Parecía que el mundo había acabado, y que todos habían caído en un infierno helado de cascotes, cadáveres corrompidos y barro. Todos los que combatían en Stalingrado tenían la convicción de que jamás saldrían vivos de aquella ruina inmensa donde la muerte acechaba detrás de todas las esquinas, escondida en la oscuridad de las ventanas rotas de las casas bombardeadas.
Por muy dura que fuese aquella guerra, ninguna batalla fue tan cruel como la que se libró entre las ruinas de la fábrica de tractores Dzerzhinsky en el otoño de 1942. La fábrica de tractores era el orgullo de la maquinaria industrial soviética, y sus obreros produjeron tanques T-34 hasta el último momento, hasta que los bombardeos redujeron el complejo a un montón de escombros. Entonces fue cuando la fábrica pasó a convertirse en un baluarte para impedir el avance alemán hacia el Volga. La consigna del camarada Stalin no dejaba lugar a dudas: Ni un paso atrás. Los defensores de la fábrica de tractores resistirían la acometida del enemigo o perecerían en su puesto de combate. Era vital que el ejército ruso siguiera controlando la ribera del Volga, manteniendo una cabeza de playa por la que poder introducir los suministros y refuerzos que atravesaban constantemente el río; unos suministros que llegaban pese al intenso fuego artillero, pese a los constantes ataques de la aviación alemana, y pese a la certeza de los que llegaban de que se estaban internando en una pesadilla sin salida.
Y protegiéndolos a todos del enemigo se encontraban los defensores de la fábrica Dzerzhinsky. Eran soldados de reemplazo venidos de todos los puntos de la Unión Soviética, trabajadores de la fábrica que ya no podían hacer otra cosa que luchar, voluntarios y forzados, todos ellos unidos en la desesperación de quienes se encuentran acorralados. En muchas ocasiones, asomar la cabeza a más de un palmo del suelo significaba la muerte instantánea por el fuego enemigo. En demasiadas, retroceder aunque sólo fuera para encontrar un hueco donde esconderse podía significar la muerte a manos de los comisarios políticos.
La infantería y los blindados alemanes se abalanzaron contra la fábrica de tractores el 6 de octubre de 1942. A partir de ese momento, y durante más de una semana, los combates en aquel lugar maldito se producirían a muy corta distancia. En muchas ocasiones cuerpo a cuerpo. De nada servían los fusiles cuando tu enemigo se te echaba encima a menos de un metro; había que tirar de bayonetas y cuchillos. Los soldados alemanes no creían posible tal tenacidad por parte de sus enemigos. Los soviéticos se lanzaban a la muerte de forma irreflexiva, fanática, defendiendo cada nave, cada agujero, cada alcantarilla, como si se trataran del mismísimo Kremlin. Aquella ofensiva fue a duras penas detenida, con terribles pérdidas en ambos bandos. La fábrica seguiría siendo rusa de momento.
Pero entre el 14 y el 15 de octubre, los alemanes pusieron toda la carne en el asador, literalmente. Precedidos de un bombardeo masivo de artillería y aviación, los tanques alemanes se introdujeron finalmente en el complejo industrial, arrasando con sus defensas. Los defensores de la fábrica de tractores nunca se rindieron, y el enemigo, horrorizado, sólo pudo tomar aquel lugar pasando sobre cientos de muertos amontonados por doquier; soldados que habían quedado en los mismos lugares donde habían sido alcanzados por las balas o las bombas. Era un desolado paisaje dominado por el olor a muerte y por el humo.
Unos meses más tarde, el mariscal Von Paulus rendía las fuerzas alemanas sitiadas en Stalingrado. Lejos, muy lejos de Alemania, sin suministros ni alimentos, los alemanes se enfrentaban al invierno ruso y a la perspectiva de morir de hambre o morir a manos del enemigo. El VI ejército alemán se rindió el 29 de enero de 1943, pero los soldados alemanes destacados en la fábrica de tractores arrebatada a los rusos en octubre resistieron aún tres días más en medio de intensos combates antes de rendirse por falta de munición. Alemania perdió Stalingrado para siempre, pero la historia ganó un lugar donde admirar para siempre el valor y el sacrificio de unos hombres que nunca se rindieron.
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Lo inconcebible, lo nunca visto, estaba sucediendo ante las miradas atónitas de millones de japoneses.
Durante cuatro largos años el pueblo y el ejército del Japón habían soportado una cruel guerra en las aguas del Pacífico contra los Estados Unidos, al tiempo que luchaban en las junglas del sudeste asiático contra los ingleses y sus aliados, y desde muchos años antes sostenían una guerra de ocupación en Corea y otra en China contra los nacionalistas de Chian Kai-shek y los comunistas de Mao Tse-tung. Pocos meses después de comenzar la guerra contra los Estados Unidos, el viento comenzó a soplar en contra del Japón, y aunque defendieron con encarnizamiento cada una de sus posiciones, la sagrada tierra del sol naciente muy pronto comenzaría a
padecer la escasez de materias primas, el desabastecimiento de sus mercados, y lo que era mucho peor, la impresionante lluvia de fuego que los miles de bombarderos norteamericanos dejarían caer sobre las ciudades niponas.
Tras la pérdida de Iwo Jima, las aeronaves estadounidenses alcanzaban casi impunemente las costas japonesas, sucediéndose una tras otra las carnicerías contra la población civil. Tokio, Osaka, Kobe, Nagoya… todas ellas fueron arrasadas por las bombas incendiarias del enemigo, pero lo peor estaba por llegar…
El 6 de agosto de 1945 una bomba atómica hacía explosión sobre la vertical de la ciudad de Hiroshima, destruyendo la ciudad en un instante y provocando decenas de miles de muertos. Ahora los Estados Unidos estaban en posesión del arma definitiva; un arma que no iba a cambiar el destino de una guerra que Japón ya tenía perdida, pero que significaba que el Emperador y sus ministros tendrían que sopesar la posibilidad real del exterminio de su país por parte de sus enemigos. Tres días más tarde, mientras el gobierno japonés aún se pensaba su respuesta ante la exigencia de una rendición incondicional, un segundo artefacto nuclear destruía la ciudad portuaria de Nagasaki. En los laboratorios de Los Álamos se trabajaba febrilmente para construir nuevas bombas, y esperaban tener al menos cuatro bombas más listas para septiembre. No hicieron falta. El gobierno japonés, con su sagrado emperador a la cabeza, rendía el país el 14 de agosto de 1945 a las fuerzas aliadas. La Segunda Guerra Mundial había terminado.
