la nostalgia y el recuerdo de su patria; una nostalgia que se manifiesta en poemas como Quisiera estar solo en el sur, o en éste que hoy traigo, Un español habla de su tierra.

Hoy, casi cincuenta años después de su muerte, algunos españoles volvemos la vista atrás y buscamos entre las ruinas de una época para encontrar los retales de nuestra cultura. Cernuda ya lo vaticinó en su poema: “Un día tú, ya libre de la mentira de ellos, me buscarás. Entonces ¿qué ha de decir un muerto?” Creo sinceramente -y espero- que mucho, por nuestro propio bien.

Las playas, parameras
al rubio sol durmiendo,
los oteros, las vegas
en paz, a solas, lejos;

los castillos, ermitas,
cortijos y conventos,
la vida con la historia,
tan dulces al recuerdo.

Ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
de todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.

Una mano divina
tú tierra alzó en mi cuerpo
y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.

Amargos son los días
de la vida, viviendo
sólo una larga espera
a fuerza de recuerdos.

Un día, tú ya libre
de la mentira de ellos,
me buscarás. Entonces
¿qué ha de decir un muerto?

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19 junio, 2010 |

Tags: cultura, franquismo, Música, Poesía




El niño yuntero

Música, Poesía 8 comentarios »

Dejadme que en este año tan especial, en el que conmemoramos el centenario del nacimiento de Miguel Hernández, traiga a esta página uno de mis poemas preferidos, musicado por Victor Jara en lo que considero una de mis canciones preferidas.

Es tanto lo que dice este poema, tanta la rabia contenida en estas letras, que nadie puede quedar indiferente ante su mensaje. No podemos olvidar que hoy en día aún son millones los niños yunteros que trabajan como esclavos repartidos por todo el mundo. Seguramente los que hoy añoran tiempos pasados no hayan sido nunca uno de aquellos niños yunteros, ni hayan visto nunca su cuello perseguido por el yugo.

¡Vaya! Al final me ha salido un curioso juego de palabras…

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatifecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepurtura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.

Le veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
u declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

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13 mayo, 2010 |

Tags: Música, Poesía




Lo que puede el dinero

Música, Poesía 2 comentarios »

En estos días de convulsiones económicas y de reacciones sociales, es bueno remontarse a épocas pasadas para descubrir que nada ha cambiado. En los casi setecientos años transcurridos desde que Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, escribiera estos versos en su Libro de Buen Amor, el mundo ha seguido moviéndose por el puro interés económico.

Por otro lado, siempre es interesante constatar el punto de vista que sobre la Iglesia del siglo XIV tenía uno de sus miembros. También ellos siguen a lo suyo, como si el tiempo no hubiera pasado.

Este poema fue musicado por Paco Ibañez, quien lo cantó en su mítico concierto de 1969 en el teatro Olympia de París, y hoy es la recomendación musical de El ojo del tuerto:

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“Del Arcipreste de Hita, esta canción de hace siete siglos que, cantada hoy, da la impresión de que ha sido escrita hoy. Ataca un poquitín a la Iglesia.”

Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar;
al torpe hace discreto, hombre de respetar,
hace correr al cojo al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.

También al hombre necio y rudo labrador
dineros le convierten en hidalgo doctor;
Cuanto más rico es uno, más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es de sí señor.

Y si tienes dinero tendrás consolación,
placeres y alegrías y del Papa ración,
comprarás Paraíso, ganarás la salvación:
donde hay mucho dinero hay mucha bendición.

Él crea los priores, los obispos, los abades,
arzobispos, doctores, patriarcas, potestades;
a los clérigos necios da muchas dignidades,
de verdad hace mentiras; de mentiras hace verdades.

Él hace muchos clérigos y muchos ordenados,
muchos monjes y monjas, religiosos sagrados,
el dinero les da por bien examinados:
a los pobres les dicen que no son ilustrados.

Yo he visto a muchos curas en sus predicaciones,
despreciar el dinero, también sus tentaciones,
pero, al fin, por dinero otorgan los perdones,
absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.

Dicen frailes y clérigos que aman a Dios servir,
más si huelen que el rico está para morir,
y oyen que su dinero empieza a retiñir,
por quién ha de cogerlo empiezan a reñir.

En resumen lo digo, entiéndelo mejor,
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor,
toda cosa del siglo se hace por su amor.

