Porque, aparte de bromas y mentirijillas, creo que la tradición original dedicaba este día, sobre todo, a los niños, a la bendita inocencia que tanto nos empeñamos los mayores en destruir.
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Esta gran explanada, en pleno centro del moderno París monumental, hoy lugar de paso obligado para millones de turistas, se instaló la guillotina durante los años del Terror de la Revolución Francesa para acabar con la vida de miles de franceses. La plaza que fuera en tiempos llamada “de Luis XV”, pasó a convertirse en “Plaza de la Revolución”, y durante aquellos convulsos años fue el escenario de actos públicos multitudinarios, especialmente del ajusticiamiento de Luis XVI y de su esposa María Antonieta. Superados aquellos años del Terror, el gobierno de la I República Francesa la rebautizó como “Plaza de la Concordia“, en un intento de limpiar de la memoria colectiva las atrocidades cometidas en aquel lugar.
Pasado un tiempo, la Revolución pasó a la Historia, como también pasó el reinado de Napoleón Bonaparte. Con el regreso de los borbones, un acontecimiento inesperado iba a dar a la Plaza de la Concordia una nueva relevancia histórica inesperada: El joven Jean François Champollion descifró el lenguaje jeroglífico egipcio gracias a una copia en papel de las inscripciones de la Piedra de Rosetta. Posteriormente, Champollion viajaría a Egipto para descubrir con asombro que la Historia de aquel milenario país se encontraba tallada en las piedras de sus imponentes monumentos. Durante su viaje, el virrey otomano de Egipto, Mehmet Ali, regaló a Francia los dos obeliscos que flanqueaban la entrada al Templo de Luxor.
Aunque Chapollion murió en marzo de 1832, uno de los obeliscos de Luxor emprendió un largo viaje en barco desde su emplazamiento original en Egipto que le llevaría hasta París. Fue el último de los reyes de Francia, Luis Felipe de Orleans, quien decidió su destino final. Fue erigido tal día como hoy, el 25 de octubre de 1836, sobre un pedestal en pleno centro de la Plaza de la Concordia. Allí sigue en la actualidad. En la imagen pueden verse al fondo el Arco de Triunfo y la Torre Eiffel.
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Casi desde los días del desembarco en Normandía, los Estados Unidos se dieron cuenta de que el futuro de la aviación militar -por lo menos en lo que a cazas de superioridad aérea se refería- pasaba por los motores a reacción. La Alemania nazi había conseguido formar escuadrones de cazas Me-262 impulsados por turborreactores. Aunque estos se demostraron muy superiores a los cazas convencionales de hélice, no pudieron dar un giro significativo a una guerra que estaba perdida desde la debacle alemana en Rusia. Para los pilotos aliados, sin embargo, supuso todo un problema enfrentarse a aparatos que eran capaces de superar la velocidad del más rápido de sus cazas en casi 200 km/h. Al terminar la guerra, los Me-262 habían obtenido un ratio de derribos de casi 1:5 a su favor.
Pero este salto tecnológico en la aviación militar fue rápidamente asumido por las potencias vencedoras, las cuales, vencido el enemigo nazi, pasaron casi al instante de ser aliados a convertirse en enemigos irreconciliables. La guerra fría entre el capitalismo norteamericano y el comunismo ruso estaba empezando. En 1945, ambas potencias sabían que necesitaban un avión capaz de obtener la superioridad aérea sobre cualquier aeronave existente en aquel momento, y aprendiendo de los progresos alemanes, se dedicaron a construir un avión de caza a reacción que les ofreciese la deseada supremacía en el aire. La Unión Soviética diseñó y construyó el Mig-15, mientras los Estados Unidos hicieron lo propio con el North American F-86 Sabre.
Tal día como hoy, 1 de octubre, en 1947, emprendía el vuelo el primer prototipo del F-86 Sabre. Su homólogo ruso lo haría en diciembre de ese mismo año. Ambos aparatos demostraron ser rápidos, ágiles y muy maniobrables en combate, y durante la siguiente década se enfrentarían en multitud de ocasiones. Además de sus demostradas capacidades como caza, el Sabre era capaz de efectuar misiones de bombardeo en picado, lo que le convertía en una de las aeronaves más capaces de su época.