Al día siguiente, un pueblo desesperado escuchaba por primera vez la voz de su emperador que les hablaba, y su mensaje no podía ser más trágico. Muchas personas se quitaron la vida, incapaces de soportar la indignidad sufrida por su patria y por el que durante generaciones había sido considerado un dios viviente. El emperador Hiro Hito, sin embargo, no se quitó la vida, sino que consiguió de los vencedores -por puro
interés en mantener apaciguado al pueblo japonés- su permanencia en el trono como una figura inviolable. Mientras sus generales fueron juzgados y condenados por crímenes de guerra, el emperador dedicó a partir de entonces sus días al estudio de los animales marinos y a las relaciones públicas. El mundo había perdido un dios y había ganado un biólogo.
El 2 de septiembre de 1945, sobre la cubierta del crucero USS Missouri atracado en la bahía de Tokio, las autoridades japonesas firmaban oficialmente la rendición del país ante las miradas de toda la tripulación del buque agolpada en cubierta.
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Yo, el Emperador, después de reflexionar profundamente sobre la situación mundial y el estado actual del Imperio Japonés, he decidido adoptar como solución a la presente situación el recurso a una medida extraordinaria. Con la intención de comunicároslo me dirijo a vosotros, mis buenos y leales súbditos.
He ordenado al Gobierno del Imperio que comunique a los países de EEUU., Gran Bretaña, China y Rusia la aceptación de su Declaración Conjunta.
Ahora bien, conseguir la paz y el bienestar de los súbditos japoneses y disfrutar de la mutua prosperidad y felicidad con todas las naciones ha sido la solemne obligación que me legaron, como modelo a seguir, los antepasados imperiales y de la cual no he pretendido apartarme, llevándola siempre presente en mi corazón.
Por consiguiente, aunque en un principio se declarase la guerra a los dos países de EE.UU. y Gran Bretaña, la verdadera razón fue el sincero deseo de asegurar la autoconservación del Imperio y la seguridad de Asia Oriental, no siendo en ningún caso mi intención, el interferir en la soberanía de otras naciones ni la invasión expansiva de otros territorios.
Sin embargo, la guerra tiene ya cuatro años de duración. Y a pesar de que los generales y soldados del ejército de tierra y marina han luchado en cada lugar valientemente, los funcionarios han trabajado en sus puestos realizando todos los esfuerzos posibles y todos los habitantes han servido con devota dedicación, poniendo cuanto estaba en sus manos; la trayectoria de la guerra no ha evolucionado necesariamente en beneficio de Japón y la situación internacional tampoco nos ha sido ventajosa. Además, el enemigo ha lanzado una nueva y cruel bomba, que ha matado a muchos ciudadanos inocentes y cuya capacidad de perjuicio es realmente incalculable.
Por eso, si continuamos esta situación la guerra al final no sólo supondrá la aniquilación de la nación japonesa sino también, la destrucción total de la propia civilización humana. Y si esto fuese así, cómo podría proteger a mis súbditos, mis hijos, y cómo podría solicitar el perdón ante los sagrados espíritus de mis antepasados imperiales. Esta es la razón por la que he hecho al gobierno del Imperio aceptar la Declaración Conjunta de las Potencias.
Me siento obligado a expresar mi más profundo sentimiento de pesar con las naciones aliadas que han colaborado permanentemente junto con el Imperio Japonés para la emancipación de Asia Oriental. Asimismo, pensar en aquellos de mis súbditos que han muerto en el campo de batalla, así como en aquellos que dieron su vida ocupando sus puestos de trabajo, cumpliendo con su deber, o aquellos que fueron víctimas de una muerte desafortunada y en sus familias destrozadas es un sufrimiento presente en mi corazón noche y día. Del mismo modo, el bienestar de los heridos y de las víctimas de la guerra, de aquellos que han perdido sus hogares y sus medios de vida constituye el objeto de mi más honda preocupación.
Soy consciente de que los sacrificios y sufrimientos que tendrá que soportar el Imperio a partir de ahora son, sin duda, de una magnitud indescriptible. Y comprendo bien el sentimiento de mortificación de todos vosotros, mis súbditos. Sin embargo, en consonancia con los dictados del tiempo y el destino quiero, aún soportando lo insoportable y padeciendo lo insufrible, abrir un camino hacia la paz duradera para todas las generaciones futuras.
Confirmo vuestra lealtad al defender la estructura del Imperio y me siento unido a vosotros, mis buenos y leales súbditos. Por eso, os exijo que evitéis cualquier explosión de emociones que pueda desencadenar complicaciones innecesarias, o enfrentamientos que pudieran desuniros, causando desorden y conduciéndoos por un camino equivocado que haría al mundo perder la confianza en vosotros.
Continuad adelante como una sola familia, de generación en generación, confiando firmemente en la inmortalidad del Japón divino, conscientes del peso de las responsabilidades y del largo camino que os queda por delante. Dedicad todos vuestros esfuerzos para la construcción del futuro. Manteneos fieles a una firme moral, seguros de vuestro propósito, y trabajad duro aprovechando al máximo vuestras virtudes sin retrasaros de la línea de progreso del mundo.
Poned en práctica, según lo he dicho, mi voluntad.
14 de Agosto del año 20 de la era Showa (1945)
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Las viejas supersticiosas aseguraban que el infierno era un lugar de hornos ardientes donde las almas eran torturadas por toda la eternidad. Seguro que aquellas pobres viejas nunca habían padecido las inclemencias del invierno finlandés.
De haber estado allí con ellos, a buen seguro que las abuelas rusas cambiarían sus relatos de terror sobre el infierno y las almas en pena.
