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Efemérides: Alcazarquivir

efemérides Sin comentarios »

Un 4 de agosto como hoy, en 1578, una épica batalla acontecida en tierras de Marruecos iba a cambiar la historia de España y Portugal durante sesenta años. Ese día, el rey portugués Sebastián I pereció en la batalla de Alcazarquivir en combate contra las tropas del sultán Abd el-Malik, quien también perdió la vida en el enfrentamiento. A la batalla de Alcazarquivir se la conoce también como «La Batalla de los Tres Reyes», ya que en ella murió también el depuesto sultán Muley al-Mutawakil, a quien Sebastián ayudaba a recuperar el trono contra Abd el-Malik.

La desaparición de Sebastián, cuyo cuerpo nunca fue encontrado, provocó el luto en Portugal, y con el tiempo degeneró en una legendaria profecía según la cual el rey Sebastián volvería algún día para regir los destinos del país. Mucho más prosaicamente, el poderosísimo rey de España, Felipe II, aprovechó el vacío de poder para reclamar el trono portugués, y en 1580 se proclamó rey de Portugal, unificando políticamente todos los territorios ibéricos por primera vez desde tiempos de los visigodos. Esta unión se mantuvo durante los siguientes sesenta años, hasta que Portugal recuperó su independencia en 1640, durante el reinado en España de Felipe IV.

Para la población judía de Marruecos, esta efeméride se convirtió en motivo de celebración, toda vez que el joven e impulsivo rey Sebastián, en un alarde de fanatismo religioso, prometió pasar a cuchillo a todo judío de Marruecos que no aceptara la conversión al catolicismo como acto de «acción de gracias» por su victoria.

Más información:

  • Batalla de Alcazarquivir, en Wikipedia.

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4 agosto, 2010 |

Tags: batallas, efemérides, historia, Portugal




Las amapolas rojas

Himnos, Lugares con Historia, historia, relatos 4 comentarios »

Jaroslav no había cogido un libro en su vida. Las únicas letras que conocía eran las que le enseñaron en la escuela elemental de pequeño y las de la biblia del párroco de su pueblo, que los muchachos solían leer los domingos durante la misa. Por eso para él aquel maldito lugar del infierno era como cualquier otro: una puñetera roca empinada como una pared, descarnada por los intensos bombardeos y plagada de enemigos agazapados y dispuestos a pegarle un tiro a cualquier cosa que se moviera.

De haber estudiado un poco de historia, siquiera un poco de la historia de su Iglesia, de la que era un fervoroso creyente, Jaroslav sabría que aquellos fragmentos de columnas y aquellas antiquísimas figuras talladas que ahora aparecían esparcidas por toda la ladera de la colina otrora habían pertenecido a uno de los centros espirituales más importantes del Occidente cristiano. Para Jaroslav, Montecasino era sólo una cota más a conquistar, una posición estratégica que arrebatar a los boches antes de poder tomar la misma Roma y expulsarlos para siempre de Italia. Para el resto del mundo, aquel era el mágico lugar donde un templo sucedía a otro desde la antigüedad sin memoria; el lugar donde San Benito escribió la regla monástica que había regido la vida de millones de monjes durante los últimos mil quinientos años; uno de los pocos lugares donde la sabiduría de los pensadores clásicos se había refugiado durante los oscuros siglos del medioevo.

La abadía de Montecasino había sido destruida en multitud de ocasiones. Su privilegiada ubicación era al mismo tiempo su maldición. Lombardos, Sarracenos, Napoleón e incluso la propia naturaleza en forma de terremotos parecían haberse coaligado para borrar del mapa aquel monasterio erigido sobre la montaña. En febrero de 1944, un general neozelandés sin dos dedos de frente había decidido sacar a los alemanes del monasterio por el expeditivo procedimiento de bombardear el complejo hasta sus cimientos. Craso error: los alemanes observaron con toda la parsimonia del mundo cómo más de doscientos bombarderos aliados reducían aquella obra maestra de la arquitectura religiosa a un montón de escombros humeantes, provocando de paso un verdadero escándalo en la Iglesia. Afortunadamente, los demonios nazis habían sido previsores, y la mayor parte de los tesoros de la abadía habían sido transportados a Roma para preservarlos de la destrucción. Tras el bombardeo, la 1ª división de paracaidistas alemanes ocupó lo que quedaba del recinto y se atrincheraron entre las ruinas. Un montón de tíos duros, acostumbrados a encontrarse  con el enemigo en inferioridad de condiciones, a pelear acorralados y pegados al terreno. Los aliados lo iban a tener muy difícil sacarles de allí.

