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Archivo para la etiqueta ‘historia’

Efemérides: Alcazarquivir

efemérides Sin comentarios »

Un 4 de agosto como hoy, en 1578, una épica batalla acontecida en tierras de Marruecos iba a cambiar la historia de España y Portugal durante sesenta años. Ese día, el rey portugués Sebastián I pereció en la batalla de Alcazarquivir en combate contra las tropas del sultán Abd el-Malik, quien también perdió la vida en el enfrentamiento. A la batalla de Alcazarquivir se la conoce también como «La Batalla de los Tres Reyes», ya que en ella murió también el depuesto sultán Muley al-Mutawakil, a quien Sebastián ayudaba a recuperar el trono contra Abd el-Malik.

La desaparición de Sebastián, cuyo cuerpo nunca fue encontrado, provocó el luto en Portugal, y con el tiempo degeneró en una legendaria profecía según la cual el rey Sebastián volvería algún día para regir los destinos del país. Mucho más prosaicamente, el poderosísimo rey de España, Felipe II, aprovechó el vacío de poder para reclamar el trono portugués, y en 1580 se proclamó rey de Portugal, unificando políticamente todos los territorios ibéricos por primera vez desde tiempos de los visigodos. Esta unión se mantuvo durante los siguientes sesenta años, hasta que Portugal recuperó su independencia en 1640, durante el reinado en España de Felipe IV.

Para la población judía de Marruecos, esta efeméride se convirtió en motivo de celebración, toda vez que el joven e impulsivo rey Sebastián, en un alarde de fanatismo religioso, prometió pasar a cuchillo a todo judío de Marruecos que no aceptara la conversión al catolicismo como acto de «acción de gracias» por su victoria.

Más información:

  • Batalla de Alcazarquivir, en Wikipedia.

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4 agosto, 2010 |

Tags: batallas, efemérides, historia, Portugal




La Peste Negra (IV): Canal Historia

Documentales, La Peste Negra Sin comentarios »

A continuación, la Peste Negra examinada en una serie de dos capítulos de Canal Historia:


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24 julio, 2010 |

Tags: Documentales, Edad Media, historia, Peste Negra, Videos




La Peste Negra (III): Pogromo

La Peste Negra 3 comentarios »

Se acabaron los buenos tiempos. Se acabó la bonanza económica y el trabajo para todos. A mediados del siglo XIV las dueñas de ciudades y campos se llamaban hambre y guerra. Todos los reinos y principados de Europa se enfrentaban unos con otros por intereses económicos y territoriales, desgarrándose entre ellos por las migajas que la crisis y la misma guerra dejaban de lo que antes habían sido un comercio floreciente y unos campos fértiles. Hordas de mercenarios y proscritos, hambrientos y sin empleo, recorrían Europa saqueando y matando a cualquiera que se cruzara en su camino. No había forma de labrar los campos sin riesgo de morir, y aquellos campos que eran labrados no daban buenas cosechas porque el clima se había aliado con la guerra en contra los hombres: tormentas, heladas, inundaciones…

Para la gente sencilla, indudablemente, todo aquello se debía a la ira de Dios por sus muchos pecados, tal como los sacerdotes se empeñaban en predicar desde sus púlpitos. Sólo quedaba como remedio la resignación y el propósito de enmienda, para calmar al Señor y que la vida volviera a la normalidad cuanto antes. Muchos se entregaron a la vida contemplativa y mendicante, recorriendo campos y aldeas y rezando por aquellos que les proporcionaran un plato de comida o un lecho donde pasar la noche, porque rezar era lo único que podían –y sabían– hacer.

Pero cuando en 1348 desembarcó la peste en Europa y la gente, famélica y debilitada por décadas de penurias, empezó a morir por millones, el populacho empezó a pensar que no era sólo Dios quien se encontraba detrás de aquel castigo tan cruel que les había tocado vivir, que tenía que haber una mano negra detrás de todo aquello. Dios no podía ser tan cruel; aquello sólo podía ser obra del diablo. ¿Y quién representaba mejor que nadie los designios del Maligno? ¿Quién seguía enriqueciéndose a pesar de la ola de pobreza que les asolaba? ¿Quién, a pesar de la evidencia de su error, insistía en negar la salvación que Jesucristo había traído al mundo con su sacrificio supremo? ¿Quienes sino los judíos podían ser los verdaderos culpables de tanta desgracia?

