De nuevo El ojo del tuerto inicia una semana temática. En esta ocasión quiero presentar a los lectores un resumen del panorama actual del pensamiento ateo, sus principales voces y los movimientos asociativos ateos y librepensadores, con especial atención a los españoles.
En los últimos años hemos vivido un auge imparable de los fanatismos religiosos, motivado principalmente por el miedo y el odio que profesan distintos grupos; grupos que enarbolan la religión como bandera de su motivación. La violencia se enseñorea del mundo en el nombre de Dios, y los ciudadanos somos sus víctimas propiciatorias, atrapados entre la obcecación de unos y los dogmas de otros, en un fuego cruzado donde los que se encuentran en tierra de nadie son los primeros en caer, víctimas de una barbarie justificada y, para algunos, moralmente intachable. Se trata de un fanatismo que se alimenta, por una parte, de la miseria extrema y la falta de perspectivas de futuro de países enteros, y por otra parte, del miedo que estas nuevas hordas de hambrientos causa en el mundo desarrollado occidental.
Por otro lado, asistimos a una ofensiva en toda regla por parte de los sectores religiosos con el fin de no perder un ápice de su influencia dentro de la sociedad española. Baste recordar las recientes polémicas sobre la ley del aborto, sobre el matrimonio homosexual, sobre la presencia de crucifijos en las aulas, etc. La iglesia parece olvidar que vivimos en un estado democrático de derecho, y no en la España del siglo XVI, donde su palabra era, además de dogma, ley. A los religiosos les cuesta aceptar que los tiempos han cambiado, y que la sociedad ya no se mueve al dictado de los púlpitos, sino por la voluntad de ciudadanos libres e informados. El monopolio de la moral y la virtud ya no les pertenece.
¿Cómo pueden convertirse en herramientas de difusión de odio, de enfrentamiento y de violencia unas religiones en cuyos idearios se promueve teóricamente el bien, la caridad y la compasión por el prójimo? ¿Por qué puede cuestionarse cualquier razonamiento político o filosófico, pero siempre es ofensivo cuestionar las creencias religiosas? ¿Es acaso la religión la raiz de todo mal? El profesor Richard Dawkins, una de las más claras voces ateas en la actualidad, trata de dar respuesta a estas y a otras preguntas en este documental basado en su libro El espejismo de Dios.
Etiquetas: ateismo, catolicismo, Opinión, Religión, Videos
Ya decía yo que tanto cilicio y tanto latigazo nocturno no puede ser bueno. Ahora resulta que a las tiernas monjitas les ha dado por los powerpoint de temática gore, de esos que circulan por Internet. Yo, qué quieren que les diga, respeto la libertad de cada uno de excitarse con lo que mejor le parezca… con ciertos límites, claro.
Porque eso de exhibir sus preferencias sexuales delante de menores, especialmente cuando se trata de fetos descuartizados, sangre coagulada y políticos del PSOE, todo mezclado en un batiburrillo sin sentido, la verdad, no lo veo bien. Y conste que no les echo las culpas a las monjitas, ni a las profas adocenadas de instituto religioso/concertado. Al fin y al cabo no son sino personas ignorantes y dogmatizadas, acostumbradas a repetir como un magnetofón las consignas que reciben de sus superiores jerárquicos.
Los verdaderos culpables de toda esta porquería son los puñeteros obispos y su reciente campaña de politización de la religión a cuento del aborto, de los condones o de cualquier cosa que huela a sexo (¡Mmm! Oler a sexo, qué expresión más evocadora, ahora que lo pienso). La culpa la tienen también los políticos que les dan cancha jaleando su demagogia enfermiza, y los que, a la chita callando, les sostienen económicamente con nuestros impuestos. ¡Habrase visto gente más obsesionada y visceral! (lo de visceral, en vista de la coyuntura, es una expresión literal).
Además, si no entienden de gore, que no se metan a enseñar gore a los chavales. Porque para gore, gore, podían haber elegido Posesión Infernal, Holocausto Caníbal o muchas otras que son ya clásicos del cine. Yo recomiendo, estos títulos, y además los estudiantes suelen agradecerlo, porque el buen gore nos gusta a casi todos los que tenemos ya el estómago curtido de ver a tanto cura y a tanta monja por la tele, o tratando de convencernos de sus supercherías en clase.