La Guerra de Corea estallaba sólo tres años más tarde, en 1950. Las fuerzas norcoreanas, apoyadas por tropas chinas y pilotos rusos, trataban de conquistar el territorio de Corea del Sur y asimilarlo a la esfera de influencia comunista en Asia. Fue durante esta guerra en la que los Sabre y sus pilotos norteamericanos tuvieron que poner en práctica todas sus habilidades en combate contra los bien entrenados pilotos rusos, chinos y coreanos y sus aviones Mig-15. Aunque la guerra terminó en 1953 con una frágil tregua -que aún se mantiene hoy igual de frágil que entonces- el Sabre demostró ser un aparato más completo que su competidor ruso, obteniendo un ratio de 1:3 en aviones derribados respecto al Mig-15. Durante la década de los 50 y 60 el Sabre participó en varios conflictos armados alrededor del mundo, como por ejemplo en la guerra entre India y Pakistán o en las escaramuzas entre la China comunista y la China nacionalista de Taiwan. Este avión fue adoptado por multitud de países, entre ellos España, donde permaneció en el servicio activo entre 1955 y 1973.
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Lo inconcebible, lo nunca visto, estaba sucediendo ante las miradas atónitas de millones de japoneses.
Durante cuatro largos años el pueblo y el ejército del Japón habían soportado una cruel guerra en las aguas del Pacífico contra los Estados Unidos, al tiempo que luchaban en las junglas del sudeste asiático contra los ingleses y sus aliados, y desde muchos años antes sostenían una guerra de ocupación en Corea y otra en China contra los nacionalistas de Chian Kai-shek y los comunistas de Mao Tse-tung. Pocos meses después de comenzar la guerra contra los Estados Unidos, el viento comenzó a soplar en contra del Japón, y aunque defendieron con encarnizamiento cada una de sus posiciones, la sagrada tierra del sol naciente muy pronto comenzaría a
padecer la escasez de materias primas, el desabastecimiento de sus mercados, y lo que era mucho peor, la impresionante lluvia de fuego que los miles de bombarderos norteamericanos dejarían caer sobre las ciudades niponas.
Tras la pérdida de Iwo Jima, las aeronaves estadounidenses alcanzaban casi impunemente las costas japonesas, sucediéndose una tras otra las carnicerías contra la población civil. Tokio, Osaka, Kobe, Nagoya… todas ellas fueron arrasadas por las bombas incendiarias del enemigo, pero lo peor estaba por llegar…
El 6 de agosto de 1945 una bomba atómica hacía explosión sobre la vertical de la ciudad de Hiroshima, destruyendo la ciudad en un instante y provocando decenas de miles de muertos. Ahora los Estados Unidos estaban en posesión del arma definitiva; un arma que no iba a cambiar el destino de una guerra que Japón ya tenía perdida, pero que significaba que el Emperador y sus ministros tendrían que sopesar la posibilidad real del exterminio de su país por parte de sus enemigos. Tres días más tarde, mientras el gobierno japonés aún se pensaba su respuesta ante la exigencia de una rendición incondicional, un segundo artefacto nuclear destruía la ciudad portuaria de Nagasaki. En los laboratorios de Los Álamos se trabajaba febrilmente para construir nuevas bombas, y esperaban tener al menos cuatro bombas más listas para septiembre. No hicieron falta. El gobierno japonés, con su sagrado emperador a la cabeza, rendía el país el 14 de agosto de 1945 a las fuerzas aliadas. La Segunda Guerra Mundial había terminado.