Así que, ni cortos ni perezosos, los habitantes de ciudades como Narbona o Carcasona, donde la peste se había cebado especialmente en primavera, sacaron a los judíos de sus casas y los arrojaron a grandes hogueras donde fueron quemados vivos como escarmiento, acusados de envenenar los pozos de la ciudad con la mortal enfermedad.

Aquella atrocidad no disminuyó un ápice los funestos efectos de la peste, pero a buen seguro que calmó los ánimos de una población ignorante y supersticiosa. No así de las élites gobernantes, que temían una huida en masa de los judíos y sus imprescindible capitales debido a las matanzas. Incluso la Iglesia trató de detener los ataques contra la población hebrea, pero después de siglos de mensajes xenófobos contra el enemigo interior judaizante, el pueblo no estaba dispuesto a transigir: había dado forma física a sus males en las personas de los judíos y estaba decidido a exterminarlos.

En vista de cómo pintaban las cosas, al final los gobernantes decidieron darle al pueblo el chivo expiatorio que pedía, y por toda Europa los judíos fueron perseguidos, encarcelados y torturados, mientras sus propiedades eran confiscadas. El sistema legal del Medioevo era perfecto para conseguir un culpable: gracias a la tortura se podía conseguir cualquier clase de confesión, de manera que, finalmente, y con las confesiones en la mano, empezaron a quemar judíos por centenares en todo el continente. Ya no eran suficientes las hogueras, sino que empezaron a quemar a la gente hacinándolas en casas que posteriormente eran incendiadas.

Eventualmente, la peste terminó aplacándose, aunque desde luego, no fue gracias a las masacres de inocentes. El exterminio de miles de judíos tan sólo contribuyó a empeorar la crisis económica y la decadencia social de un mundo que evolucionaba rápidamente entre la Edad Media y la Edad Moderna; un nuevo oprobio que sumar a la dilatada historia de rencor y xenofobia promovida por la Iglesia.

Más información sobre el exterminio judío de 1348 en La Muerte Negra, de José López Jara.

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20 julio, 2010 |

Tags: Edad Media, historia, Peste Negra




La Peste Negra (II): Bocaccio

La Peste Negra, Literatura Sin comentarios »

Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes. Y así como la buba había sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura, lo mismo eran éstas a quienes les sobrevenían. Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día porque, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en la vía pública, y tropezando con ellos dos puercos, y como según su costumbre se agarrasen y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los dientes, un momento más tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos. De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. Y de este ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los amigos, y de haber escasez de sirvientes se siguió una costumbre no oída antes: que a ninguna mujer por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo no de otra manera que hubiese hecho a otra mujer, si se lo pedía la necesidad de su enfermedad; lo que en aquellas que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo que sucedió. Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. Y eran raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de sus vecinos acompañados a la iglesia; a los cuales no llevaban sobre los hombros los honrados y amados ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la gente baja que se hacían llamar faquines y hacían este servicio a sueldo poniéndose debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no a aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la más cercana la mayoría de las veces lo llevaban, detrás de cuatro o seis clérigos con pocas luces y a veces sin ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin cansarse en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura desocupada encontrada primero lo metían. De la gente baja, y tal vez de la mediana, el espectáculo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque éstos, o por la esperanza o la pobreza retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en sus barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna morían todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una muchedumbre. Era sobre todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no menos por el temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que por el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos o con ayuda de algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los ponían delante de sus puertas (donde, especialmente por la mañana, hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese paseado por allí) y allí hacían venir los ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó juntas a dos o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que se habrían podido contar bastantes de los que la mujer y el marido, los dos o tres hermanos, o el padre y el hijo, o así sucesivamente, contuvieron. Y muchas veces sucedió que, andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron tres o cuatro ataúdes, llevados por acarreadores, detrás de ella; y donde los curas creían tener un muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más. Tampoco eran éstos con lágrimas o luces o compañía honrados, sino que la cosa había llegado a tanto que no de otra manera se cuidaba de los hombres que morían que se cuidaría ahora de las cabras; por lo que apareció asaz manifiestamente que aquello que el curso natural de las cosas no había podido con sus pequeños y raros daños mostrar a los sabios que se debía soportar con paciencia, lo hacía la grandeza de los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados. A la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias, todos los días y casi todas las horas, era conducida, no bastando la tierra sagrada a las sepulturas (y máxime queriendo dar a cada uno un lugar propio según la antigua costumbre), se hacían por los cementerios de las iglesias, después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas en las que se ponían a centenares los que llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las naves en capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se llegaba a ras de suelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo que con un tiempo tan enemigo que corrió ésta, no por ello se ahorró algo al campo circundante; en el cual, dejando los burgos, que eran semejantes, en su pequeñez, a la ciudad, por las aldeas esparcidas por él y los campos, los labradores míseros y pobres y sus familias, sin trabajo de médico ni ayuda de servidores, por las calles y por los collados y por las casas, de día o de noche indiferentemente, no como hombres sino como bestias morían. Por lo cual, éstos, disolutas sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano. Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía; y muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas? ¡Oh cuántos grandes palacios, cuántas bellas casas, cuántas nobles moradas llenas por dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron vacías hasta del menor infante! ¡Oh cuántos memorables linajes, cuántas amplísimas herencias, cuántas famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!