…y luego dicen que el porno es perjudicial para los jóvenes. ¡Serán cínicos!
(Viñeta: Manel)
Y para que Google no se pierda, ¡Protege mi vida!
Actualización: Al final, puede que estas sangrientas aficiones de la directora del cole acaben saliéndole más caras de lo que en principio había creído.
Etiquetas: ¡Esto es un sindiós!, catolicismo, Opinión, Religión, Sociedad
Andrés ha vivido siempre perseguido por la muerte. Su corta vida ha sido un constante ir y venir por hospitales y consultas donde a duras penas podían paliar su grave enfermedad congénita. Andrés padecía una anemia severa incurable desde que nació; una enfermedad escondida entre sus genes de la que sólo podía salvarse con el transplante de una nueva médula ósea. Por desgracia para él, sólo le servía la médula de un donante compatible al cien por cien.
Y entonces, gracias a los nuevos trabajos de investigación sobre células madre en Andalucía (sí, esos trabajos de investigación a los que se opuso tan firmemente la Iglesia), los médicos determinaron que podrían curar a Andrés efectuando una complicada carambola: Primero seleccionarían un embrión libre de la enfermedad que aquejaba a Andrés para darle un nuevo hermano, algo que sus padres siempre habían deseado. Luego transplantarían células madre del cordón umbilical del bebé para sustituir a la dañada médula ósea de Andrés para curar su enfermedad.
Gracias a todo eso, hoy se encuentra en el mundo Javier, hermano de Andrés y libre de esa terrible y mortal enfermedad genética. Desde el punto de vista de un profano en todo lo que a medicina se refiere, sólo puedo ver la curación de Andrés como una genialidad realizada por gente virtuosa, por la élite de la medicina mundial que curiosamente trabaja a pocos kilómetros de mi casa (y no sabéis lo mucho que ese pensamiento me conforta).
Por desgracia, hay gente que parece venida a este mundo para meter la pata. Según la Iglesia, la selección de un embrión libre de la anemia congénita incurable que padecía Andrés es una aberración, una utilización indigna e inhumana de una persona con fines malignos e insanos. Dicho de otro modo: según la Santa Madre Iglesia (vaya madre) Andrés, a sus siete años, debería haberse enfrentado con resignación cristiana a la inevitable y prematura muerte que se le venía encima. Andŕes debería haberse enfrentado a una sucesión interminable de transfusiones de sangre y al deterioro progresivo de sus órganos en un sufrimiento sin esperanza que sólo puedo calificar de atroz. Por su parte, su hermano Javier, de haber nacido según los cánones morales de esta gente, debería haberse enfrentado a la posibilidad más que probable de padecer la misma enfermedad que su hermano. Sus padres, según la Iglesia, deberían haber aceptado con la misma resignación el sufrimiento y la muerte segura de sus hijos, porque para eso este mundo es un valle de lágrimas, y para eso hemos venido aquí a sufrir todo lo que Dios nos mande.
Afortunadamente, cada vez somos más los que nos oponemos a esa visión medieval de la Iglesia sobre la vida y la muerte. Cada día aumenta la legión de los que preferimos conservar la vida a esperar la muerte y los que preferimos procurar la salud a consolar el sufrimiento. Somos cada vez más los que sabemos distinguir entre una persona y un embrión (que no es sino un conjunto más o menos organizado de células, por mucho que la Iglesia quiera hacernos creer que son seres humanos con nombres y apellidos), y damos a cada uno la importancia que realmente tienen. Afortunadamente para nosotros, y muy a su pesar, la Iglesia ya no puede imponernos su particular moralidad, como ha venido haciendo durante los últimos dos mil años.
Por suerte para Andrés y para Javier, los cuervos ya no pueden decidir sobre su vida, mal que les pese. Entretanto, la Santa Madre Iglesia ha perdido a otro buen montón de clientes insatisfechos con su producto espiritual. Mal negocio en tiempos de crisis… A ellos, a los cuervos, les dedico desde aquí este tema de Joan Manuel Serrat: Los macarras de la moral.
Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.
Sin prisa pero sin pausa,
como el “calabobos”,
desde la más tierna infancia
preparan el cebo:
“Si no te comes la sopa
te llevará el coco…”
“Los tocamientos impuros
te dejarán ciego…”.
Y te acosan de por vida
azuzando el miedo,
pescando en el río turbio
del pecado y la virtud,
vendiendo gato por liebre
a costa de un credo
que fabrica platos rotos
que acabas pagando tú.
Son la salsa
de la farsa.
El meollo,
del mal rollo.
La mecha
de la sospecha.
La llama
de la jindama.
Son el alma
de la alarma,
del recelo
y del canguelo.
Los chulapos
del gazapo.
Los macarras
de la moral.
Anunciando apocalipsis
van de salvadores
y si les dejas te pierdes
infaliblemente.
Manipulan nuestros sueños
y nuestros temores,
sabedores de que el miedo
nunca es inocente.
Hay que seguirlas a ciegas
y serles devoto.
Creerles a pies juntillas
y darles la razón
que: “El que no se quede quieto
no sale en la foto…”
“Quien se sale del rebaño,
destierro y excomunión”.
Sin prisa pero sin pausa,
esos carcamales
organizan sus cruzadas
contra el hombre libre
más o menos responsable
de todos los males
porque piensan por su cuenta.
Sueñan y lo dicen.
Si no fueran tan temibles
nos darían risa.
Si no fueran tan dañinos
nos darían lástima.
Porque como los fantasmas,
sin pausa y sin prisa,
no son nada si les quitas
la sábana.
Etiquetas: catolicismo, Música, Opinión, Religión, Sociedad
En verano de 1978 murió Pablo VI, uno de los papas más importantes del siglo XX. Pablo VI se había encargado de llevar a término la reforma de la Iglesia Católica iniciada por su predecesor Juan XXIII (apodado el Papa bueno). Aunque Pablo VI nunca fue tan popular como Juan XXIII, cuya fotografía adornaba las salitas y dormitorios de millones de ancianitas de multitud de países, realizó una importantísima labor modernizadora en la Iglesia; una labor discreta y no siempre grata que le granjeó la enemistad de los sectores católicos más extremistas. El arzobispo francés Lefebvre y su grupo de adláteres se negaron a aceptar estos cambios y fueron por ello apartados de la Iglesia (hasta este mismo año 2009 en que el actual pontífice Benedicto XVI les ha vuelto a readmitir sin que los “curas rebeldes” hayan llegado a retractarse nunca de su rebeldía).
Pero si complicado fue el papado de Pablo VI, su sucesor lo iba a tener aún más complicado. El elegido por el Cónclave de cardenales como cabeza de la Iglesia Católica fue Albino Luciani, un joven de 66 años que había participado activamente en la redacción del Concilio Vaticano II. Se dice de él que se sabía de memoria toda la documentación sobre el concilio de la reforma, y que era un ferviente partidario de su aplicación. Para la Curia romana, esta elección de los cardenales significó un varapalo impresionante, por varios motivos.
En primer lugar, Luciani, que adoptó el nombre de Juan Pablo I, era un idealista. Desde el principio rechazó el boato del Vaticano y sus ceremonias, basando su pontificado en el principio de la humildad. Inmediatamente, empezó a esbozar reformas que afectaban directamente al lujo y la ostentación con que se manejaban los asuntos de la Iglesia. Para el público, acostumbrado a una Iglesia mucho más introvertida y de aspecto grave y severo, el nuevo Papa comenzó a ser conocido como “el Papa de la sonrisa”. Luciani reflejaba en los medios de la época una frescura y una cercanía nunca antes vista.