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7 mayo, 2010 |

Tags: economía, Música, Poesía




Las amapolas rojas

Himnos, Lugares con Historia, historia, relatos 4 comentarios »

Jaroslav no había cogido un libro en su vida. Las únicas letras que conocía eran las que le enseñaron en la escuela elemental de pequeño y las de la biblia del párroco de su pueblo, que los muchachos solían leer los domingos durante la misa. Por eso para él aquel maldito lugar del infierno era como cualquier otro: una puñetera roca empinada como una pared, descarnada por los intensos bombardeos y plagada de enemigos agazapados y dispuestos a pegarle un tiro a cualquier cosa que se moviera.

De haber estudiado un poco de historia, siquiera un poco de la historia de su Iglesia, de la que era un fervoroso creyente, Jaroslav sabría que aquellos fragmentos de columnas y aquellas antiquísimas figuras talladas que ahora aparecían esparcidas por toda la ladera de la colina otrora habían pertenecido a uno de los centros espirituales más importantes del Occidente cristiano. Para Jaroslav, Montecasino era sólo una cota más a conquistar, una posición estratégica que arrebatar a los boches antes de poder tomar la misma Roma y expulsarlos para siempre de Italia. Para el resto del mundo, aquel era el mágico lugar donde un templo sucedía a otro desde la antigüedad sin memoria; el lugar donde San Benito escribió la regla monástica que había regido la vida de millones de monjes durante los últimos mil quinientos años; uno de los pocos lugares donde la sabiduría de los pensadores clásicos se había refugiado durante los oscuros siglos del medioevo.

La abadía de Montecasino había sido destruida en multitud de ocasiones. Su privilegiada ubicación era al mismo tiempo su maldición. Lombardos, Sarracenos, Napoleón e incluso la propia naturaleza en forma de terremotos parecían haberse coaligado para borrar del mapa aquel monasterio erigido sobre la montaña. En febrero de 1944, un general neozelandés sin dos dedos de frente había decidido sacar a los alemanes del monasterio por el expeditivo procedimiento de bombardear el complejo hasta sus cimientos. Craso error: los alemanes observaron con toda la parsimonia del mundo cómo más de doscientos bombarderos aliados reducían aquella obra maestra de la arquitectura religiosa a un montón de escombros humeantes, provocando de paso un verdadero escándalo en la Iglesia. Afortunadamente, los demonios nazis habían sido previsores, y la mayor parte de los tesoros de la abadía habían sido transportados a Roma para preservarlos de la destrucción. Tras el bombardeo, la 1ª división de paracaidistas alemanes ocupó lo que quedaba del recinto y se atrincheraron entre las ruinas. Un montón de tíos duros, acostumbrados a encontrarse  con el enemigo en inferioridad de condiciones, a pelear acorralados y pegados al terreno. Los aliados lo iban a tener muy difícil sacarles de allí.

Inmediatamente después del intenso bombardeo se fueron sucediendo los asaltos contra la cima de la montaña. Primero los ingleses, luego los gurkas indios y luego el batallón mahorí neozelandés. En aquellos días de mediados de febrero de 1944, la montaña a la que un día subiera San Benito para retirarse de las miserias del mundo se había convertido en un cementerio sin lápidas. Centenares de soldados muertos yacían en las laderas pudriéndose, mientras los supervivientes de uno y otro lado continuaban disparándose entre el olor a sangre y  a carne putrefacta. Los alemanes iban a aguantar todo lo que los ejércitos aliados tuvieran para arrojarles encima durante otros tres meses. Ochocientos paracaidistas alemanes contra dos divisiones enemigas completas: más de veinte mil hombres paralizados en una sangrienta batalla sin final por la toma de Montecasino.

Jaroslav llegó junto con sus compañeros del II cuerpo de ejército polaco a mediados de mayo. La situación parecía estancada, a pesar de los pequeños avances aliados por hacerse con las posiciones defendidas por los paracaidistas alemanes.  Todos sabían que los polacos tenían una especial inquina a los alemanes. No en vano, Polonia fue la primera nación en caer víctima de la guerra relámpago de Hitler. Lo poco que los alemanes no tomaron de Polonia cayó rápidamente en manos de los rusos. Los polacos libres que luchaban en las filas aliadas tenían mucho que demostrar, y estaban dispuestos a hacerlo. Subir a Montecasino iba a convertirse en otra de las gloriosas gestas protagonizadas por unos soldados que nada tenían ya que perder excepto una vida sin patria y sin derechos. Ni siquiera tenían derecho a rendirse, ya que los alemanes solían ejecutar inmediatamente a todo soldado polaco que cayera en sus manos.