Giovanni Bocaccio

El Decamerón, prólogo a la Primera Jornada.

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18 julio, 2010 |

Tags: Bocaccio, Edad Media, El Decamerón, historia, Peste Negra




La Peste Negra (I): Teodosia

La Peste Negra Sin comentarios »

Éstas son las murallas de la fortaleza genovesa de Teodosia. Teodosia se encuentra en un lugar privilegiado de la península de Crimea, al norte del Mar Negro. Esta ciudad fue la colonia más alejada de entre todas las que componían los vastos dominios comerciales genoveses en el siglo XIV. Aquí tuvo lugar el prólogo de una tragedia que cambiaría para siempre la historia de Europa.

A mediados del siglo XIV Europa no atravesaba precisamente por su mejor momento. Tras varios siglos de prosperidad y crecimiento, la economía se había estancado y empezaba a dar muestras de retroceso. Años de un clima desfavorable –que algunos autores achacan a una miniglaciación– habían provocado grandes hambrunas y mortandades, el abandono de muchas tierras de labor y graves conflictos tanto en el campo como en las ciudades.

Después de la Cuarta Cruzada de 1204, el poder bizantino se había hecho mil pedazos, y el dividido imperio había caído en manos de los nuevos poderes económicos de Occidente: Venecia y Génova. Entre ambas se hicieron con el control de las más importantes plazas del Egeo, y dominaron las rutas comerciales de Oriente. Frente al desaparecido poder de Constantinopla, en la árida meseta de Anatolia, un nuevo poder arraigaba: el reino de los turcos otomanos. Sin embargo, los turcos tenían también sus propios problemas en aquella época. Situados entre las potencias de Europa y los sultanes de Oriente Próximo, los otomanos mantenían una delicada equidistancia, proporcionando mercenarios a uno u otro reino según su conveniencia. En la primera mitad del siglo XIV, tras conquistar las ciudades de Nicea y Bursa, cambiaron sus costumbres nómadas y empezaron a organizarse como un reino. Pronto se atreverían a cruzar el estrecho de los Dardanelos e invadir Europa, pero por el momento se conformaban con medrar, asegurando el control de Asia Menor. Aunque el Imperio Bizantino fue reunificado bajo el gobierno de Miguel VIII Paleólogo, el equilibrio de poder se había roto en aquel estratégico lugar del mundo.

En Crimea, por su parte, el peligro eran las tribus tártaras de la Horda de Oro, descendientes del poderío mongol que durante la mayor parte del siglo XIII había amenazado la seguridad de Europa, incursionando desde las estepas rusas y ucranianas en Polonia y Hungría. Las incursiones tártaras en Crimea ponían en peligro los intereses genoveses en el Mar Negro, y en 1347 el kan tártaro Jani Beg puso sitio a la ciudad de Caffa, la actual Teodosia. Mientras el ejército mongol cercaba la ciudad genovesa, la peste se adueñó de sus tropas, matando a un buen número de soldados. En uno de los primeros ejemplos documentados de guerra biológica, los tártaros lanzaron a sus propios soldados muertos sobre las murallas de la ciudad, infectando de ese modo a los defensores genoveses.