Al día siguiente, un pueblo desesperado escuchaba por primera vez la voz de su emperador que les hablaba, y su mensaje no podía ser más trágico. Muchas personas se quitaron la vida, incapaces de soportar la indignidad sufrida por su patria y por el que durante generaciones había sido considerado un dios viviente. El emperador Hiro Hito, sin embargo, no se quitó la vida, sino que consiguió de los vencedores -por puro
interés en mantener apaciguado al pueblo japonés- su permanencia en el trono como una figura inviolable. Mientras sus generales fueron juzgados y condenados por crímenes de guerra, el emperador dedicó a partir de entonces sus días al estudio de los animales marinos y a las relaciones públicas. El mundo había perdido un dios y había ganado un biólogo.
El 2 de septiembre de 1945, sobre la cubierta del crucero USS Missouri atracado en la bahía de Tokio, las autoridades japonesas firmaban oficialmente la rendición del país ante las miradas de toda la tripulación del buque agolpada en cubierta.
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Yo, el Emperador, después de reflexionar profundamente sobre la situación mundial y el estado actual del Imperio Japonés, he decidido adoptar como solución a la presente situación el recurso a una medida extraordinaria. Con la intención de comunicároslo me dirijo a vosotros, mis buenos y leales súbditos.
He ordenado al Gobierno del Imperio que comunique a los países de EEUU., Gran Bretaña, China y Rusia la aceptación de su Declaración Conjunta.
Ahora bien, conseguir la paz y el bienestar de los súbditos japoneses y disfrutar de la mutua prosperidad y felicidad con todas las naciones ha sido la solemne obligación que me legaron, como modelo a seguir, los antepasados imperiales y de la cual no he pretendido apartarme, llevándola siempre presente en mi corazón.
Por consiguiente, aunque en un principio se declarase la guerra a los dos países de EE.UU. y Gran Bretaña, la verdadera razón fue el sincero deseo de asegurar la autoconservación del Imperio y la seguridad de Asia Oriental, no siendo en ningún caso mi intención, el interferir en la soberanía de otras naciones ni la invasión expansiva de otros territorios.
Sin embargo, la guerra tiene ya cuatro años de duración. Y a pesar de que los generales y soldados del ejército de tierra y marina han luchado en cada lugar valientemente, los funcionarios han trabajado en sus puestos realizando todos los esfuerzos posibles y todos los habitantes han servido con devota dedicación, poniendo cuanto estaba en sus manos; la trayectoria de la guerra no ha evolucionado necesariamente en beneficio de Japón y la situación internacional tampoco nos ha sido ventajosa. Además, el enemigo ha lanzado una nueva y cruel bomba, que ha matado a muchos ciudadanos inocentes y cuya capacidad de perjuicio es realmente incalculable.
Por eso, si continuamos esta situación la guerra al final no sólo supondrá la aniquilación de la nación japonesa sino también, la destrucción total de la propia civilización humana. Y si esto fuese así, cómo podría proteger a mis súbditos, mis hijos, y cómo podría solicitar el perdón ante los sagrados espíritus de mis antepasados imperiales. Esta es la razón por la que he hecho al gobierno del Imperio aceptar la Declaración Conjunta de las Potencias.
Me siento obligado a expresar mi más profundo sentimiento de pesar con las naciones aliadas que han colaborado permanentemente junto con el Imperio Japonés para la emancipación de Asia Oriental. Asimismo, pensar en aquellos de mis súbditos que han muerto en el campo de batalla, así como en aquellos que dieron su vida ocupando sus puestos de trabajo, cumpliendo con su deber, o aquellos que fueron víctimas de una muerte desafortunada y en sus familias destrozadas es un sufrimiento presente en mi corazón noche y día. Del mismo modo, el bienestar de los heridos y de las víctimas de la guerra, de aquellos que han perdido sus hogares y sus medios de vida constituye el objeto de mi más honda preocupación.
Soy consciente de que los sacrificios y sufrimientos que tendrá que soportar el Imperio a partir de ahora son, sin duda, de una magnitud indescriptible. Y comprendo bien el sentimiento de mortificación de todos vosotros, mis súbditos. Sin embargo, en consonancia con los dictados del tiempo y el destino quiero, aún soportando lo insoportable y padeciendo lo insufrible, abrir un camino hacia la paz duradera para todas las generaciones futuras.