Pero dentro de los pasillos del Vaticano, Luciani se enfrentaba con verdaderos tiburones religiosos y financieros. A lo largo de los años, la Iglesia había entrado en el mundo de las finanzas gracias a las ventajosas condiciones obtenidas en su concordato con la Italia de Mussolini. El Vaticano se había convertido en la práctica en un paraíso fiscal con ramificaciones en todo el mundo, donde capitales opacos financiaban oscuras operaciones comerciales, no siempre lícitas y ni mucho menos morales. Los Estados Unidos llegaron a utilizar esta red financiera para mover dinero destinado a la contra nicaragüense y a organizaciones clandestinas de la Europa del Este; pero más grave aún era la implicación de esta red en actividades de la mafia, de la logia masónica Propaganda Dos (P2) e incluso en la organización terrorista de ultraderecha Gladio.
Indudablemente, a la Curia se le había ido de madre su chiringuito financiero, que estaba totalmente descontrolado y en manos de criminales. Juan Pablo I, escandalizado, se puso manos a la obra para desmontar todo aquel tinglado, que años más tarde saldría a la luz pública con el escándalo de la quiebra del Banco Ambrosiano. Por desgracia para el pobre Albino Luciani y para la Iglesia en general, las mafias que traficaban con capitales en nombre de la Iglesia demostraron tener más poder que el mismo Papa, y Juan Pablo I apareció convenientemente muerto sólo treinta y un días después de su nombramiento como Pontífice Máximo. Al Papa le habían arrancado la sonrisa de la cara para siempre.
La muerte de Juan Pablo I significó una verdadera liberación para los gobernantes de ese estado soberano conocido como El Vaticano. La Curia se vio libre de aquel Papa utópico y molesto que pretendía regresar a las pías costumbres de la pobreza y la humildad, tan poco convenientes para los delicados huesos de los obispos y cardenales. Los banqueros de Dios, por su parte, pudieron continuar sus sucios negocios hasta que años más tarde la corrupción alcanzó tal nivel que fue imposible continuar. La gallina de los huevos de oro había muerto de pura indigestión monetaria.
Y la Iglesia eligió como nuevo Papa a Juan Pablo II, un polaco de extrema derecha, profundamente resentido con el comunismo, que se dedicó durante un cuarto de siglo a desmontar los logros del Concilio Vaticano II y a provocar la involución de la Iglesia, abriendo una profunda brecha entre la moral oficial cristiana y la realidad social del siglo XXI; todo ello mientras las masas incondicionales gritaban que se le hiciera “Santo súbito“.
Etiquetas: catolicismo, historia, Religión
Durante casi cuarenta años, el régimen franquista había basado su identidad en un fervoroso ultracatolicismo, del cual -decían- emanaban los principios de su ideología fascista totalitaria. Para demostrarlo, contaban con el apoyo explícito de la Iglesia, que desde el primer momento avaló la sublevación contra el legítimo gobierno de la República, tildando de “cruzada” al levantamiento militar y a la guerra civil subsiguiente. Con esta actitud, la Iglesia se hizo corresponsable moral de la represión ejercida contra cientos de miles de españoles por parte del régimen de Franco, pero eso es tema para otra entrada…
Este matrimonio Iglesia-fascismo tan bien avenido entró en crisis a principios de 1974. Aunque el régimen de Franco no había cambiado en su esencia desde 1939, la Iglesia sí que lo había hecho. El Concilio Vaticano II, clausurado en 1965, había sentado las bases de una nueva Iglesia Católica, más pendiente de su base social y con nuevos conceptos morales más acordes con su tiempo. En España eso se tradujo en un claro distanciamiento del franquismo ideológico, especialmente en las regiones del País Vasco y Cataluña. En las grandes capitales españolas la Iglesia prestaba cobijo a reuniones políticas y sindicales semiclandestinas camufladas como grupos católicos, pero en Euskadi algunos curas incluso llegaron a dar apoyo logístico y cobijo a los terroristas de ETA. Tanto en el País Vasco como en Cataluña, la Iglesia mostraba su abierta simpatía por los sentimientos nacionales de ambas regiones.
En este contexto, el obispo de Bilbao, Antonio Añoveros, emitió en febrero de 1974 una pastoral en la que, entre otras lindezas, dejaba caer las siguientes frases:
El pueblo vasco, lo mismo que los demás pueblos del Estado español, tiene el derecho de conservar su propia identidad, cultivando y desarrollando su patrimonio espiritual, sin perjuicio de un saludable intercambio con los pueblos circunvecinos, dentro de una organización socio-política que reconozca su justa libertad. Sin embargo, en las actuales circunstancias, el pueblo vasco tropieza con serios obstáculos para poder disfrutar de este derecho. El uso de la lengua vasca, tanto en la enseñanza en sus distintos niveles como en los medios de comunicación (prensa, radio y TV). está sometido a notorias restricciones. Las diversas manifestaciones culturales se hallan también sometidas a un discriminado control.