Y aunque Génova no perdió la ciudad, al menos de momento, los tártaros tuvieron éxito en su estrategia: la peste se extendió por la ciudad. Luego, los mismos barcos que abastecían a Caffa se encargaron de llevar la enfermedad hasta Europa. La peste era una vieja conocida de la humanidad, y se había manifestado a lo largo de la historia en numerosas ocasiones. En el año 541, cuando Justiniano gobernaba el Imperio Romano de Oriente, la epidemia de peste provocó la desolación en la Península Balcánica, contribuyendo a la llegada a aquellas tierras de numerosos pueblos eslavos que conforman la población actual de esa región.

Normalmente, la peste originaba una mortandad tan extrema y rápida que acababa con la vida de los afectados antes de poder extenderse demasiado, pero en 1348, con una Europa mucho más poblada y mejor comunicada, con un comercio incipiente y activo y con un ajetreada vida urbana, la peste iba a provocar una verdadera debacle humana que cambiaría para siempre nuestra historia.

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17 julio, 2010 |

Tags: Edad Media, historia, Peste Negra




Noticias de la Historia, número 3

este blog 3 comentarios »

El rey Felipe Augusto de Francia recibe el homenaje de los derrotados en Bouvines.

Esta semana en Noticias de la Historia damos un repaso a los años 1212-1214. Se trata de un momento crucial para el futuro de los reinos cristianos de la Península Ibérica, que tras la aplastante victoria de las Navas de  Tolosa contra los almohades tienen la oportunidad de expandir sus territorios hacia el sur a costa de los terceros reinos de taifas. En Francia también se producen importantes cambios políticos y militares, con la victoria francesa en Bouvines, que le permitirá ampliar sus territorios a costa de la corona inglesa. Al mismo tiempo, una cruzada contra la herejía cátara levanta en armas a los señoríos del sur de Francia, implicando a la corona de Aragón en una guerra de religión que encubre la conquista territorial de una importante porción del país galo.

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21 febrero, 2010 |

Tags: historia, historia de españa




Hitos más importantes de la Historia del Islam

Videos, historia 2 comentarios »

Emilio González Ferrín es profesor titular de Pensamiento Árabe e Islámico de la Universidad de Sevilla. El día 13 de agosto de 2009 fue ponente de la conferencia titulada Hitos más importantes de la Historia del Islam dentro de los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Encontré este vídeo mientras buscaba documentación por Internet para complementar los temas de Historia Medieval que ahora estoy repasando para el examen de febrero. Tras casi una hora oyendo al profesor González Ferrín, mi impresión es que -afortunadamente- los historiadores empiezan a desligarse de la manida rigidez de la historiografía tradicional, haciendo un trabajo comparativo sobre diversas fuentes de épocas y localizaciones geográficas distintas para extraer la conclusión de que, en realidad, ni todo en la Historia es blanco, ni negro; que hemos sido víctimas en muchos casos de una enseñanza de la Historia interesada y falta de perspectiva; de una Historia escrita siempre por los vencedores.

Merece la pena hacer el esfuerzo de oír la conferencia a pesar de su sonido deficiente. Gran momento ese en el que compara las religiones con crisálidas de las que nunca se sabe qué va a surgir, para terminar apostillando que todas las religiones tienen su origen en un capullo. Hay que hacer un verdadero esfuerzo intelectual para no malinterpretar al profesor González Ferrín, pero yo no he sido capaz de conseguirlo. ;)

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25 enero, 2010 |

Tags: al-Andalus, historia, historia de españa, Islam, Videos




Súmer (I): el país de los dos ríos

historia 18 comentarios »

La región que abarcan los ríos Tigris y Éufrates es hoy territorio de guerra y escenario cotidiano de matanzas y destrucción. Hubo, sin embargo, una época en la que Mesopotamia significó para el mundo civilización, progreso y abundancia. Desde muchos siglos antes de lo que los primeros investigadores habían creído, la hasta hace poco desconocida civilización sumeria fue la primera en todo el mundo que surgió de la Prehistoria para dejar constancia escrita de los avatares de su existencia, de sus creencias y mitos, de su poesía y de sus ciencias.