Ahora Jaroslav se arrastraba entre cenizas y restos que una vez fueron humanos hacia la cumbre de aquella maldita colina. No se atrevía a levantar la cabeza por miedo a que un francotirador se la volara. Durante la carga que él y sus compañeros habían protagonizado unos minutos antes, las ametralladoras MG-42 alemanas habían provocado una verdadera carnicería. Jaroslav vio caer a la mayor parte de sus compañeros víctimas de la lluvia de balas que les había caído desde las posiciones elevadas del enemigo. No veía a nadie, no podía contactar con nadie, y ni siquiera se atrevía a hacer ruido en el sepulcral silencio que sucedió a la carga de los polacos. Se agazapó tras el cuerpo de un soldado norteamericano que, por su olor y aspecto, debía llevar muerto allí por lo menos dos semanas. Fue entonces cuando un soldado alemán apareció gateando de detrás de una roca y le miró muy fijamente. Jaroslav vio su mirada, espantada como la de él mismo por la destrucción que le rodeaba. Le pareció que era un muchacho joven como otro cualquiera; un camarada en medio de la desolación y la muerte, pero aquella sensación de fraternidad duró poco: ese soldado era su enemigo, el mismo que acababa de masacrar a casi todos sus compatriotas que le habían acompañado hasta estos riscos. Tenía que matarle antes de que el enemigo le matara a él.

No había tiempo de disparar, y tampoco hubiera sido bueno hacerlo, ya que podría revelar su posición a los alemanes y que estos le frieran a morterazos. Sacó la bayoneta de su funda y se abalanzó contra el alemán, clavándole el cuchillo en el vientre. El alemán gimió, y en ese mismo momento, Jaroslav sintió un dolor tremendo en el costado izquierdo, justo en el lugar donde el alemán agonizante acababa de apuñalarle. En los pocos segundos de vida que le quedaron a ambos, se quedaron mirándose fijamente uno al otro; una mirada que no era ya de odio, ni siquiera de temor. Abandonaban este mundo, pero ningún infierno podría ser peor que aquello, de manera que ambos parecían congraciarse con la muerte en la esperanza de, por lo menos, descansar para siempre de los terrores de la guerra.

Una semana más tarde, la bandera polaca ondeaba sobre los restos de Montecasino, mientras  la corneta del soldado polaco Emil Czech entonaba el toque tradicional polaco Hejnał mariacki. Los alemanes habían abandonado finalmente Montecasino y se retiraban, dejando expedito el camino de los aliados hacia Roma. Jaroslav pasó a formar parte de aquel lugar, enterrado junto a sus casi cuatro mil compañeros de armas en el cercano cementerio polaco. Casi el mismo día en que Montecasino era tomado, uno de aquellos soldados polacos llamado Alfred Schultz compuso el himno Czerwone maki na Monte Cassino (Las amapolas rojas de Montecasino), en honor a sus compañeros caídos en combate, donde compara la gesta polaca en la famosa montaña italiana con la legendaria carga de los lanceros polacos en la batalla de Somosierra de 1808 y con la carga de la II brigada de legiones polaca contra los rusos en Rokitno en 1915.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Czy widzisz te gruzy na szczycie?
Tam wróg twój się kryje jak szczur!
Musicie, musicie, musicie!
Za kark wziąć i strącić go z chmur!
I poszli szaleni, zażarci,
I poszli zabijać i mścić,
I poszli jak zawsze uparci,
Jak zawsze za honor się bić.

Czerwone maki na Monte Cassino
Zamiast rosy piły polską krew…
Po tych makach szedł żołnierz i ginął,
Lecz od śmierci silniejszy był gniew!
Przejdą lata i wieki przeminą.
Pozostaną ślady dawnych dni!.
I tylko maki na Monte Cassino
Czerwieńsze będą, bo z polskiej wzrosną krwi.

Runęli przez ogień, straceńcy!
Niejeden z nich dostał i padł…
Jak ci z Samosierry szaleńcy,
Runęli impetem szalonym
Jak ci spod Rokitny, sprzed lat.
I doszli. I udał się szturm.
I sztandar swój biało-czerwony
Zatknęli na gruzach wśród chmur.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Czy widzisz ten rząd białych krzyży?
To Polak z honorem brał ślub.
Idź naprzód – im dalej, im wyżej,
Tym więcej ich znajdziesz u stóp.
Ta ziemia do Polski należy,
Choć Polska daleko jest stąd,
Bo wolność krzyżami się mierzy
Historia ten jeden ma błąd.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Ćwierc wieku, koledzy, za nami,
Bitewny ulotnił się pył
I klasztor białymi murami
Na nowo do nieba się wzbił…
Lecz pamięć tych nocy upiornych
I krwi, co przelała się tu
Odzywa sie w dzwonach klasztornych,
Grających poległym do snu…!