Confirmo vuestra lealtad al defender la estructura del Imperio y me siento unido a vosotros, mis buenos y leales súbditos. Por eso, os exijo que evitéis cualquier explosión de emociones que pueda desencadenar complicaciones innecesarias, o enfrentamientos que pudieran desuniros, causando desorden y conduciéndoos por un camino equivocado que haría al mundo perder la confianza en vosotros.
Continuad adelante como una sola familia, de generación en generación, confiando firmemente en la inmortalidad del Japón divino, conscientes del peso de las responsabilidades y del largo camino que os queda por delante. Dedicad todos vuestros esfuerzos para la construcción del futuro. Manteneos fieles a una firme moral, seguros de vuestro propósito, y trabajad duro aprovechando al máximo vuestras virtudes sin retrasaros de la línea de progreso del mundo.
Poned en práctica, según lo he dicho, mi voluntad.
14 de Agosto del año 20 de la era Showa (1945)
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Ya, ya sé que es 16 de julio, y que todos deberíamos estar recordando la histórica llegada del hombre a la Luna hace 40 años. Hoy se celebran los cuarenta años del lanzamiento del Apollo 11 en lo que fue la primera misión a la superficie lunar. Bueno, yo voy a recordar hoy otro histórico hecho acontecido hace hoy 64 años, el 16 de julio de 1945. Aquel día culminaron años de trabajos, de cálculos y experimentos llevados a cabo por cientos de científicos, la flor y nata de la ciencia mundial, en el más absoluto de los secretos.
A las 5:29 de la mañana, en el desierto de Nuevo México, en un lugar conocido como Álamo Gordo, el ser humano iba a mancillar para siempre este mundo con el fruto podrido de su inteligencia. Elevado sobre una torre de acero a veinte metros del suelo, un ingenio diabólico estaba a punto de desatar toda su fuerza destructiva. Era un artefacto esférico compuesto de placas de explosivos creados con una geometría tal que tenderían a estallar todos a la vez hacia el interior de la esfera. Dentro, dos semiesferas de plutonio 239, un elemento que no existe en la naturaleza, producido ex profeso para provocar la muerte, se comprimirían de una forma brutal, conformando una masa crítica que generaría de forma espontánea una reacción nuclear en cadena.
En cuestión de pocos milisegundos, todo había terminado. La desintegración atómica del plutonio había generado de forma casi instantánea una tremenda cantidad de energía que en breves instantes vaporizaría todo el artefacto y la torre que lo elevaba, chocaría contra el suelo y se expandiría rápidamente hacia arriba incendiando el mismo aire. El resultado inmediato fue un resplandor más fuerte que el propio Sol, seguido de una bola de fuego que subía a toda velocidad dejando tras de sí una columna de humo negro en lo que los testigos describirían como un “hongo”.
La Prueba Trinity había sido un éxito, y los científicos aplaudían reían o lloraban, sabedores de que con aquella prueba podían dar por finalizada su misión. Sólo unos cuantos de estos científicos fueron conscientes de las implicaciones de aquello que acababan de presenciar. Las consecuencias de la fisión nuclear en cadena ya había sido prevista en las matemáticas, sobre el papel, pero ninguna ecuación podía compararse con el espectáculo apocalíptico que estaban presenciando en directo. A Robert Oppenheimer le dio la vena mística, y citó el Mahábharata indú:
Me he convertido en la muerte, la destructora de mundos.
Seguro que Oppenheimer llevaba la cita preparada de casa para la ocasión, pero el director de la prueba, Kenneth Bainbridge, no había preparado la frase que le salió del alma, y que resumía los esfuerzos económicos, políticos, científicos y tecnológicos de cuatro años de trabajos forzados para crear aquel arma:
Ahora somos todos unos hijos de puta.