Porque ellos estaban en el infierno, eso era seguro. Y no era ardiente; estaba helado como el corazón de los muertos y era blanco, un blanco infinito e inmaculado. El infierno era de una blancura aterradora, y los demonios estaban por doquier. Estos demonios recolectaban cada día su ración de jóvenes almas de soldados rusos para llevárselas con ellos sin que nadie les viera. Por la noche en los cuarteles, al calor de las estufas, los soldados veteranos contaban a los nuevos reemplazos historias sobre el terrible destino de los soldados que les habían precedido, a pesar de que dichas historias estaban expresamente prohibidas por los oficiales. Yuri, recién llegado al frente, opinaba que era mejor no prestar oídos a tales historias. La mejor forma de sobrevivir era tratar de no separarse del grupo, no perderse en la nieve, y obedecer las órdenes de los mandos. El ejército soviético era infinitamente más poderoso que aquellos infelices finlandeses, y estaba seguro de que completarían sus objetivos en pocas semanas.
El objetivo no era otro que el istmo finlandés de Carelia. A Stalin se le había metido en la sesera que aquel paraje helado debía pertenecer a la Unión Soviética, como si la URSS no tuviera ya suficientes páramos helados. Incomprensiblemente, y lejos de echar a correr ante el poderío ruso, los finlandeses habían plantado cara a su enemigo con una decisión que había pillado a los rusos por sorpresa. El ejército finlandés parecía haberse especializado en atacarles con pequeñas escuadras que se desplazaban sobre esquíes. Aparecían de repente, disparaban con una precisión demoledora y desaparecían sin que se les pudiera dar caza. Nadie podía predecir dónde o cuándo efectuarían su siguiente ataque, y en muchas ocasiones ni siquiera quedaban testigos que pudieran relatar lo sucedido.
A Yuri le tocaba guardia esa noche. Eran dos horas de un frío sin consuelo caminando entre la nieve del suelo y un límpido cielo estrellado; dos horas en las que su única compañía era la aurora boreal que iluminaba los cielos árticos. Por más que tratara de aguzar la vista era imposible distinguir nada en aquella penumbra fantasmal. Poco a poco iban calando en su alma las historias cuarteleras que había escuchado sobre uno de aquellos demonios finlan
deses a los que las tropas rusas conocían como Belaya Smert -La Muerte Blanca-. Era el más mortífero de los tiradores enemigos, y se contaba que había matado a cientos de rusos en las pocas semanas que habían transcurrido desde el comienzo de la guerra. Lo que Yuri no podía saber es que su suerte ya estaba echada. Hacía bastante rato que Simo Häyhä, La Muerte Blanca, apuntaba a Yuri con su arma. Enterrado en la nieve y vestido completamente de blanco era indistinguible del terreno. Nada le delataba. Su rostro estaba cubierto por una máscara blanca. Simo se había negado a utilizar un rifle con mira telescópica para no verse traicionado ante el enemigo por algún reflejo ocasional de la lente.
El frío era igual para todo el mundo, pero Häyhä estaba acostumbrado. Desde niño había acechado a los alces por los bosques del norte, y ahora acechaba a sus enemigos con la misma paciencia, sin albergar hacia ellos ningún resentimiento. Ahora apuntaba cuidadosamente a un soldado que hacía su ronda. No era nada personal: le ordenaron matar rusos y él mataba rusos. Cuando decidió que no tendría una mejor oportunidad de disparar apretó con suavidad el gatillo del arma y al instante supo que su enemigo estaba muerto. Yuri oyó el disparo cuando aún no se había percatado de que una bala le había atravesado el pecho. No vio a su verdugo, pero supo al instante que La Muerte Blanca le había alcanzado. Antes de desvanecerse, y sin tiempo de sentir más miedo del que ya sentía, se permitió un último pensamiento sobre cómo sería el hombre que le había matado. Luego empezó a sentir de repente un agudo dolor y aquel mundo de blancura infinita se volvió negro para siempre. Yuri ya estaba muerto cuando cayó sobre la nieve.
La Guerra de Invierno que enfrentó a la URSS y a Finlandia entre noviembre de 1939 y marzo de 1940, una de tantas guerras olvidadas por la historia, tuvo una gran trascendencia en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. La URSS, en efecto, invadió Finlandia y se apoderó del istmo de Carelia, pero lo hizo a un precio prohibitivo. En tres meses y medio de guerra Rusia reconoció la pérdida de unos 270.000 soldados muertos o heridos sobre el suelo finlandés, aunque algunas fuentes afirman que esta cifra fue maquillada por el gobierno soviético para ocultar un desastre humano mucho mayor que podría ascender a más de 600.000 hombres. Estas enormes pérdidas pudieron ser fundamentales cuando un año más tarde las tropas del III Reich invadieron la Unión Soviética. A su vez, Stalin tomó conciencia de que depurar al ejército de casi toda su oficialidad y sustituirla por comisarios políticos no había sido muy buena idea que digamos, y rescató de la deportación a muchos de estos mandos para poner un poco de orden en sus fuerzas antes de que estallara la gran guerra que se avecinaba.
Finlandia perdió a unos veinticinco mil hombres de su pequeño ejército, lo que la colocó al borde del colapso militar, pero supo defender su territorio de la invasión con toda la fuerza que le fue posible reunir, ganándose con ello la admiración y la simpatía del resto de las naciones. Entre los muchos héroes de aquella guerra destaca la pequeña y delgada figura de Simo Häyhä, tirador de élite finlandés que sumó más de 500 soldados rusos muertos, lo que le valió el apodo de “La Muerte Blanca”.
La batalla estaba ganada de antemano. Existía una desproporción considerable entre las fuerzas combinadas de Rusia y Austria y las del ejército francés de Napoleón. Tanto el Zar Alejandro como el Emperador Francisco estaban convencidos de que la fortuna del advenedizo emperador francés estaba por terminar aquel 2 de diciembre de 1805. Pronto toda Europa volvería a ser la misma de antes de la desgraciada revolución de 1789 en Francia.
Y para colmo, Napoleón parecía haber cometido un error táctico de bulto impropio de su talento militar, dejando expedita la colina de Pratzen en el centro del campo de batalla, para que fuera ocupada por el enemigo. Tropas aliadas habían ocupado este lugar estratégico durante la tarde y la madrugada anterior, y ahora aguardaban bajo una densa niebla mientras el resto del ejército atacaba a los franceses por los flancos, sobre todo por su flanco derecho, que ocupaba la ruta hacia Viena. Tal como los comandantes aliados esperaban, las fuerzas francesas eran débiles y no hacían más que retroceder, así que fueron reforzando el ataque enviando tropas de refuerzo desde la colina de Pratzen. Pronto habrían rodeado a los franceses y ganado aquella sencilla batalla. Entonces, sobre las nueve de la mañana, la niebla se disipó y salió el Sol.