¿Ves estas ruinas en lo alto?
¡Allí se esconden como ratas tus enemigos!
Debes, debes, debes
agarrarlos por el cuello y echarles de las nubes.
Y ellos fueron, locos, sin hacer caso [del enemigo],
y ellos fueron, para matar y vengarse,
y ellos fueron, tercos como siempre,
como siempre, por el honor, a luchar.

Las rojas amapolas de Montecasino
en lugar de rocío, bebieron sangre polaca…
Sobre ellas los soldados fueron y murieron,
pero la rabia fue más poderosa que la muerte.
Pasarán los años y cambiarán los tiempos,
sólo huellas de los días pasados quedarán.
Sólo las amapolas de Montecasino
serán más rojas por la sangre polaca que bebieron.

Ellos cargaron a través del fuego, condenados,
incontables fueron heridos y cayeron.
Como la caballería [polaca] en Somosierra,
ellos cargados con su furioso empuje.
Como aquellos en Rotikno hace años.
Y alcanzaron su objetivo, y vencieron.
Y su estandarte blanco y escarlata
fue izado sobre las ruinas, en medio de las nubes.

Rojas amapolas de Montecasino.

¿Ves esa fila de cruces blancas?
Allí dejaron su honor los soldados polacos.
adelante, más lejos, más alto,
los mejores que encontrarás a tus pies.
Este suelo pertenece a Polonia
aunque Polonia se encuentre muy lejos,
para la libertad [la distancia] se mide en cruces
A la Historia le falta éstas.

Rojas amapolas de Montecasino…

Detrás nuestra, camaradas, un cuarto de siglo,
el polvo de la batalla se ha ido,
y los blancos muros del monasterio
de nuevo alcanzan el cielo…
Pero la memoria de aquellas terribles noches
y la sangre que allí fue derramada
provocan ecos en las campanas del monasterio
dejando a los caidos descansar.

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6 mayo, 2010 |

Tags: batallas, guerra, Música, relatos




Lugares con Historia (VII): Castel Sant’Angelo

Lugares con Historia 12 comentarios »

Ahí está esa imponente fortaleza: pura piedra, dominando la rivera occidental del Tíber desde que fuera construida en tiempos de los romanos. Puede que no sea el edificio más bonito de Roma, pero mientras la mayor parte de las construcciones de su época yacen en el suelo como ruinas o se han convertido en meras atracciones turísticas, el castillo de Sant’Angelo ha conservado casi hasta la actualidad su importancia estratégica dentro de la capital italiana. Edificado a principios del siglo II como mausoleo para el emperador romano Adriano, a lo largo de sus casi diecinueve siglos ha sido también una fortaleza, la residencia de los papas de Roma, una prisión y actualmente un museo.

Cuando el fotógrafo James Anderson tomó la fotografía de Castel Sant’Angelo que encabeza esta entrada, el compositor de ópera Giacomo Puccini aún no había hecho que la infeliz Tosca se arrojara desde lo alto de sus muros, desesperada por la muerte de su amado Mario. Sin embargo, al viejo castillo de Sant’Angelo le basta su propia historia para ser por sí mismo un lugar emblemático, sin necesidad de dramas líricos. Esas piedras han visto pasar por delante a muchos emperadores de Roma; han sido testigos y víctimas del fin del Imperio y de la destrucción provocada por las hordas visigodas, vándalas y hérulas. Desde lo alto de sus murallas bien podría haberse contemplado el ejército de los hunos de Atila, acechando a la indefensa ciudad.

A finales del caótico siglo XIII, el papa Nicolás III ordenó edificar un paso elevado (el Passeto) que conectara la Ciudad del Vaticano con el castillo de Sant’Angelo. Este paso debía servir como vía de escape rápida para los papas, pudiendo refugiarse estos en el castillo en caso de peligro. La Historia demostraría que la idea de Nicolás III fue acertada, porque varios papas tuvieron que recorrer aquellos ochocientos metros con mucha, mucha prisa…