Bainbridge tenía razón. El día 16 de julio de 1945 nos convertimos todos en unos hijos de puta; no sólo los científicos que habían ideado la bomba, o los políticos que decidirían cuándo y cómo usarla, sino toda la especie humana en su conjunto que desde la madrugada de ese día somos el cáncer que matará este planeta.
Etiquetas: efemérides, historia
Tal día como hoy hace ya seis años el mundo perdió para siempre el son cubano. Echo de menos ver la sonrisa siempre joven de Compay Segundo, su puro habano en la mano, siempre impecablemente vestido con su traje y su sombrero, su hablar pausado y siempre sabio. Cuando veía a Compay siempre pensaba: “Ahí va un auténtico caballero cubano”. El 14 de julio de 2003 nos dejó para siempre, para desolación de sus millones de admiradores, que hubiésemos querido que superara en longevidad a su venerable abuela.
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De Alto Cedro voy para Marcané
llego a Cueto, voy para Mayarí.
El cariño que te tengo
no te lo puedo negar
se me sale la babita
yo no lo puedo evitar.
Cuando Juanica y Chan Chan
en el mar cernían arena
como sacudía el jibe
a Chan Chan le daba pena.
Limpia el camino de paja
que yo me quiero sentar
en aquél tronco que veo
y así no puedo llegar.
De Alto Cedro voy para Marcané
llegó a Cueto voy para Mayarí.
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El 30 de junio de 1520, acorralados por los guerreros mexica dentro de uno de los palacios de la ciudad de Tenochtitlan, Hernán Cortés decidió poner piés en polvorosa y abandonar la capital del Imperio Azteca.
Antes de eso, los españoles a las órdenes de Cortés habían perpetrado todo tipo de barbaridades contra los indios, apresando al emperador Moctezuma y asesinando a buena parte de la nobleza azteca a traición. El objetivo desde el primer momento no era otro que descabezar al Imperio con el fin de hacerse con sus riquezas. Los indígenas no estaban dispuestos a consentir el atropello. Cuando su emperador trató de apaciguarlos, sus propios guerreros le consideraron vendido a los españoles y le lanzaron flechas, piedras y todo tipo de objetos, hiriéndolo de muerte. Luego proclamaron un caudillo militar para enfrentarse a los españoles, que permanecían parapetados en los palacios reales.
Las tropas de Cortés y de sus aliados tlaxcaltecas salieron de Tenochtitlan a media noche, cobijados por la oscuridad. Iban cargados con todos los tesoros que habían podido robar; en algunos casos, demasiado cargados como para combatir. A pesar del intento por pasar desapercibidos, los guerreros aztecas les capturaron en uno de los puentes que unía la ciudad-isla con tierra firme, provocando una matanza terrible entre los invasores. Muchos tuvieron que arrojar los tesoros que portaban para poder enfrentarse a los numerosísimos enemigos que les acometían. La matanza entre los indios aliados de Cortés y los mexicas fue considerable, y los españoles perdieron a la mitad de sus efectivos.
Desde que supimos el concierto que Cortés había hecho de la manera que habíamos de salir e ir aquella noche a los puentes, y como hacía algo oscuro y había niebla y lloviznaba, antes de medianoche se comenzó a traer el puente y caminar el fardaje y los caballos y la yegua y los tlascaltecas cargados con el oro; y de presto se puso el puente, y pasó Cortés y los demás que consigo traía primero, y muchos de a caballo. Estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y silbidos de los mejicanos, y decían en su lengua a los de Tatelulco: ¡Salid presto con vuestras canoas, que se van los teúles, y tajadles que no quede ninguno con vida!. Cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podíamos valer. Muchos de nuestros soldados ya habían pasado, y estando de esta manera cargan tanta multitud de mejicanos a quitar el puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a manos. Como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobre otro; como llovía, resbalaron dos caballos y caen en la laguna. Cuando aquello vimos yo y otros de los de Cortés nos pusimos en salvo de esa parte del puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se pudo más aprovechar de ella. De manera que aquel paso y abertura de agua de presto se llenó a caballos muertos y de indios e indias y naborías y fardaje y petacas.