Localización de Súmer. Imagen: Universidad Complutense de Madrid

En 1941, los arqueólogos que excavaban en el yacimiento de Tell Abu Salabikh encontraron los escritos considerados hasta ahora más antiguos de la humanidad. Eran auténticos escritos sumerios, procedentes de un pueblo y una época que hasta entonces sólo era conocida por referencias de textos babilónicos y asirios muy posteriores. Siempre se había especulado con la hipótesis de que la primera escritura había sido fruto de la necesidad práctica, y que su temática sería meramente administrativa o contable. Nada más lejos de la realidad; entre los escritos de Tell Abú Salabikh se hallaron poemas, himnos y mitos, y sólo unos cuantos documentos administrativos.

Herederos de una civilización que se había estado fraguando en la región desde el 6.000 a.C., los sumerios dominaron el sur de Mesopotamia entre los siglos XXVII y XXIII a.C., varios siglos antes de que en Egipto comenzara la construcción de la Gran Pirámide. No se puede decir que Súmer fuera un estado, o al menos no según el moderno concepto de estado. Súmer era una cultura compartida por varios pueblos, agrupados en torno a ciudades como Kish, Uruk, Ur, Lagash o Nippur, entre otras. Diferentes dinastías de reyes en cada ciudad pugnaban por la hegemonía en la región, en una época en la que los mitos aún se mezclaban con la Historia. La existencia de reyes legendarios como Gilgamesh de Uruk está hoy demostrada documentalmente, aunque en un principio se pensó que Gilgamesh no era sino un personaje literario.

Súmer domesticó a los ríos que le daban la vida, canalizando los regadíos y convirtiendo en un vergel aquel fértil valle en medio del desierto. Sus leyendas, perdurables durante milenios gracias al soporte de arcilla donde las escribieron, cuentan historias sobre la creación del mundo por los dioses, sobre la lucha cósmica entre el bien y el mal, sobre un terrible diluvio que anegó al mundo entero y sobre los supervivientes del mismo, que pudieron salvarse a bordo de un barco. Cuentan la historia de un bebé que fue arrojado al río dentro de una canasta y luego se convirtió en rey… Historias que a cualquiera que haya sido criado en la tradición judeocristiana le resultarán familiares y que se hallaron enterradas en ruinas milenarias, escritas en antiquísimas tablas de arcilla, en una lengua y una escritura no descifradas hasta el siglo XIX, como prueba irrefutable de nuestros orígenes como cultura.

Para saber más sobre Súmer:

  • Los sumerios. Página de Ana Vázquez Hoys, profesora de Historia Antigua, UNED.
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7 enero, 2010 |

Tags: historia, Súmer




Irreductibles legendarios (V): La fábrica de tractores

Irreductibles legendarios, Lugares con Historia Un comentario »

Parecía que el mundo había acabado, y que todos habían caído en un infierno helado de cascotes, cadáveres corrompidos y barro. Todos los que combatían en Stalingrado tenían la convicción de que jamás saldrían vivos de aquella ruina inmensa donde la muerte acechaba detrás de todas las esquinas, escondida en la oscuridad de las ventanas rotas de las casas bombardeadas.

Por muy dura que fuese aquella guerra, ninguna batalla fue tan cruel como la que se libró entre las ruinas de la fábrica de tractores Dzerzhinsky en el otoño de 1942. La fábrica de tractores era el orgullo de la maquinaria industrial soviética, y sus obreros produjeron tanques T-34 hasta el último momento, hasta que los bombardeos redujeron el complejo a un montón de escombros. Entonces fue cuando la fábrica pasó a convertirse en un baluarte para impedir el avance alemán hacia el Volga. La consigna del camarada Stalin no dejaba lugar a dudas: Ni un paso atrás. Los defensores de la fábrica de tractores resistirían la acometida del enemigo o perecerían en su puesto de combate. Era vital que el ejército ruso siguiera controlando la ribera del Volga, manteniendo una cabeza de playa por la que poder introducir los suministros y refuerzos que atravesaban constantemente el río; unos suministros que llegaban pese al intenso fuego artillero, pese a los constantes ataques de la aviación alemana, y pese a la certeza de los que llegaban de que se estaban internando en una pesadilla sin salida.