Los soldados aliados que ocupaban la colina de Pratzen observaron espantados cómo entre jirones de niebla aparecían miles de franceses que avanzaban decididos hacia ellos como salidos de la nada. A medida que se deshacía la niebla iban apareciendo más y más columnas de infantería francesa que aclamaban al Sol con fuertes gritos de entusiasmo. El mismo Zar Alejandro exclamó que los soldados franceses parecían haber salido del cielo, a lo que un ayudante de campo respondió que más bien aparecían del Infierno. Pocos minutos más tarde el centro del ejército aliado había desaparecido devorado por el avance francés, y aunque aún restaban largas horas de combates, la Batalla de Austerlitz ya estaba decidida en favor de Napoleón.
Dos días más tarde, mientras aún eran recogidos del campo de batalla los cadáveres de más de veinte mil austriacos y rusos, el Emperador Francisco I de Austria firmaba la Paz de Pressburg con las condiciones impuestas por Napoleón, perdiendo gran parte de sus posesiones en Alemania y la totalidad de Italia, incluida Venecia. El Zar Alejandro se retiró más allá de las fronteras de Rusia y ya no volvió a dirigir a un ejército en batalla. Aún le quedaban por lamentar muchas derrotas importantes contra el pequeño emperador corso, y aún debía verle ocupar el mismísimo Kremlin años más tarde.
Napoleón celebró su victoria arengando a sus tropas en el aniversario de su coronación:
Soldados: Estoy satisfecho de vosotros.
En la Batalla de Austerlitz habéis justificado todo lo que esperaba de vuestra audacia. Habéis decorado vuestras águilas con una gloria inmortal.
Una armada de cien mil hombres, comandada por los emperadores de Rusia y Austria ha sido descuartizada y dispersada en menos de cuatro horas. De este modo, la Tercera Coalición contra Francia ha sido vencida y disuelta.
Ahora la paz no puede estar lejos, pero sólo haremos esa paz cuando nos ofrezca garantías de futuro y asegure las recompensas a nuestros aliados.
Cuando obtengamos todo lo necesario para asegurar la felicidad y la prosperidad de nuestro país, yo os llevaré de vuelta a Francia. Mi pueblo os recibirá de nuevo con entusiasmo. Para cada uno de vosotros será suficiente con decir: “Yo estuve en la Batalla de Austerlitz”, y todos vuestros conciudadanos exclamarán: “Ahí va un valiente”.
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(…) We shall go on to the end, we shall fight in France, we shall fight on the seas and oceans, we shall fight with growing confidence and growing strength in the air, we shall defend our Island, whatever the cost may be, we shall fight on the beaches, we shall fight on the landing grounds, we shall fight in the fields and in the streets, we shall fight in the hills; we shall never surrender, and even if, which I do not for a moment believe, this Island or a large part of it were subjugated and starving, then our Empire beyond the seas, armed and guarded by the British Fleet, would carry on the struggle, until, in God’s good time, the New World, with all its power and might, steps forth to the rescue and the liberation of the old.
(…) Llegaremos hasta el final; lucharemos en Francia; lucharemos sobre los mares y océanos; lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el coste; lucharemos en las playas; lucharemos sobre las pistas de aterrizaje; lucharemos en los campos y en las calles; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos, e incluso si, cosa que por el momento no creo que suceda, esta isla o una gran parte de ella fuera subyugada y estuviera hambrienta, entonces nuestro Imperio más allá de los mares, armado y protegido por la flota británica, cargaría con el peso de la resistencia, hasta que, cuando sea la voluntad de Dios, el Nuevo Mundo, con todo su poder y su fuerza, avance al rescate y a la liberación del Viejo.
Winston Churchill, Cámara de los Comunes, 4 de junio de 1940.
Origen del texto en inglés: Wikisource. Traducción propia.
Parece que últimamente la cosa va de barcos hundidos. En esta ocasión nos transportaremos a 1915, en plena Primera Guerra Mundial, y a un luctuoso hecho que cambiaría el curso de la contienda: el hundimiento del transatlántico RMS Lusitania por el submarino alemán U-20, acontecido el 7 de mayo de 1915.
En 1915 la Primera Guerra Mundial había entrado en un estancamiento que se prolongaría hasta 1917. Los frentes en Europa se habían estabilizado, y los soldados alemanes, franceses e ingleses luchaban penosamente en las trincheras dentro del territorio francés y belga. En aquellos momentos, tanto para Inglaterra como para Francia, el suministro de material bélico desde los Estados Unidos era esencial para mantener sus posiciones. Este constante fluir de mercancías y las deudas contraídas por los aliados con los Estados Unidos influiría de manera más que decisiva en el despegue económico del país americano tras la contienda.
Los Estados Unidos se declararon oficialmente neutrales en el conflicto, aunque la gran mayoría de su población mostraba abiertamente sus simpatías hacia el bando aliado franco-británico. En ese contexto, el transporte marítimo entre América y Europa se convirtió en una indispensable línea de abastecimiento para los aliados, y los grandes translatlánticos eran una pieza clave en el aprovisionamiento de Europa mientras Alemania permanecía aislada por el férreo bloqueo naval al que le sometía el Reino Unido.
Pero desde el primer momento los submarinos alemanes se habían mostrado muy eficaces a la hora de burlar los bloqueos e infligir importantes daños al enemigo. Pequeños, silenciosos y mortíferos, estos buques de guerra se estaban convirtiendo en una pieza clave de la estrategia militar alemana. Una de las funciones principales de la flota alemana de submarinos era impedir el abastecimiento del enemigo por mar, hundiendo a cuantos cargueros pudieran transportar mercancías por el Atlántico hacia Francia o Inglaterra. El problema, por supuesto, era que numerosas naciones comerciaban con estos dos países, lo que suponía un importante tráfico de barcos mercantes por aguas que ahora eran un verdadero campo de batalla. Precisamente sería el ataque a estos barcos mercantes lo que internacionalizaría el conflicto, convirtiéndolo realmente en una guerra mundial.