En 1495, mientras Cristóbal Colón terminaba de descubrir casi todas las islas del Caribe en su segundo viaje, el papa Alejandro VI (famoso por su apellido italianizado, Borgia) se apresuraba a refugiarse en Sant’Angelo ante la imparable invasión de Roma por el rey de Francia Carlos VIII, que en medio de su guerra contra los aragoneses en Nápoles, había decidido neutralizar la oposición papal a su campaña. No en vano, fueron los papas de Roma quienes otorgaron el reino de Nápoles a los Anjou franceses para quitarse de encima el estorbo que les suponían los Hohenstaufen, y Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita. Aunque Carlos VIII hubo de retirarse finalmente debido a la falta de logística y suministros que le permitieran continuar la campaña, y no precisamente por haber sido derrotado en combate, Alejandro VI lo tomó como una victoria personal. Unos años más tarde, sin embargo, cuando el nuevo monarca francés, Luis XII, volvió a la carga contra los aragoneses de Nápoles, el Papa Borgia tuvo mucho cuidado de no alinearse en contra de Francia. Dio lo mismo, porque el Gran Capitán se encargó de hacer morder el polvo al Valois para entregar el reino de Nápoles a su rey Fernando, el Católico, no sin antes ajustar cuentas con él.

Algunos años más tarde, las cosas entre Francia y España seguían tan mal como siempre: el nuevo Sacro Emperador era Carlos V de Alemania, a la sazón Carlos I de España, y dominaba un territorio como pocos monarcas habían conseguido aglutinar desde los tiempos de los emperadores romanos. Francia era una isla en medio de un océano dominado por los Habsburgo que incluía España, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, todo el Sacro Imperio Romano-Germánico y amplias zonas de Austria y Hungría. Aunque el nuevo emperador parecía la única figura en Europa capaz de enfrentarse al empuje turco que venía del este, al papado le interesaba más conservar el equilibrio de poderes entre las naciones que le rodeaban, y no verse supeditado al mandato de un poder temporal que desvirtuara la soberanía papal, inspirada por el mismísimo Dios. El recién estrenado papa Clemente VII, florentino de nacimiento y descendiente de los orgullosos Médicis, no estaba dispuesto a lamerle las botas al Emperador Carlos V, y pretendía resucitar el viejo enfrentamiento por el Dominium Mundi que ya mantuvieran el emperador Federico II Hohenstaufen y el papa Gregorio IX en el siglo XIII.

Por desgracia para el papa, Europa ya no vivía en el siglo XIII, y los reyes eran emperadores en sus reinos, no viéndose sometidos a la autoridad eclesiástica. Si esto era cierto para el común de los monarcas, no digamos ya para el Emperador Carlos. Las tropas hispano-alemanas habían estado sacudiendo de lo lindo al francés en el norte de Italia, en Navarra y en la misma Francia, deshaciendo las pretensiones de Francisco I de ampliar sus territorios a costa del Imperio y de las ciudades italianas. La debacle francesa fue total, y el rey francés tuvo que pasar una temporada en Madrid como “invitado” del Emperador.  Cuando el Papa, hasta entonces aliado del Imperio, se coaligó con Francia, Venecia y Florencia para parar los pies al creciente poder de Carlos V, el ejército imperial, que ya controlaba todo el norte de Italia, marchó “amotinado” hacia Roma. Al parecer, unas siempre mal pagadas tropas pretendían cobrarse la soldada con el botín arrancado a sus nuevos y ricos enemigos.

Los acontecimientos se precipitaron el 6 de mayo de 1527. Las defensas de Roma no podían resistir el avance de un ejército curtido en batalla que sextuplicaba en número a las fuerzas papales. Los lansquenetes, soldados profesionales alemanes que llevaban bastante tiempo sin cobrar, se cebaron en el saqueo de la Ciudad Eterna. Sólo la valentía y el arrojo de la guardia suiza que protegía al papa, compuesta de 150 hombres, consiguió salvar la vida de éste, aún a costa de ser masacrados por más de mil enemigos sedientos de sangre. Al final, en medio de una batalla encarnizada en el mismísimo altar de la basílica de San Pedro, consiguieron meter al papa Clemente VII en el Passeto di Borgo, desde donde corrieron por sus vidas hasta alcanzar la seguridad de Castel Sant’Angelo. A partir de aquel momento, el papa vivió recluido en aquella fortaleza un mes, hasta que se rindió el 6 de junio haciendo grandes concesiones territoriales al Imperio. Aunque Carlos V se hizo el disgustado, escribiendo lastimeras cartas al papa sobre lo infortunado del saqueo, Clemente VII no volvió a llevarle la contraria al Emperador en los años que le quedaron de vida. El Papa había aprendido muy bien la lección, y sabía ya cuál era su nueva posición en la política europea del siglo XVI. De hecho, su sumisión al Emperador fue tal a partir de ese momento que negó la anulación del matrimonio del rey inglés Enrique VIII con su esposa Catalina de Aragón, tía del emperador Carlos, lo que a la postre daría como resultado la desvinculación de Inglaterra de la obediencia religiosa a Roma y la creación de la iglesia anglicana.