El suelo, en efecto, temblaba bajo los pies del Caudillo y sus ministros, tal como el mismo Franco confesó tras el asesinato de su delfín Carrero Blanco por parte de ETA. El nuevo presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, que sólo unos días antes había dado un discurso en las Cortes de carácter tímidamente aperturista (el llamado “Espíritu del 12 de febrero“), se vio obligado a responder con contundencia ante la inaudita salida de tono del obispo de Bilbao, decretando su inmediata detención y dando orden de que fuera expulsado de España.
Pero lejos de permitir que la cosa quedara así, el presidente de la Conferencia Episcopal, Cardenal Tarancón, amenazó al gobierno de Arias Navarro con la excomunión fulminante de todos sus miembros en el caso de que se llevara a cabo dicha orden de expulsión, además de la ruptura del Concordato con la Santa Sede de 1953.
Para el gobierno Arias, esto se convirtió en un problema irresoluble, ya que un gobierno de un régimen tan férreamente basado en los principios de la moral católica no podía resistir políticamente una ruptura tan brutal con uno de los pilares que le sostenían. Arias Navarro lo sabía, y sobre todo, Franco, que estaba detrás de todo el asunto, también lo sabía.
Pocos días antes, en diciembre de 1973, durante el entierro de Carrero Blanco, el Cardenal Tarancón había sido objeto de las iras de los hooligans del franquismo, que le acusaban de estar en connivencia con los asesinos del finado presidente del gobierno. Ahora, con los ecos de aquellos insultos frescos en su mente, era Tarancón quien le cantaba un órdago al Régimen, amenazándole con romper las ya delicadas relaciones de la Iglesia con el gobierno de España y su decrépito dictador.
Al final, el avión que llevaba días en el aeropuerto de Bilbao, dispuesto para deportar al obispo Añoveros a Roma, fue retirado, y el “obispo rebelde” sólo sufrió unos cuantos días de arresto domiciliario mientras se calmaba el revuelo, durante el cual fue visitado por centenares de sacerdotes y otras personalidades próximas a la Iglesia. Durante ese corto periodo de tiempo, Tarancón guardó en su cajón la orden de excomunión de uno de los últimos gobiernos de Franco.
Nota: Por petición popular, el texto de esta entrada (exceptuando la cita literal de la pastoral de monseñor Añovero) se publica bajo los términos de la licencia GFDL, cuyas condiciones pueden consultarse aquí.
Etiquetas: catolicismo, franquismo, historia de españa
Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias.
(Raimundo de Aguilers, cronista de la Primera Cruzada, relatando los hechos acontecidos tras la toma de Jerusalén por los cruzados en 1099)
Desde luego, no me extraña que Jesús llorara al contemplar Jerusalén desde el Monte de los Olivos. Que yo sepa, Europa nunca llegó a pedir perdón por la salvaje carnicería provocada en Jerusalén en 1099 (Bueno, y en Antioquía, en Acre y en tantos otros lugares), que está en el origen de toda la incomprensión y temor mutuo que se tienen las culturas occidental y musulmana. Si algún día queremos terminar con toda la actual beligerancia entre nuestras culturas, habrá que empezar por reconocer y condenar todas estas barbaridades del pasado, cometidas por una y otra parte, y comprometernos mutuamente a no utilizarlas en el futuro como motivo de reproche. Las historias no son realmente Historia hasta que concluyen, y ésta historia de rencor hace mucho que debería haber terminado.