Temiendo no nos acabasen de matar, tiramos por nuestra calzada adelante y hallamos muchos escuadrones que estaban aguardándonos con lanzas grandes, y nos decían palabras de vituperios, y entre ellas decían: ¡Oh, cuilones, y aún vivos quedáis!. A estocadas y cuchillas que les dábamos pasamos, aunque hirieron allí a seis de los que íbamos. Pues quizá había algún concierto de cómo lo habíamos concertado, maldito aquél; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero a caballo, por salvarse y llegar a tierra firme y asegurar sus vidas, aguijaron por la calzada adelante, y no la erraron; también salieron en salvo los caballos con el oro y los tlascaltecas.
Bernal Díaz del Castillo
Historia verdadera de la conquista de Nueva España.
Salvado in extremis del desastre, y aún con parte del tesoro robado a los aztecas, Hernán Cortés pasó un año reuniendo nuevos aliados a los que enfrentar contra los aztecas, y el 30 de junio de 1521, justo al año siguiente de los terribles acontecimientos de la Noche Triste, regresó a Tenochtitlan poniendo sitio a la ciudad. El 13 de agosto del mismo año la ciudad se rendía y los españoles y sus aliados se vengaban del ataque del año anterior asesinando a más de 40.000 de sus habitantes. El Imperio Azteca había caído y España ganaba de esta cruenta manera uno de sus más fértiles territorios americanos: el Virreinato de la Nueva España.
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Parece que últimamente la cosa va de barcos hundidos. En esta ocasión nos transportaremos a 1915, en plena Primera Guerra Mundial, y a un luctuoso hecho que cambiaría el curso de la contienda: el hundimiento del transatlántico RMS Lusitania por el submarino alemán U-20, acontecido el 7 de mayo de 1915.
En 1915 la Primera Guerra Mundial había entrado en un estancamiento que se prolongaría hasta 1917. Los frentes en Europa se habían estabilizado, y los soldados alemanes, franceses e ingleses luchaban penosamente en las trincheras dentro del territorio francés y belga. En aquellos momentos, tanto para Inglaterra como para Francia, el suministro de material bélico desde los Estados Unidos era esencial para mantener sus posiciones. Este constante fluir de mercancías y las deudas contraídas por los aliados con los Estados Unidos influiría de manera más que decisiva en el despegue económico del país americano tras la contienda.
Los Estados Unidos se declararon oficialmente neutrales en el conflicto, aunque la gran mayoría de su población mostraba abiertamente sus simpatías hacia el bando aliado franco-británico. En ese contexto, el transporte marítimo entre América y Europa se convirtió en una indispensable línea de abastecimiento para los aliados, y los grandes translatlánticos eran una pieza clave en el aprovisionamiento de Europa mientras Alemania permanecía aislada por el férreo bloqueo naval al que le sometía el Reino Unido.
Pero desde el primer momento los submarinos alemanes se habían mostrado muy eficaces a la hora de burlar los bloqueos e infligir importantes daños al enemigo. Pequeños, silenciosos y mortíferos, estos buques de guerra se estaban convirtiendo en una pieza clave de la estrategia militar alemana. Una de las funciones principales de la flota alemana de submarinos era impedir el abastecimiento del enemigo por mar, hundiendo a cuantos cargueros pudieran transportar mercancías por el Atlántico hacia Francia o Inglaterra. El problema, por supuesto, era que numerosas naciones comerciaban con estos dos países, lo que suponía un importante tráfico de barcos mercantes por aguas que ahora eran un verdadero campo de batalla. Precisamente sería el ataque a estos barcos mercantes lo que internacionalizaría el conflicto, convirtiéndolo realmente en una guerra mundial.