Para la ciudad de Roma, el Saco fue lo peor que le había pasado en su historia. Ni siquiera las hordas bárbaras fueron tan exhaustivas en su recolección de botín, ni tan crueles con los habitantes de la ciudad, que quedó semidestruida y despojada de todas sus riquezas, incluyendo las del Vaticano. Sólo el castillo de Sant’Angelo y su ilustre inquilino se mantuvieron a salvo del enemigo.

Además de su función como fortaleza defensiva, el castillo también fue una prisión donde rumiaron su infortunio personajes tan destacados como Bartolomeo Platina (enlace a wikipedia en inglés, lo siento; al parecer el personaje no merece entrada en Wikipedia en español. Será porque no juega al fútbol o no se parece a Pikachu), Pomponio Leto, Giordano Bruno… podría decirse que lo mejorcito del humanismo italiano pasó por las mazmorras de este castillo por cortesía de unos papas no demasiado inclinados a las nuevas ideas. Hoy el castillo es un museo, el Museo Nazionale di Castel Sant’Angelo, de visita obligada para todo turista que visite Roma.

Para finalizar esta entrada, os dejo con E lucevan le stelle, de la ópera Tosca, donde Plácido Domingo, en el papel de Mario Cavaradossi, lamenta la inminente llegada de la muerte en una de las azoteas de Castel Sant’Angelo.

Entrada dedicada a @MrDodo, pájaro de cuenta que siempre tiene un puntito de inspiración para los mortales.

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1 mayo, 2010 |

Tags: batallas, Lugares con Historia, Música, Roma, Videos




El día de la Tierra

Música, Videos, efemérides 2 comentarios »

Pare
digueu-me què
li han fet al riu
que ja no canta.
Rellisca
com un barb
mort sota un pam
d’escuma blanca.

Pare
que el riu ja no és el riu.
Pare
abans que torni l’estiu
amagui tot el que és viu.

Pare
digueu-me què
li han fet al bosc
que no hi ha arbres.
A l’hivern
no tindrem foc
ni a l’estiu lloc
per aturar-se.

Pare
que el bosc ja no és el bosc.
Pare
abans de que no es faci fosc
ompliu de vida el rebost.

Sense llenya i sense peixos, pare,
ens caldrà cremar la barca,
llaurar el blat entre les enrunes, pare
i tancar amb tres panys la casa
i deia vostè…

Pare
si no hi ha pins
no es fan pinyons
ni cucs, ni ocells.

Pare
on no hi ha flors
no es fan abelles,
cera, ni mel.

Pare
que el camp ja no és el camp.
Pare
demà del cel plourà sang.
El vent ho canta plorant.

Pare
ja són aquí…
Monstres de carn
amb cucs de ferro.

Pare
no, no tingueu por,
i digueu que no,
que jo us espero.

Pare
que estan matant la terra.
Pare
deixeu de plorar
que ens han declarat la guerra.

Padre
dígame qué
le han hecho al río
que ya no canta.
Se escurre
como un barbo
muerto bajo un palmo
de espuma blanca.

Padre
que el río ya no es el río.
Padre
antes de que vuelva el verano
esconda todo lo que esté vivo.

Padre
dígame qué
le han hecho al bosque
que no quedan árboles.

En invierno
no tendremos fuego
ni en verano un sitio
para detenernos.

Padre
que el bosque ya no es el bosque.
Padre
antes de que oscurezca
llene de vida la despensa.

Sin leña y sin peces, padre,
tendremos que quemar la barca,
labrar el trigo entre las ruinas, padre
y cerrar con tres candados la casa
y decía usted…

Padre
si no hay pinos
no habrá piñones
ni gusanos, ni pájaros.

Padre
donde no hay flores
no habrá abejas,
cera ni miel.

Padre
que el campo ya no es el campo.
Padre
mañana del cielo lloverá sangre.
El viento lo canta llorando.

Padre
ya están aquí,
monstruos de carne
con gusanos de hierro.

Padre
no, no tenga miedo,
y diga que no,
que yo le espero.

Padre
que estan matando la tierra.
Padre
deje de llorar
que nos han declarado la guerra.