Inmediatamente después del intenso bombardeo se fueron sucediendo los asaltos contra la cima de la montaña. Primero los ingleses, luego los gurkas indios y luego el batallón mahorí neozelandés. En aquellos días de mediados de febrero de 1944, la montaña a la que un día subiera San Benito para retirarse de las miserias del mundo se había convertido en un cementerio sin lápidas. Centenares de soldados muertos yacían en las laderas pudriéndose, mientras los supervivientes de uno y otro lado continuaban disparándose entre el olor a sangre y  a carne putrefacta. Los alemanes iban a aguantar todo lo que los ejércitos aliados tuvieran para arrojarles encima durante otros tres meses. Ochocientos paracaidistas alemanes contra dos divisiones enemigas completas: más de veinte mil hombres paralizados en una sangrienta batalla sin final por la toma de Montecasino.

Jaroslav llegó junto con sus compañeros del II cuerpo de ejército polaco a mediados de mayo. La situación parecía estancada, a pesar de los pequeños avances aliados por hacerse con las posiciones defendidas por los paracaidistas alemanes.  Todos sabían que los polacos tenían una especial inquina a los alemanes. No en vano, Polonia fue la primera nación en caer víctima de la guerra relámpago de Hitler. Lo poco que los alemanes no tomaron de Polonia cayó rápidamente en manos de los rusos. Los polacos libres que luchaban en las filas aliadas tenían mucho que demostrar, y estaban dispuestos a hacerlo. Subir a Montecasino iba a convertirse en otra de las gloriosas gestas protagonizadas por unos soldados que nada tenían ya que perder excepto una vida sin patria y sin derechos. Ni siquiera tenían derecho a rendirse, ya que los alemanes solían ejecutar inmediatamente a todo soldado polaco que cayera en sus manos.

Ahora Jaroslav se arrastraba entre cenizas y restos que una vez fueron humanos hacia la cumbre de aquella maldita colina. No se atrevía a levantar la cabeza por miedo a que un francotirador se la volara. Durante la carga que él y sus compañeros habían protagonizado unos minutos antes, las ametralladoras MG-42 alemanas habían provocado una verdadera carnicería. Jaroslav vio caer a la mayor parte de sus compañeros víctimas de la lluvia de balas que les había caído desde las posiciones elevadas del enemigo. No veía a nadie, no podía contactar con nadie, y ni siquiera se atrevía a hacer ruido en el sepulcral silencio que sucedió a la carga de los polacos. Se agazapó tras el cuerpo de un soldado norteamericano que, por su olor y aspecto, debía llevar muerto allí por lo menos dos semanas. Fue entonces cuando un soldado alemán apareció gateando de detrás de una roca y le miró muy fijamente. Jaroslav vio su mirada, espantada como la de él mismo por la destrucción que le rodeaba. Le pareció que era un muchacho joven como otro cualquiera; un camarada en medio de la desolación y la muerte, pero aquella sensación de fraternidad duró poco: ese soldado era su enemigo, el mismo que acababa de masacrar a casi todos sus compatriotas que le habían acompañado hasta estos riscos. Tenía que matarle antes de que el enemigo le matara a él.

No había tiempo de disparar, y tampoco hubiera sido bueno hacerlo, ya que podría revelar su posición a los alemanes y que estos le frieran a morterazos. Sacó la bayoneta de su funda y se abalanzó contra el alemán, clavándole el cuchillo en el vientre. El alemán gimió, y en ese mismo momento, Jaroslav sintió un dolor tremendo en el costado izquierdo, justo en el lugar donde el alemán agonizante acababa de apuñalarle. En los pocos segundos de vida que le quedaron a ambos, se quedaron mirándose fijamente uno al otro; una mirada que no era ya de odio, ni siquiera de temor. Abandonaban este mundo, pero ningún infierno podría ser peor que aquello, de manera que ambos parecían congraciarse con la muerte en la esperanza de, por lo menos, descansar para siempre de los terrores de la guerra.