Y protegiéndolos a todos del enemigo se encontraban los defensores de la fábrica Dzerzhinsky. Eran soldados de reemplazo venidos de todos los puntos de la Unión Soviética, trabajadores de la fábrica que ya no podían hacer otra cosa que luchar, voluntarios y forzados, todos ellos unidos en la desesperación de quienes se encuentran acorralados. En muchas ocasiones, asomar la cabeza a más de un palmo del suelo significaba la muerte instantánea por el fuego enemigo. En demasiadas, retroceder aunque sólo fuera para encontrar un hueco donde esconderse podía significar la muerte a manos de los comisarios políticos.

La infantería y los blindados alemanes se abalanzaron contra la fábrica de tractores el 6 de octubre de 1942. A partir de ese momento, y durante más de una semana, los combates en aquel lugar maldito se producirían a muy corta distancia. En muchas ocasiones cuerpo a cuerpo. De nada servían los fusiles cuando tu enemigo se te echaba encima a menos de un metro; había que tirar de bayonetas y cuchillos. Los soldados alemanes no creían posible tal tenacidad por parte de sus enemigos. Los soviéticos se lanzaban a la muerte de forma irreflexiva, fanática, defendiendo cada nave, cada agujero, cada alcantarilla, como si se trataran del mismísimo Kremlin. Aquella ofensiva fue a duras penas detenida, con terribles pérdidas en ambos bandos. La fábrica seguiría siendo rusa de momento.

Pero entre el 14 y el 15 de octubre, los alemanes pusieron toda la carne en el asador, literalmente. Precedidos de un bombardeo masivo de artillería y aviación, los tanques alemanes se introdujeron finalmente en el complejo industrial, arrasando con sus defensas. Los defensores de la fábrica de tractores nunca se rindieron, y el enemigo, horrorizado, sólo pudo tomar aquel lugar pasando sobre cientos de muertos amontonados por doquier; soldados que habían quedado en los mismos lugares donde habían sido alcanzados por las balas o las bombas. Era un desolado paisaje dominado por el olor a muerte y por el humo.

Unos meses más tarde, el mariscal Von Paulus rendía las fuerzas alemanas sitiadas en Stalingrado. Lejos, muy lejos de Alemania, sin suministros ni alimentos, los alemanes se enfrentaban al invierno ruso y a la perspectiva de morir de hambre o morir a manos del enemigo. El VI ejército alemán se rindió el 29 de enero de 1943, pero los soldados alemanes destacados en la fábrica de tractores arrebatada a los rusos en octubre resistieron aún tres días más en medio de intensos combates antes de rendirse por falta de munición. Alemania perdió Stalingrado para siempre, pero la historia ganó un lugar donde admirar para siempre el valor y el sacrificio de unos hombres que nunca se rindieron.

Enlaces:

  • Stalingrado. Anthony Beevor.
  • Fábrica de tractores Stalingrado en combate.
  • Fábrica de tractores de Stalingrado, Google Maps.
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11 octubre, 2009 |

Tags: batallas, guerra, historia, Lugares con Historia




A vista de pájaro: La presa de Asuán

A vista de pájaro Sin comentarios »

Río Nilo. Imagen: FlickrEl río Nilo ha recorrido las tierras de Egipto de sur a norte durante millones de años, convirtiendo una estrecha franja del desierto del Sahara en un rico vergel. Gracias a él pudo desarrollarse una de las más ricas civilizaciones de la historia humana, cuyas maravillas aún asombran al prepotente hombre moderno. El secreto del Nilo era su naturaleza salvaje e imprevisible; una naturaleza que podía llevar a Egipto a la abundancia o a la muerte por inanición, y que creó todo un culto religioso alrededor de sus crecidas. El Nilo debía desbordarse anualmente para anegar los campos circundantes, en los cuales crecía el grano que alimentaba al país de los faraones. Cuando la inundación era escasa o demasiado abundante, buena parte de África, Oriente Medio, y llegado el momento, Roma, sufrían las consecuencias en forma de hambrunas, inestabilidad política y guerras.