Al Reino Unido le interesaba sobremanera la nueva y profundamente errónea estrategia alemana. A pesar de las pérdidas materiales y humanas, era mucho más lo que los ingleses obtenían en términos de adhesiones internacionales y de pérdida del prestigio alemán por estas acciones. Por ello, y a pesar del evidente peligro, los transatlánticos ingleses continuaban cruzando el océano cargados de pasajeros, algunos de los cuales representaban a la flor y nata de la sociedad de la época. Entre los barcos que recorrían las peligrosas aguas del Atlántico Norte en 1915 se encontraba el RMS Lusitania.
El RMS Lusitania era el mejor barco de la emblemática compañía naviera británica Cunard Line. Con un diseño basado en la máxima seguridad disponible en la época, estaba decorado interiormente con el mayor lujo posible. Además estaba equipado con potentes calderas que le permitían alcanzar más de 26 nudos de media, ostentando junto con su gemelo RMS Mauritania todos los records de velocidad en el trayecto América-Europa y viceversa. Este record de velocidad fue el que trataba de batir en 1912 el Titanic, propiedad de la naviera de la competencia White Star Line, cuando encontró su fatal destino en medio del Océano Atlántico.
Pero en aquél 1915 la preocupación no era la velocidad. El Lusitania había sido requisado por el almirantazgo inglés y a todos los efectos era una nave militar (aunque no armada). En sus enormes bodegas se habían cargado toneladas de mercancías, muchas de las cuales no constaban en los manifiestos de carga. Indudablemente, el Lusitania transportaba mucho más de lo que los gobiernos estadounidense y británico querían reconocer.
Ante lo evidente del asunto, la embajada alemana en Estados Unidos había estado publicando anuncios en prensa advirtiendo a los posibles pasajeros de que podían ser atacados como un objetivo militar por la armada de guerra alemana, pero estos avisos tuvieron poco eco entre el pasaje. El Lusitania salió del puerto de Nueva York el primer día de Mayo de 1915 con 1.959 personas a bordo entre pasaje y tripulación. Entre el pasaje había 136 norteamericanos, desde bebés hasta algunos personajes célebres del momento.
Siete días más tarde, el submarino alemán U-20 que tenía su zona de operaciones en aguas al sur de Irlanda se encontró con el gran transatlántico y le disparó el último de sus torpedos. El Lusitania se hundió en poco menos de media hora entre un terrible caos humano desatado en el pasaje. La rápida escora de la nave a causa de la inundación impidió que fueran botados los botes salvavidas del costado de estribor, lo que supuso la muerte de un gran número de pasajeros.
En total, 1.198 personas perdieron la vida, provocando una conmoción internacional y la condena unánime de las naciones aliadas contra la barbarie perpetrada por la marina alemana. Alemania justificó la acción aduciendo que el buque transportaba contrabando de guerra (lo que era cierto), pero eso no impidió que el clamor popular en los Estados Unidos por la pérdida de 124 ciudadanos norteamericanos del pasaje desembocara en la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Oficialmente, los Estados Unidos no entraron en la guerra hasta 1917, pero ello se debió sólo a la necesidad de preparar un ejército suficientemente numeroso y bien entrenado como para enfrentarse a las fuerzas veteranas de las potencias centroeuropeas. A la postre, la participación norteamericana en el conflicto inclinó la balanza definitivamente del lado aliado. Alemania sería derrotada el siguiente año, dando fin a la Primera Guerra Mundial y abriendo para el mundo un nuevo periodo de la historia.
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El día 2 de mayo de 1982 la Guerra de las Malvinas cumplía exactamente un mes. En ese tiempo, las fuerzas argentinas habían ocupado las Islas Malvinas, mientras el Reino Unido consideró la invasión como casus belli y envió hacia el Atlántico Sur a un nutrido grupo de combate para desalojarles.
Hasta aquel momento, la guerra se había desarrollado principalmente en el frente diplomático. La junta militar que gobernaba Argentina mantenía la absurda pretensión de que el Reino Unido reconociera la soberanía argentina de las islas. El Reino Unido, por su parte,se esforzaba en obtener el apoyo diplomático de las Naciones Unidas y de sus aliados de la OTAN para exigir la restitución del statu quo sobre el territorio invadido. Al mismo tiempo, sus fuerzas destacadas en las proximidades del archipiélago tomaban al asalto las islas Georgias del Sur; un conjunto de islotes deshabitados y mal defendidos por los argentinos que permitirían a los británicos hacerse con un asidero terrestre cercano al teatro de operaciones desde el que emprender las acciones bélicas.
Los primeros bombardeos sobre las instalaciones argentinas en las Islas Malvinas se produjeron el día 1 de mayo de 1982 procedentes de aviones Sea Harrier del portaaviones británico HMS Invincible y de un escuadrón de bombarderos estratégicos Avro Vulcan que tomaron como base la isla Ascensión, en mitad del Océano Atlántico. Las incursiones de los cazabombarderos Harrier provocaron un auténtico desmadre en las filas argentinas, cuya aviación se demostró incapaz de lidiar con los pilotos británi
cos, que les causaron severas pérdidas en distintos combates aéreos. Aunque los daños causados en el aeropuerto de Port Stanley no fueron de demasiada importancia, el efecto moral sobre las tropas argentinas allí destacadas sí lo fue.
Sin embargo, el Reino Unido necesitaba dejar claro que su presencia allí era algo más que ocasional. El control de las aguas que circundaban las islas debía ser británico, y el enemigo debía tenerlo meridianamente claro. Para ello necesitaban asestar un golpe definitivo a la moral argentina; algo que les convenciera de la abrumadora superioridad de la fuerza inglesa y que, al mismo tiempo, hiciera replegarse a la flota argentina hacia sus puertos del continente dejando el camino libre a las operaciones de la Task Force enviada por el Reino Unido para recuperar las Malvinas.