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22 abril, 2010 |

Tags: ecología, efemérides, Música, Videos




Le prince d’Orange

Música 8 comentarios »

Dice Wikipedia que el grupo de folk-rock francés Malicorne vivió su apogeo artístico entre mediados de los setenta y mediados de los ochenta. En total, unos doce años en los que, entre otras tendencias musicales, dieron un repaso a la música tradicional francesa. El tema que hoy os presento lo encontré mientras buscaba documentación sobre la batalla de Bouvines: en Youtube se encuentra un video explicativo de esta batalla que incluye la canción Le prince d’Orange (video que, por desgracia, no se puede incrustar en esta página por cuestiones de permisos). Esto no significa que la canción tenga que ver con esta batalla, ni con este periodo. Le prince d’Orange cuenta la historia de uno de los príncipes de la Casa de Orange, quien llamado por el rey de Francia, acude a combatir contra los ingleses. Aunque he buscado y rebuscado, no he encontrado a qué príncipe en concreto se refiere la canción, lo cual podría significar que: 1- soy demasiado torpe buscando o 2- que se trate de un personaje de leyenda sin base histórica. En cualquier caso, me inclino a pensar que la canción relata un hecho de armas acontecido durante la Guerra de los Cien Años, que como es bien sabido, enfrentó a franceses e ingleses durante un periodo de más de un siglo.

A vosotros os dejo con esta bella canción con sabor a medioevo y su letra original en francés (traducción libre al español de un servidor).

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

C’est le Prince d’Orange
tôt matin s’est levé,
est allé voir son page:
“Va seller mon coursier ”
Que maudit soit la guerre
“Va seller mon coursier ”

Mon beau Prince d’Orange,
où voulez-vous aller?
Que maudit soit la guerre,
où voulez-vous aller?

Je veux aller en France,
où le Roi m’a mandé.
Que maudit soit la guerre,
où le Roi m’a mandé

Mis la main sur la bride,
le pied dans l’étrier.
Que maudit soit la guerre,
le pied dans l’étrier

Je partis sain et sauf,
et j’en revins blessé.
Que maudit soit la guerre,
et j’en revins blessé

De très grands coups de lance,
qu’un Anglais m’a donnés.
Que maudit soit la guerre,
qu’un Anglais m’a donnés

J’en ai un à l’épaule
Et l’autre à mon côté
Que maudit soit la guerre
Et l’autre à mon côté

Un autre à la mamelle,
on dit que j’en mourrai.
Que maudit soit la guerre,
on dit que j’en mourrai.

Le beau Prince d’Orange
Est mort et enterré
Que maudit soit la guerre
Est mort et enterré

L’ai vu porté en terre
Par quatre cordeliers
Que maudit soit la guerre
Par quatre cordeliers

********************

El Príncipe de Orange
temprano se levantó;
fue a buscar a su paje:
“Ensilla mi corcel”
Maldita sea la guerra
“Ensilla mi corcel”.

Mi bello Príncipe de Orange
¿dónde quieres ir?
Maldita sea la guerra,
¿dónde quieres ir?

Quiero ir para Francia,
donde el rey me ha mandado.
Maldita sea la guerra,
donde el rey me ha mandado.

Pone su mano en la rienda,
el pie en el estribo.
Maldita sea la guerra,
el pie en el estribo.

Partí sano y salvo,
y he regresado herido.
Maldita sea la guerra,
y he regresado herido.

De tres grandes lanzadas
que un inglés me ha dado.
Maldita sea la guerra,
que un inglés me ha dado.

Tengo una en el hombro,
y otra en el costado.
Maldita sea la guerra,
y otra en el costado.

Otra tengo en el pecho,
de la que dicen que moriré.
Maldita sea la guerra,
dicen que me moriré.

El bello Príncipe de Orange
está muerto y enterrado.
Maldita sea la guerra,
está muerto y enterrado.

Es llevado a la tumba
por cuatro franciscanos.
Maldita sea la guerra,
por cuatro franciscanos.

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21 marzo, 2010 |

Tags: Música




Lole

Flamenco, Videos Un comentario »

Dolores Montoya Rodríguez, Lole, es gitana de Triana. Particularmente, una de mis cantaoras favoritas por su peculiar estilo y la constante innovación de la que siempre ha hecho gala en su cante. Pero Lole es algo más: las raices de su cultura familiar se hunden en la tradición bereber argelina. Su madre, Antonia Rodriguez, La Negra, nació en Orán en 1936, y allí aprendió los ritmos bereberes de la cercana Cabilia que, con el tiempo, enseñaría a sus hijas.