Etiquetas: catolicismo, cruzadas, guerra, historia, Religión
Cuando Karl Marx aseguró que “la religión es el opio del pueblo”, estoy casi seguro de que no conocía nuestras rancias costumbres españolas. De haberlas conocido hubiera dicho algo así como “la religión es la cerveza del pueblo”, “…la panceta del pueblo” o “…el cachondeo del pueblo”. Indudablemente, la religión es un fenómeno que va mucho más allá de las creencias sobrenaturales de un grupo de personas. Ya se encargaron los “padres fundadores” de la Iglesia Católica de que así fuera cuando cristianizaron las fiestas paganas, adaptando ritos y costumbres al nuevo ideario religioso.
Hoy es miércoles, primer día de octubre. Mañana jueves es día laborable, pero el que esto escribe se teme mucho que pasará la noche en blanco, ya que su pueblo, uno de tantos pueblos diseminados por la geografía española, “está en fiestas”. Oficialmente la fiesta es el viernes, día de la Virgen del Rosario, pero mis amados convecinos llevan ya días oreando sus caballos y adaptando los hígados para los excesos que están por venir. Igual que otros años, sobre las cinco de la próxima madrugada (dentro de un rato, como quien dice), el Rosario de la Aurora terminará (como no podría ser de otro modo) al estruendo de los cohetes de feria arrojados por los piadosos miembros de la hermandad, una actividad muy apropiada para tan temprana hora de un día laborable cualquiera. ¡Ah! Y ya está montada la feria; una feria que, incomprensiblemente, se organiza dos veces al año (aquí por lo visto con una sola feria no tenemos ni para empezar), con el correspondiente batiburrillo de músicas atronadoras procedentes de las atracciones y las casetas. Como el tiempo anuncia bueno, se puede decir, literalmente, que de ésta no nos libra ni Dios. ¡Hay que ver, con lo que lleva llovido en lo que llevamos de semana…!
Desde mi solitario, incomprendido punto de vista de ateo confeso, me da la sensación de que el Señor no va a librarme de este cáliz (no libró al hijo, así que yo ni me lo planteo). Me voy a tener que tragar el cachondeo en mi calle hasta altas horas de la madrugada, los cohetes de las cinco de la mañana, la mierda de caballo en mi puerta y los cortes de carretera del montón de procesiones que nos esperan desde hoy hasta el martes. Casi no me atrevo ni a quejarme, no sea que me llamen “intolerante”.
A veces me gustaría hacer un pequeño experimento, que siempre pospongo por miedo a que peligre mi integridad física: Quisiera coger unos cuantos cohetes de feria (de esos gordos que se oyen en el pueblo de al lado, como los que espero oir de aquí a poco), irme al centro del pueblo a las tres de la mañana de cualquier lunes por la noche y ponerme a tirarlos sin miramientos, asegurando a todo el que me recrimine la actitud que estoy celebrando un importante rito religioso, y que se me debe respetar, ya que yo tolero los ritos religiosos del resto de mis vecinos. Probablemente, mis tolerantes vecinos me tirarían de cabeza al estanque del parque.
Lo peor de todo es que me temo que lo de la religión no es más que una excusa, y que a la mayoría del personal que se está poniendo ahora mismo hasta las cejas de cubatas les importa un carajo la Virgen del Rosario, y hasta el niño Jesús si me pones. Lo que de verdad les importa es tener un motivo saludable para que salir de copas entre semana no sea moralmente reprochable, ya que de todos es sabido que cualquier sacrificio es poco cuando de alabar a Dios y a su Santa Madre se trata. Como digo, sólo es el comienzo.
Mi pueblo debe tener la virgen más amortizada del planeta, porque sirve como acicate para no menos de una semana de excesos, donde el alcohol se mezclará con todo tipo de ácidos grasos saturados en forma de tocinos, jamones, chorizos y cualquier otro producto de matanza ilegal que podamos imaginar. Mucho me temo que para la población porcina del pueblo haya sido una semana trágica, aunque puedo asegurar que no todos han fallecido en el holocausto, y que el número de cerdos sobrevivientes cubre con creces el nicho ecológico que les corresponde.