La ocasión se iba a presentar tan sólo un día después de los primeros bombardeos: el submarino nuclear HMS Conqueror había detectado al crucero ARA General Belgrano fuera de la zona de exclusión marítima decretada por el gobierno británico alrededor de las Islas Malvinas. El General Belgrano era un viejo veterano de la flota estadounidense de la Segunda Guerra Mundial; un superviviente del ataque japonés a Pearl Harbor que había participado en distintas operaciones durante la Guerra del Pacífico
contra Japón antes de ser decomisionado y puesto a la venta. Con demasiados años a sus espaldas, un equipamiento y mantenimiento deficiente y gran parte de su tripulación de reemplazo, el crucero argentino navegaba al sur de las Malvinas cuando el comandante del submarino británico recibió la orden de atacar.
En la larga historia de los submarinos nucleares, este ataque fue todo un hito, ya que es la primera y la única ocasión documentada en que un submarino de propulsión nuclear ha atacado a otro buque en una acción bélica. En realidad fue una acción muy poco honrosa, ya que el buque argentino se encontraba limitado a una velocidad máxima de 18 nudos, carecía de sistemas de detección antisubmarina y era en definitiva un blanco fácil e indefenso. Dos torpedos bastaron para que el viejo General Belgrano se hundiera en menos de veinte minutos llevándose con él a 323 tripulantes, lo que supuso casi la mitad de las bajas argentinas en el conflicto. Desde entonces, el 2 de mayo está considerado en Argentina como día de luto y conmemoración por los fallecidos en el ARA General Belgrano.
Como represalia por la catástrofe del General Belgrano, la Fuerza Aérea Argentina atacó dos días más tarde con misiles exocet al destructor HMS Sheffield, que se hundió dejando veinte muertos. Aunque era un triste consuelo, el contrataque contra el Sheffield recompuso un poco la moral argentina, dejando claro al Reino Unido que al juego aquél de hundir barcos podían jugar los dos. La Fuerza Aérea Argentina obtuvo algunos destacados éxitos hundiendo varios buques británicos durante los posteriores combates haciendo gala de un valor inusual, especialmente si se tiene en cuenta que manejaban aparatos obsoletos contra una de las armadas mejor equipadas y formadas del mundo.
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Desde la restauración de los Borbones en España en 1874, el país había sido gobernado por una alternancia de dos partidos, el conservador y el liberal. Durante más de treinta años, el caciquismo y el pucherazo electoral habían asegurado el funcionamiento de este antidemocrático sistema de gobierno.
Pero a principios del siglo XX las cosas empezaron a cambiar. Una creciente ola de regionalismo empezaba a aglutinar a los descontentos con el sistema. La burguesía periférica -sobre todo la catalana- empezaba a estar harta de ser gobernada por los de siempre y de no ocupar el lugar que creían merecer en los círculos del poder. Los burgueses catalanistas de Francesc Cambó criticaban abiertamente al gobierno desde la prensa, consiguiendo incluso capitalizar la reacción del ejército en incidentes como el del semanario Cu-Cut! Gracias a este incidente, Solidaritat Catalana arrasó en las elecciones de 1907 en Cataluña, arrollando a los republicanos de Lerroux. Por su parte, los obreros catalanes empezaban a aglutinarse alrededor del sindicato Solidaritat Obrera, en vista de los flirteos que Cambó se traía con los conservadores de Antonio Maura, ganador en las recientes elecciones y nuevo presidente del gobierno.
Un año antes, en 1906, las potencias habían concedido a España el control colonial del norte de Marruecos, y poderosos oligarcas como el Conde de Romanones o el Marqués de Comillas empezaron a construir un ferrocarril que les permitiera rentabilizar sus nuevas minas en Beni-Buifur. En 1909, los cabileños decidieron que ya estaba bien de dejarse robar por los españoles, y atacaron el ferrocarril y las minas, dando comienzo a una guerra que se prolongaría hasta 1927. Maura pensó que la guerra sería una excelente excusa para extender el poder colonial español en África, pero en realidad, los cabileños le estaban dando la del pulpo a los mal preparados y peor equipados soldados españoles. Las noticias sobre matanzas de españoles en Marruecos habían corrido como la pólvora por España cuando llegó la orden de movilización de los reservistas.
Para comprender el estallido social que se produjo acto seguido hay que comprender primero lo injusto del servicio militar español de entonces. Si eras rico y tenías los 6.000 reales necesarios para librarte de la llamada a filas, podías evitar ser asesinado por un moro en una emboscada. Si por el contrario, y como pasaba con la gran mayoría de la población, no podías disponer de ese dinero porque tu sueldo de obrero no pasaba de los 10 reales diarios, estabas obligado a abandonar a tu familia y tu trabajo para incorporarte al ejército y que sea lo que dios quiera. Ni qué decir tiene que tu familia quedaba igualmente condenada a subsistir sin tu ayuda y eso, en unos tiempos donde los salarios eran de verdadera miseria, era condenarles al hambre de forma irremisible.
Los primeros reservistas salieron de Barcelona el 18 de julio, y ya entonces la cosa se había puesto bastante tensa. Solidaritat Obrera organizó una huelga general para el lunes 26 de julio, y Cataluña entera se echó a la calle. Aunque ese día las manifestaciones fueron más o menos pacíficas, al día siguiente se recibieron noticias sobre los desgraciados que habían salido en barco el anterior 18 de julio: los cabileños les habían emboscado en el Barranco del Lobo, un paraje cercano al famoso monte Gurugú, organizando una matanza considerable. Esto fue más de lo que podían soportar los trabajadores catalanes, muchos de los cuales esperaban a ser embarcados en cualquier momento.
Así que el martes 27 de julio la movilización obrera se radicalizó bastante, pero es que la reacción del gobierno también. Maura declaró el estado de guerra, y ordenó al ejército reprimir con dureza las manifestaciones. Las Ramblas se convirtieron en un campo de batalla, con el ejército y los manifestantes cruzándose disparos. Los primeros muertos empezaban ya a tapizar las calles, y los huelguistas empezaron a pegarle fuego a iglesias y conventos, aprovechando la ocasión para mostrar su anticlericalismo. En los días siguientes se produjeron nuevos enfrentamientos, si bien la revuelta carecía de líderes y objetivos. Al parecer, era sólo una reacción popular contra la intención del gobierno de Madrid de enviarles al matadero marroquí por la cara. El gobierno de Maura hubo de hilar fino para aislar a los sublevados. Para impedir que la revuelta se extendiera al resto de España difundieron el bulo de que las manifestaciones estaban promovidas por los separatistas (cuando en realidad la burguesía catalanista se mantuvo prudentemente al margen de las protestas); además, y en vista de que la guarnición de Barcelona se negó a atacar a los huelguistas, enviaron refuerzos procedentes de las principales ciudades vecinas, que consiguieron acabar con las protestas aquel mismo fin de semana.