Al Reino Unido le interesaba sobremanera la nueva y profundamente errónea estrategia alemana. A pesar de las pérdidas materiales y humanas, era mucho más lo que los ingleses obtenían en términos de adhesiones internacionales y de pérdida del prestigio alemán por estas acciones. Por ello, y a pesar del evidente peligro, los transatlánticos ingleses continuaban cruzando el océano cargados de pasajeros, algunos de los cuales representaban a la flor y nata de la sociedad de la época. Entre los barcos que recorrían las peligrosas aguas del Atlántico Norte en 1915 se encontraba el RMS Lusitania.
El RMS Lusitania era el mejor barco de la emblemática compañía naviera británica Cunard Line. Con un diseño basado en la máxima seguridad disponible en la época, estaba decorado interiormente con el mayor lujo posible. Además estaba equipado con potentes calderas que le permitían alcanzar más de 26 nudos de media, ostentando junto con su gemelo RMS Mauritania todos los records de velocidad en el trayecto América-Europa y viceversa. Este record de velocidad fue el que trataba de batir en 1912 el Titanic, propiedad de la naviera de la competencia White Star Line, cuando encontró su fatal destino en medio del Océano Atlántico.
Pero en aquél 1915 la preocupación no era la velocidad. El Lusitania había sido requisado por el almirantazgo inglés y a todos los efectos era una nave militar (aunque no armada). En sus enormes bodegas se habían cargado toneladas de mercancías, muchas de las cuales no constaban en los manifiestos de carga. Indudablemente, el Lusitania transportaba mucho más de lo que los gobiernos estadounidense y británico querían reconocer.
Ante lo evidente del asunto, la embajada alemana en Estados Unidos había estado publicando anuncios en prensa advirtiendo a los posibles pasajeros de que podían ser atacados como un objetivo militar por la armada de guerra alemana, pero estos avisos tuvieron poco eco entre el pasaje. El Lusitania salió del puerto de Nueva York el primer día de Mayo de 1915 con 1.959 personas a bordo entre pasaje y tripulación. Entre el pasaje había 136 norteamericanos, desde bebés hasta algunos personajes célebres del momento.
Siete días más tarde, el submarino alemán U-20 que tenía su zona de operaciones en aguas al sur de Irlanda se encontró con el gran transatlántico y le disparó el último de sus torpedos. El Lusitania se hundió en poco menos de media hora entre un terrible caos humano desatado en el pasaje. La rápida escora de la nave a causa de la inundación impidió que fueran botados los botes salvavidas del costado de estribor, lo que supuso la muerte de un gran número de pasajeros.
En total, 1.198 personas perdieron la vida, provocando una conmoción internacional y la condena unánime de las naciones aliadas contra la barbarie perpetrada por la marina alemana. Alemania justificó la acción aduciendo que el buque transportaba contrabando de guerra (lo que era cierto), pero eso no impidió que el clamor popular en los Estados Unidos por la pérdida de 124 ciudadanos norteamericanos del pasaje desembocara en la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Oficialmente, los Estados Unidos no entraron en la guerra hasta 1917, pero ello se debió sólo a la necesidad de preparar un ejército suficientemente numeroso y bien entrenado como para enfrentarse a las fuerzas veteranas de las potencias centroeuropeas. A la postre, la participación norteamericana en el conflicto inclinó la balanza definitivamente del lado aliado. Alemania sería derrotada el siguiente año, dando fin a la Primera Guerra Mundial y abriendo para el mundo un nuevo periodo de la historia.
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El día 2 de mayo de 1982 la Guerra de las Malvinas cumplía exactamente un mes. En ese tiempo, las fuerzas argentinas habían ocupado las Islas Malvinas, mientras el Reino Unido consideró la invasión como casus belli y envió hacia el Atlántico Sur a un nutrido grupo de combate para desalojarles.