¿Qué hacer cuando el desorden público no sólo es tolerado, sino promovido por las autoridades locales? ¿Qué hacer con esta sensación de indefensión ante la piadosa impunidad de mis creyentes vecinos? ¿Me pido unos días y me voy a la playa, abandonando mi casa para alejarme del vandalismo religioso? ¿Me compro una escopeta y organizo un remake de Puerto Hurraco? Dicen que en la cárcel no se come mal, que dejan meter libros y que a las diez está todo el mundo en la cama. Con tal de que no se me caiga la pastilla de jabón…
La festividad del Rosario fue instituida como acción de gracias por la victoria de las armas católicas en la Batalla de Lepanto, llamándose originariamente “Nuestra Señora de la Victoria”. Luego pasó a llamarse “Festividad del Sagrado Rosario”, para terminar convirtiéndose en “Nuestra Señora del Rosario” en 1969, durante el papado de Pablo VI.
(No todo iba a ser lloriquear…)
Etiquetas: ¡Esto es un sindiós!, catolicismo, fiestas, rosario
Definitivamente, la Iglesia no se lo puso fácil a Franco en sus últimos años de vida. Al frente de la Conferencia Episcopal se encontraba el Cardenal Tarancón (fotografía a la derecha), que se había convertido en un molesto orzuelo en el ojo del dictador. Al amparo de Tarancón, la Iglesia albergaba reuniones políticas y sindicales clandestinas en las parroquias de los barrios populares. Después de todo, era la única institución en España que disfrutaba de los derechos de reunión y de asociación; derechos que los ciudadanos de a pie no disfrutaríamos hasta varios años más tarde. No es de extrañar que en determinados eventos, como el entierro de Carrero Blanco, Tarancón fuese gravemente increpado y amenazado por elementos afines al Régimen, hasta el punto de peligrar su integridad física.
Y si difíciles se ponían las relaciones del franquismo con la Iglesia en Madrid, más difíciles aún se estaban poniendo en Cataluña. Desde la montaña de Monterrat, auténtico corazón religioso de los catalanes, el abad del monasterio, Cassià María Just (fotografía a la izquierda), también le plantaba cara al régimen dictatorial de Franco. En Montserrat tuvieron lugar algunas de las mayores protestas y manifestaciones contra el franquismo, como el encuentro de intelectuales de 1970, o las protestas por el vil asesinato de Salvador Puig Antich y por los fusilamientos de 1975.
Cuando ETA mató a Carrero Blanco, Franco dijo a un ministro de su gobierno: “nos tiembla el suelo bajo los pies”; no se equivocaba. Su régimen, basado ideológicamente en el ultracatolicismo, veía cómo la Iglesia había dejado de estar a su lado. Nuevos cardenales inspirados en el Concilio Vaticano II y amparados por el Papa Pablo VI estaban corroyendo la base social del Movimiento Nacional, y se oponían abiertamente a la dictadura ante el estupor de una sociedad criada en la más absoluta represión y sumisión. Religiosos como Tarancón o como Just tuvieron no poca trascendencia en los acontecimientos que desembocaron en la Democracia que hoy conocemos.
Por desgracia, Juan Pablo II y sus tres décadas de contrarreformas terminaron con el espíritu aperturista del Concilio Vaticano II, con la Teología de la Liberación y con el breve matrimonio entre la Iglesia y la Sociedad que se produjo durante los años 70. Ahora la Iglesia regresa a las misas en Latín y de espaldas a los fieles.
En marzo de 2008, el abad Cassià María Just, defensor de las libertades, del reconocimiento de los derechos de los homosexuales y partidario de permitir la eutanasia pasiva, era enterrado en el más humilde de los ataudes, ataviado con el más humilde de los sudarios, y despedido por la exigua cifra de 500 personas. Supongo que Just murió preocupado por el inquietante rumbo involucionista adoptado por su Iglesia en la actualidad.
Etiquetas: catolicismo, franquismo, historia de españa, Religión
Hay gente cuyo único mérito reseñable en este mundo ha sido, precisamente, su forma de abandonarlo. Creo que Cayetano Ripoll nunca pensó que llegaría a pasar a la Historia de España como un hito que pondría fin a su leyenda más negra: La Santa Inquisición.