Al final, la Semana Trágica dejó un balance de 75 manifestantes y tres militares muertos, además de cientos de heridos y numerosos destrozos en la ciudad. Luego, el gobierno de Maura empezó con la represión y la revancha, encarcelando a miles de personas, clausurando partidos, sindicatos y escuelas y dictando arbitrariamente cinco condenas a muerte, entre las cuales se contaba la del pedagogo Francisco Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Cataluña. Al parecer, Ferrer sólo pasaba por allí, pero a los mandos encargados de la represión y a algunos estamentos eclesiásticos dolidos por la quema de sus inmuebles les pareció que la situación era propicia para, aprovechando el clima, deshacerse de un elemento tan molesto. Los condenados a muerte fueron fusilados en el foso del castillo de Montjuich en octubre de aquel año. A otros muchos les esperaban largos años de prisión o destierro, y a miles de trabajadores, dejarse la vida en África para defender los intereses económicos de unos cuantos oligarcas.
Al final, el gobierno de Maura perdió el favor de Alfonso XIII, aunque más por la condena internacional ante la brutalidad de la represión que por los sangrientos acontecimientos de Barcelona que el gobierno de Maura no supo ni quiso evitar.
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La Segunda Revolución Industrial fue una consecuencia directa de la Primera. Si hasta mediados del siglo XIX se habían sentado las bases de la producción industrial, de los conceptos de mercado, de empresariado y de proletariado y, en definitiva, del capitalismo, la segunda mitad del siglo iba a ver cómo estos nuevos conceptos eran adoptados de forma extensiva tanto en Europa y América como en Asia. Nuevas fuentes de energía como el petróleo y la electricidad serían utilizadas para elevar el desarrollo y el bienestar humano a niveles nunca antes conocidos. Nuevas técnicas de producción permitirían la construcción de nuevas máquinas, utilizando el acero como elemento fundamental en la producción. Esta nueva revolución de la técnica nos traería los ferrocarriles, los barcos de acero, el automóvil… pero también daría al hombre los medios para desarrollar nuevas y terroríficas armas que muy pronto serían probadas en combate, transformando el trágico fenómeno de la guerra en un acontecimiento de dimensiones catastróficas.
Y de entre todos los personajes e invenciones que permitieron los adelantos de la Segunda Revolución Industrial sobresale uno sin el cual nada hubiera sido lo mismo; un ingeniero que concibió un invento fundamental para el progreso. Su nombre era Henry Bessemer, y su invento se llamó el Convertidor Bessemer.
Para el urbanita moderno, generalmente trabajador del sector servicios y poco familiarizado con los procesos industriales de producción de acero, nuestro personaje de hoy podría no tener importancia; sin embargo, toda nuestra actual existencia post-tecnológica gira de una u otra forma en torno a la producción del acero. Aunque el Convertidor Bessemer ha sido sustituido en muchos casos por otros procesos más eficientes, aún existen muchas fábricas que lo utilizan. El progreso sin acero, sencillamente, no hubiera sido posible.
Básicamente, el convertidor Bessemer consiste en una cubeta donde se vierte el hierro fundido, junto con el resto de los minerales a alear con éste para conseguir un acero con las características deseadas. Cuando esta mezcla fundida se encuentra dentro de la cubeta se inyecta por su base un chorro de aire a alta presión. A las temperaturas que se producen dentro de esta cubeta, la inyección de aire produce una rápida oxidación de elementos como el carbono, el silicio o el manganeso; una oxidación que, al ser muy exotérmica, aumenta aún más la temperatura del hierro fundido, con lo que, además de limpiar las impurezas de la mezcla, el proceso ahorra una gran cantidad de combustible que antes era necesario para mantener fundido el hierro.
Ahí es, precisamente, donde reside la novedad de este procedimiento. El coste de fabricar acero en los convertidores Bessemer es diez veces menor que en el proceso de fabricación tradicional, siendo además mucho más sencillo obtener un acero con las propiedades requeridas, al poder mezclar el hierro con las cantidades exactas de aleación necesarias en cada caso.
Así fue cómo un producto tan necesario como costoso de obtener empezó a poder ser utilizado para todo tipo de cosas, desde la construcción de nuevos barcos con casco de hierro que revolucionarían el transporte marítimo hasta los edificios de cristal y acero que marcarían el estilo de construcción de finales del siglo XIX o las vías del tren que recorrerían toda Europa; desde las latas de conserva que revolucionarían la industria alimenticia hasta los más poderosos cañones.
Precisamente fue la necesidad militar de un nuevo tipo de aleación para los cañones la que inspiró a Bessemer para diseñar el Convertidor. Durante la Guerra de Crimea de 1853-56 Bessemer había ideado un nuevo tipo de proyectil más preciso y destructivo: un obús que giraba en vuelo, lo que le daba mayor estabilidad; pero los militares le informaron que sus cañones de hierro fundido no estaban preparados para disparar ese tipo de bala, así que Bessemer se puso a trabajar en una forma de obtener mejores aleaciones que soportaran el disparo de su nuevo proyectil. Aunque suene lamentable, es frecuente que los más significativos avances tecnológicos de la humanidad tengan su origen casi siempre en la necesidad de matar a otros de una forma más eficiente y barata.
Henry Bessemer fue uno de los primeros industriales en entender la utilidad del sistema de patentes y del secreto industrial, registrando varios inventos propios y llegando a hacer una pequeña fortuna gracias al secreto bajo el que fabricó una nueva pintura dorada cuyo coste de producción era mucho más barato que el de los anteriores polvos de oro. Cuando diseñó el Convertidor de acero, ninguna acería parecía interesada en comprar su nuevo proceso patentado. Entonces invirtió todo su capital para montar una acería propia con la que hacerles la competencia vendiendo acero más barato, hasta que los fabricantes de acero se vieron obligados a comprarle su invento. Bessemer obtuvo pingües beneficios por éste y otros inventos, e incluso el título de sir y un puesto en la Royal Society.