Hasta aquel momento, la guerra se había desarrollado principalmente en el frente diplomático. La junta militar que gobernaba Argentina mantenía la absurda pretensión de que el Reino Unido reconociera la soberanía argentina de las islas. El Reino Unido, por su parte,se esforzaba en obtener el apoyo diplomático de las Naciones Unidas y de sus aliados de la OTAN para exigir la restitución del statu quo sobre el territorio invadido. Al mismo tiempo, sus fuerzas destacadas en las proximidades del archipiélago tomaban al asalto las islas Georgias del Sur; un conjunto de islotes deshabitados y mal defendidos por los argentinos que permitirían a los británicos hacerse con un asidero terrestre cercano al teatro de operaciones desde el que emprender las acciones bélicas.
Los primeros bombardeos sobre las instalaciones argentinas en las Islas Malvinas se produjeron el día 1 de mayo de 1982 procedentes de aviones Sea Harrier del portaaviones británico HMS Invincible y de un escuadrón de bombarderos estratégicos Avro Vulcan que tomaron como base la isla Ascensión, en mitad del Océano Atlántico. Las incursiones de los cazabombarderos Harrier provocaron un auténtico desmadre en las filas argentinas, cuya aviación se demostró incapaz de lidiar con los pilotos británi
cos, que les causaron severas pérdidas en distintos combates aéreos. Aunque los daños causados en el aeropuerto de Port Stanley no fueron de demasiada importancia, el efecto moral sobre las tropas argentinas allí destacadas sí lo fue.
Sin embargo, el Reino Unido necesitaba dejar claro que su presencia allí era algo más que ocasional. El control de las aguas que circundaban las islas debía ser británico, y el enemigo debía tenerlo meridianamente claro. Para ello necesitaban asestar un golpe definitivo a la moral argentina; algo que les convenciera de la abrumadora superioridad de la fuerza inglesa y que, al mismo tiempo, hiciera replegarse a la flota argentina hacia sus puertos del continente dejando el camino libre a las operaciones de la Task Force enviada por el Reino Unido para recuperar las Malvinas.
La ocasión se iba a presentar tan sólo un día después de los primeros bombardeos: el submarino nuclear HMS Conqueror había detectado al crucero ARA General Belgrano fuera de la zona de exclusión marítima decretada por el gobierno británico alrededor de las Islas Malvinas. El General Belgrano era un viejo veterano de la flota estadounidense de la Segunda Guerra Mundial; un superviviente del ataque japonés a Pearl Harbor que había participado en distintas operaciones durante la Guerra del Pacífico
contra Japón antes de ser decomisionado y puesto a la venta. Con demasiados años a sus espaldas, un equipamiento y mantenimiento deficiente y gran parte de su tripulación de reemplazo, el crucero argentino navegaba al sur de las Malvinas cuando el comandante del submarino británico recibió la orden de atacar.
En la larga historia de los submarinos nucleares, este ataque fue todo un hito, ya que es la primera y la única ocasión documentada en que un submarino de propulsión nuclear ha atacado a otro buque en una acción bélica. En realidad fue una acción muy poco honrosa, ya que el buque argentino se encontraba limitado a una velocidad máxima de 18 nudos, carecía de sistemas de detección antisubmarina y era en definitiva un blanco fácil e indefenso. Dos torpedos bastaron para que el viejo General Belgrano se hundiera en menos de veinte minutos llevándose con él a 323 tripulantes, lo que supuso casi la mitad de las bajas argentinas en el conflicto. Desde entonces, el 2 de mayo está considerado en Argentina como día de luto y conmemoración por los fallecidos en el ARA General Belgrano.
Como represalia por la catástrofe del General Belgrano, la Fuerza Aérea Argentina atacó dos días más tarde con misiles exocet al destructor HMS Sheffield, que se hundió dejando veinte muertos. Aunque era un triste consuelo, el contrataque contra el Sheffield recompuso un poco la moral argentina, dejando claro al Reino Unido que al juego aquél de hundir barcos podían jugar los dos. La Fuerza Aérea Argentina obtuvo algunos destacados éxitos hundiendo varios buques británicos durante los posteriores combates haciendo gala de un valor inusual, especialmente si se tiene en cuenta que manejaban aparatos obsoletos contra una de las armadas mejor equipadas y formadas del mundo.
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