Y esto fue así durante siglos y siglos. Montones de dinastías faraónicas, los persas, griegos, romanos, bizantinos, árabes, franceses e ingleses conocieron el Egipto de siempre, y exprimieron sus riquezas inagotables, gran parte de las cuales eran otorgadas por el fluir eterno del gran río. A mediados del siglo XX, un nuevo Egipto asomaba a la modernidad tras el paso de sus últimos colonizadores. A la cabeza de ese nuevo Egipto estaba Gamal Abdel Nasser, un líder carismático decidido a unir al depauperado pueblo árabe bajo una misma bandera. Para conseguirlo necesitaba primero modernizar Egipto, equiparándolo en progreso a las potencias europeas que antes fueran metrópolis del país del Nilo.

Nasser es aclamado en El Cairo por sus seguidores tras anunciar la creación de la Compañía del Canal de Suez en 1956. Imagen: Wikimedia Commons.Nasser contaba para ello con dos recursos económicos inagotables: el Canal de Suez y el río Nilo. Para hacer de Egipto un país moderno necesitaba domesticar al Nilo, dejar de depender de sus caprichosas crecidas construyendo una gran presa que almacenara el agua, controlara el caudal del río y generara la necesaria electricidad para hacer funcionar al país. Para conseguirlo, primero necesitaba hacerse con el control del canal, todavía en manos de los ingleses, para financiar aquella obra pública de envergadura colosal. El 26 de julio de 1956 era nacionalizado el Canal de Suez, y pocos meses más tarde Inglaterra, Francia e Israel atacaron a Egipto en la zona del canal y la península del Sinaí, aunque con un resultado desastroso. Fue una guerra breve, pero para todo el mundo quedó claro que el canal no podría ser controlado en contra de la voluntad de Egipto, que los egipcios podían administrar el tráfico por el canal y que la época de los colonialismos en Oriente Medio había finalizado.

Gamal Nasser y Nikita Kruschev visitan las obras de la presa de Asuán.Una vez con el control del canal, Nasser se dispuso a emprender la construcción de la presa de Asuán. Aunque a principios del siglo XX se había edificado una primera presa, ésta se demostró ineficiente para las necesidades del país. La nueva presa sería construida ocho kilómetros río arriba de la primera. Sin embargo, y a pesar de la ayuda económica que suponía el control del Canal de Suez, Egipto necesitaba recurrir a la financiación internacional para esta obra. Los Estados Unidos, que habían ofrecido su ayuda económica en las primeras fases del proyecto, la retiraron a mediados de 1956 (cuando al derrotar a las potencias ocupantes del canal, Egipto demostró ser un país fuerte y decidido). Supongo que les preocupaba la existencia de un país árabe desarrollado y potente. Bien, Estados Unidos iba a tener tiempo de arrepentirse de su decisión, porque la retirada del apoyo económico a Nasser le arrojó de lleno en los brazos de otra potencia que sí estaba dispuesta a ayudar a Egipto: la Unión Soviética.

Templo de Abu Simbel, trasladado de su ubicación original por la UNESCO para impedir que quedara sumergido bajo las aguas del lago Nasser. Imagen: FlickrAsí fue cómo entre 1960 y 1970 se contruyó la presa de Asuán, con dinero, técnicos y diseños rusos. Para impedir la desaparición bajo las aguas del embalse de templos tam importantes como Abu Simbel hubo que trasladarlos piedra a piedra hasta otros emplazamientos, una ingente tarea emprendida por la UNESCO y en la que participaron varios países. Egipto regaló a España el rescatado templo de Debod como agradecimiento por la ayuda prestada en esta labor de rescate cultural. El templo de Debod puede hoy ser admirado en el Parque del Oeste de Madrid. El milenario río Nilo fue finalmente domesticado para servir a los intereses de los hombres, y a pesar de las graves secuelas medioambientales que supuso la construcción de esta presa, hoy riega los campos egipcios mansamente, con sus aguas canalizadas por acequias después de haber movido las grandes turbinas generadoras que producen un buen porcentaje de la electricidad consumida por Egipto. Nasser murió en 1970 convertido en un controvertido personaje, y no pudo ver la mayor de sus obras en pleno funcionamiento. La presa de Assuán no alcanzó su máxima capacidad hasta el año 1976.


Ver mapa más grande

Aquí tienen la presa de Assuán; una obra pública que costó una guerra y que ha cambiado para siempre la historia de un país.

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27 septiembre, 2009 |

Tags: egipto, historia, Imágenes




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