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Pocos personajes del siglo XX representan mejor el espíritu aventurero que Thomas Edward Lawrence, el mítico Lawrence de Arabia. Indudablemente, la leyenda de Lawrence de Arabia se vio incrementada por la película homónima de 1962, protagonizada por Peter O’Toole en el papel de Lawrence y Omar Sharif como el Sherif Alí (un personaje ficticio creado a partir de varios personajes reales, por cierto). El tema musical que abre esta entrada pertenece a la banda sonora de esta película, compuesta por Maurice Jarre.
Lawrence era uno de esos raros europeos enamorados desde su infancia de Oriente. Aunque el público le conoce más por su actuación durante la Primera Guerra Mundial y por su relación con el pueblo árabe, Lawrence era en realidad historiador. Hijo ilegítimo de un pequeño noble inglés, Thomas Edward estudió en la Universidad de Oxford, donde se graduó con excelentes calificaciones tras elaborar una tesis sobre la arquitectura militar europea en Oriente Medio. Para realizar este trabajo viajó en 1909 hasta Siria, donde examinó los castillos cruzados durante meses, llegando a cubrir a pie una distancia superior a los 1.600 kilómetros por los inhóspitos parajes donde se asentaron los cruzados mil años antes.
Desde entonces su vida estuvo ligada a aquellas áridas tierras, y no dejó de efectuar viajes de exploración al Líbano, Siria, Palestina, convirtiendose en el occidental que mejor conocía aquellas tierras. En 1914, al entrar el Reino Unido en guerra con el Imperio Otomano, sus conocimientos iban a ser esenciales para el servicio de inteligencia inglés.
En Oriente, la Primera Guerra Mundial había alcanzado un punto muerto tras el desastre aliado en Gallípoli. Aunque los turcos se crecieron y trataron de invadir Egipto en 1916, fueron detenidos en la batalla de Romani. Luego, el general Allenby contraatacó, haciéndoles retroceder hacia Palestina. Casi de forma simultánea, algunas tribus árabes leales al jerife de la Meca Hussein Ibn Alí se sublevaron contra el dominio turco de Arabia.
Por entonces se conocía como Arabia al vasto territorio donde predominaban las tribus árabes; una multitud de pueblos inconexos y casi siempre enfrentados por ancestrales rencillas cuyo único nexo común era la raza, el idioma y la religión. Arabia abarcaba la península arábiga y las actuales Palestina, Jordania, Iraq y parte de Siria. Se trataba de un territorio al que los turcos otomanos no podían renunciar, ya que en gran medida, la legitimidad del sultán turco procedía de su control de los santos lugares de Jerusalén, Medina y la Meca.
Puesto que al mando inglés le interesaba sobremanera que la rebelión árabe distrajera tantas tropas enemigas como fuera posible, enviaron a su mejor oficial en asuntos árabes como asesor militar. En el desértico territorio árabe, la velocidad de desplazamiento de los beduínos, su conocimiento excepcional del terreno y las novedosas tácticas de guerrillas con las que Lawrence instruyó a los árabes les permitieron poner en jaque al poderoso ejército turco con acciones de ataque y sabotaje aisladas y muy efectivas hasta que a mediados de 1917, en un alarde de audacia, tomaron la ciudad costera de Aqaba, expulsando a los turcos del Mar Rojo. Con la conquista de Aqaba, Lawrence liberaba la ruta marítima del Canal de Suez del peligro turco. Gracias a esta campaña, Lawrence cobró fama entre los árabes como gran líder guerrero, y también entre sus propios compatriotas, que no esperaban ni por asomo un éxito semejante.
Pero a finales de aquel mismo año, Lawrence sería hecho prisionero mientras hacía un reconocimiento de la ciudad de Deera, bajo dominio turco. El comandante de la guarnición, desconociendo la identidad de su prisionero, le había escogido para mantener con él relaciones homosexuales. Al oponerse Lawrence, fue salvajemente torturado y violado por los soldados, que luego le dejaron marchar sin saber que durante unas horas habían tenido en sus manos al principal responsable de sus estrepitosas derrotas en Arabia. Aquella experiencia supuso para Lawrence un trauma del que no llegó a recuperarse nunca; sin embargo, lejos de amilanarse por ello, en 1918 emprendió su más ambiciosa campaña, avanzando con una columna árabe hasta la ciudad siria de Damasco.
Al finalizar la guerra, y a pesar de los deseos de Lawrence de obtener para los árabes la independencia por la que habían luchado, las potencias vencedoras de la guerra se repartieron los restos del Imperio otomano, incluyendo todos los territorios de Oriente Medio. Aunque decepcionado por el comportamiendo de su gobierno, en los años siguientes Lawrence siguió ligado al ejército británico del que había sido licenciado tras la guerra con el rango de coronel. Su leyenda, sin embargo, le precedía. Incluso llegó a alistarse como soldado raso bajo un nombre falso para evitar que la prensa se hiciera eco de sus pasos, pero con poco éxito.
Además de una leyenda militar y un héroe nacional para ingleses y árabes, Lawrence escribió varias obras literarias entre las que destaca el libro autobiográfico Los Siete Pilares de la Sabiduría, donde relata de primera mano sus pasadas aventuras durante la guerra, junto con sus impresiones personales sobre aquellos acontecimientos.
Desgraciadamente, la muerte del gran Lawrence de Arabia no fue para nada digna de las proezas que realizó durante su azarosa vida. En 1935 falleció con sólo 47 años a consecuencia de un accidente de moto, siendo enterrado con todos los honores en el cementerio del pequeño pueblo de Moreton, en el sur de Inglaterra.
Y aunque la película Lawrence de Arabia pueda no ser del todo esctrictamente fiel a los acontecimientos (que lo es bastante), a mí siempre resulta muy evocador pasear por la Plaza de España de Sevilla, en el mismo escenario que sirvió para representar a los cuarteles ingleses en El Cairo. Como curiosidad, esta película fue la precursora del desierto de Almería como escenario para numerosas producciones cinematográficas extranjeras.
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