Cayetano no era nadie; simplemente un liberal como tantos otros que había luchado contra los franceses durante la Guerra de Independencia, que incluso estuvo prisionero en Francia. Allí fue donde se inició en las creencias deístas. El deísmo es una corriente filosófica-religiosa que afirma que, de existir un Dios, éste no interviene en los asuntos de los hombres. Desde luego, un pensamiento muy alejado de la muy tradicionalista Iglesia Católica española de principios del siglo XIX.
A su vuelta a España, Cayetano consiguió un puesto de maestro en la localidad valenciana de Ruzafa (hoy convertida en un barrio de la capital). En 1824, sin embargo, las cosas para los liberales se habían puesto muy negras en España. Tras el breve Trienio Liberal y la rápida incursión de los Cien Mil Hijos de San Luis, había empezado una nueva era de absolutismo que duraría hasta la muerte del nefasto monarca español Fernando VII. A este periodo se le dio en llamar “La Década Ominosa“. La persecución política contra todo lo que oliera a liberal y a afrancesado estaba a la orden del día, y mire usted por dónde, Cayetano era sospechoso de ambas cosas.
Pero el bueno de Cayetano era justamente eso: bueno. Con humildad, se dedicaba a sus labores de enseñanza, procurando mantener una respetuosa distancia con todo lo que se relacionara con la Iglesia. A pesar de ello, a los sectores más reaccionarios de Ruzafa y Valencia debía parecerles una abominación que un personaje declaradamente liberal y que pasaba ampliamente de la Iglesia y sus ritos estuviera al cargo de la educación de los jóvenes. Puesto que Cayetano se comportaba con una total mansedumbre política, sólo podían meterle mano de una forma: acusándole de herejía.
Y dicho, y hecho. A la sazón, en España la Inquisición se había disgregado en numerosos tribunales de la fe, repartidos por las provincias y que actuaban… digamos… por su cuenta. De hecho, ni siquiera estaban reconocidos como tales por la autoridad del Rey, pero la influencia de sus miembros bastaba para imponerse ante las autoridades locales. Al parecer, Ripoll tuvo la mala suerte de que en Valencia se encontrara el más activo de estos tribunales ilegales, dirigido por un siniestro sujeto de nombre José María Despujol, canónigo de Valencia y procedente de una familia de amplia tradición inquisitorial.
Detenido el 8 de octubre de 1824, Cayetano Ripoll pasó casi dos años en prisión, antes de que el 31 de julio de 1826, sin defensa alguna ni notificación formal de las acusaciones que se le imputaban, y tras un juicio que sólo puede ser calificado como una macabra farsa, fuese conducido al patíbulo. Puesto que, al parecer, ya no estaba bien visto quemar a la gente viva (por aquello de los largos gritos de agonía, supongo), Ripoll fue ahorcado antes de que introdujeran su cadáver en un barril donde fue posteriormente incinerado.
Al tener conocimiento de este crimen horrendo, las potencias europeas pusieron su cínico grito en el Cielo. Cínico grito, digo, toda vez que fueron ellas a través de su “Santa Alianza“ las que impusieron de nuevo el absolutismo en España y sus desfasadas manías religiosas. Para salvar los muebles ante tamaña atrocidad, incluso Fernando VII tuvo que reprender públicamente al “tribunal” ilegal que había asesinado de Ripoll, recordándole que no contaba con la licencia real para ejercer como tribunal, lo que a la postre, dejaba claro que esta ejecución no fue sino un crimen. Incluso así, pasaron ocho años más hasta que, muerto el inútil de Fernando, los regentes de Isabel II firmaran la disolución definitiva de los tribunales religiosos en España.
Todo esto acontecía hace, exactamente, ciento ochenta y dos años; menos de dos siglos. Y aunque técnicamente fuera el último de los crímenes “institucionales” de la Iglesia, a ningún español que tenga un mínimo de conocimientos de Historia se le escapa que hasta mucho después, incluso ya metidos en la segunda mitad del siglo XX, la Iglesia se ha encargado de entregar al “brazo seglar” a miles de ciudadanos para que fueran encarcelados o ejecutados por sus ideas políticas o por sus creencias religiosas. En el nombre del Señor…
Para más INRI, consultar:
Etiquetas: catolicismo, Década Ominosa, historia de españa, inquisición, Personajes, Religión