Cuando la Negra y Lole mezclan el flamenco con estos ritmos magrebíes, resulta una fusión deliciosa, natural, alejada de artificios y de la corrupción comercial de la música. Es como la buena comida casera; un recordatorio de lo cercana que es la cultura del otro lado del Estrecho y de que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa del norte de África. Ésta es una grabación de los archivos de TVE del año 1972, cuando Lole contaba sólo con dieciocho años y aún no había comenzado su carrera artística profesional. Detrás del rebosante talento y de la sugerente voz, que bien podría pertenecer a una artista de El Cairo o Damasco, se adivina una joven a la que las cámaras aún provocan el sonrojo de la principiante. Suban el volumen y disfruten de la fiesta.

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4 diciembre, 2009 |

Tags: Flamenco, Música, Videos




La nana más triste del mundo

Música, Poesía 4 comentarios »

Nada recuerda hoy en los muros de la antigua prisión madrileña de Torrijos que allí permanecieron encarcelados casi tres mil presos de la dictadura franquista. Nada, excepto una placa conmemorativa que recuerda a un poeta, y a un poema.

En septiembre de 1939, perdida la guerra, los supervivientes leales a la República que no habían querido o podido huir de España iniciaban un largo periplo de vejaciones y abusos por las prisiones del fascismo; eso cuando no terminaban sus días fusilados frente a la tapia de un cementerio. En aquel aciago verano de brazos alzados y caras al Sol, lejos ya cualquier esperanza, las familias de los represaliados se enfrentaban al fantasma del hambre y de la marginación en un país destruido por la guerra donde ya no eran bienvenidos. Dentro de las prisiones, los reclusos debían soportar la doble condena de la falta de libertad y de ver a sus familias languidecer en la miseria.

Uno de aquellos reclusos era el poeta Miguel Hernández. Miguel pensó en un primer momento que, no habiendo cometido él ningún delito, no tenía nada que temer, y que podría regresar a su pueblo y vivir allí con su esposa Josefina y su hijo recién nacido. Nada más lejos de la realidad: los vencedores esperaban con ansia abalanzarse sobre los restos del enemigo vencido, y tomar cumplida venganza de todas las afrentas reales o supuestas de tres años de conflicto. Cuando quiso darse cuenta de esta cruel realidad, Miguel ya no pudo huir. El que fuera poeta del pueblo, ahora pasaba los días encerrado y atormentado por el futuro que le esperaba a su familia. Las noticias no podían ser más agoreras, porque su mujer acababa de escribirle una carta donde le contaba que sólo tenía para comer pan y cebolla. Él, encarcelado sin juicio ni sentencia, escribió este poema a su hijo pequeño Manuel Miguel, junto con unas breves letras para su esposa:

Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando estas coplillas que he hecho, ya que para mí no hay otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.

Este poema, de tristeza incomparable, fue musicado por Alberto Cortez y Joan Manuel Serrat, convirtiéndose en una bellísima canción.

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1 noviembre, 2009 |

Tags: cultura, franquismo, historia de españa, Música, Poesía




La última vez

Música, Vivencias 5 comentarios »

Anoche tuve un momento trascendente que quiero compartir con vosotros, mis apreciados sufridores. No sucede muy a menudo, pero de cuando en cuando algo nos hace despertar del letargo de la rutina y nos muestra que lo que estamos haciendo posiblemente se convierta en uno de los mejores recuerdos de nuestra vida.

La cosa es que estaba durmiendo a la pequeña Violeta, y lo mejor es que lo estaba consiguiendo. Cuando finalmente se durmió y se quedó respirando acompasadamente sobre mi hombro, también yo me pude permitir un momento de relajación, y empecé a considerar lo bonito de aquel momento… y lo irrepetible que era.

Dice mi mujer que, al crecer los hijos, es como si nos los cambiaran por otros distintos; que ya nunca más volvemos a tener a los bebés que fueron, que ese momento de ternura y esa sonrisa de absoluta felicidad se pierden para siempre. La verdad es que tiene razón; yo lo sé por experiencia. Muy pronto ese bebé que acuno en los brazos empezará a caminar, y quién sabe qué camino elegirá. Con el tiempo todos los que un día fueron bebés se irán de casa, muchas veces a pesar de los deseos de sus padres.

Por eso anoche disfruté tanto de aquel momento irrepetible en el que mi bebé era aún mío, en el que aún dependía de mí hasta para dormirse. Por eso disfruto tanto de repasar las olvidadas letras de las nanas y del olor de las toallitas y las colonias infantiles. Es posible que estos momentos formen parte de mis mejores recuerdos del mañana. Posiblemente no tenga ya demasiadas oportunidades para vivir con ella un momento tan íntimo como el de anoche, y puede que esté cerca el día en que duerma a mi niña en los brazos por última vez.

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14 octubre, 2009 |

Tags: Música




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