Una semana más tarde, la bandera polaca ondeaba sobre los restos de Montecasino, mientras  la corneta del soldado polaco Emil Czech entonaba el toque tradicional polaco Hejnał mariacki. Los alemanes habían abandonado finalmente Montecasino y se retiraban, dejando expedito el camino de los aliados hacia Roma. Jaroslav pasó a formar parte de aquel lugar, enterrado junto a sus casi cuatro mil compañeros de armas en el cercano cementerio polaco. Casi el mismo día en que Montecasino era tomado, uno de aquellos soldados polacos llamado Alfred Schultz compuso el himno Czerwone maki na Monte Cassino (Las amapolas rojas de Montecasino), en honor a sus compañeros caídos en combate, donde compara la gesta polaca en la famosa montaña italiana con la legendaria carga de los lanceros polacos en la batalla de Somosierra de 1808 y con la carga de la II brigada de legiones polaca contra los rusos en Rokitno en 1915.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Czy widzisz te gruzy na szczycie?
Tam wróg twój się kryje jak szczur!
Musicie, musicie, musicie!
Za kark wziąć i strącić go z chmur!
I poszli szaleni, zażarci,
I poszli zabijać i mścić,
I poszli jak zawsze uparci,
Jak zawsze za honor się bić.

Czerwone maki na Monte Cassino
Zamiast rosy piły polską krew…
Po tych makach szedł żołnierz i ginął,
Lecz od śmierci silniejszy był gniew!
Przejdą lata i wieki przeminą.
Pozostaną ślady dawnych dni!.
I tylko maki na Monte Cassino
Czerwieńsze będą, bo z polskiej wzrosną krwi.

Runęli przez ogień, straceńcy!
Niejeden z nich dostał i padł…
Jak ci z Samosierry szaleńcy,
Runęli impetem szalonym
Jak ci spod Rokitny, sprzed lat.
I doszli. I udał się szturm.
I sztandar swój biało-czerwony
Zatknęli na gruzach wśród chmur.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Czy widzisz ten rząd białych krzyży?
To Polak z honorem brał ślub.
Idź naprzód – im dalej, im wyżej,
Tym więcej ich znajdziesz u stóp.
Ta ziemia do Polski należy,
Choć Polska daleko jest stąd,
Bo wolność krzyżami się mierzy
Historia ten jeden ma błąd.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Ćwierc wieku, koledzy, za nami,
Bitewny ulotnił się pył
I klasztor białymi murami
Na nowo do nieba się wzbił…
Lecz pamięć tych nocy upiornych
I krwi, co przelała się tu
Odzywa sie w dzwonach klasztornych,
Grających poległym do snu…!

¿Ves estas ruinas en lo alto?
¡Allí se esconden como ratas tus enemigos!
Debes, debes, debes
agarrarlos por el cuello y echarles de las nubes.
Y ellos fueron, locos, sin hacer caso [del enemigo],
y ellos fueron, para matar y vengarse,
y ellos fueron, tercos como siempre,
como siempre, por el honor, a luchar.

Las rojas amapolas de Montecasino
en lugar de rocío, bebieron sangre polaca…
Sobre ellas los soldados fueron y murieron,
pero la rabia fue más poderosa que la muerte.
Pasarán los años y cambiarán los tiempos,
sólo huellas de los días pasados quedarán.
Sólo las amapolas de Montecasino
serán más rojas por la sangre polaca que bebieron.

Ellos cargaron a través del fuego, condenados,
incontables fueron heridos y cayeron.
Como la caballería [polaca] en Somosierra,
ellos cargados con su furioso empuje.
Como aquellos en Rotikno hace años.
Y alcanzaron su objetivo, y vencieron.
Y su estandarte blanco y escarlata
fue izado sobre las ruinas, en medio de las nubes.

Rojas amapolas de Montecasino.

¿Ves esa fila de cruces blancas?
Allí dejaron su honor los soldados polacos.
adelante, más lejos, más alto,
los mejores que encontrarás a tus pies.
Este suelo pertenece a Polonia
aunque Polonia se encuentre muy lejos,
para la libertad [la distancia] se mide en cruces
A la Historia le falta éstas.

Rojas amapolas de Montecasino…

Detrás nuestra, camaradas, un cuarto de siglo,
el polvo de la batalla se ha ido,
y los blancos muros del monasterio
de nuevo alcanzan el cielo…
Pero la memoria de aquellas terribles noches
y la sangre que allí fue derramada
provocan ecos en las campanas del monasterio
dejando a los caidos descansar.

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6 mayo, 2010 |

Tags: batallas, guerra, Música, relatos




Lugares con Historia (VII): Castel Sant’Angelo

Lugares con Historia 12 comentarios »

Ahí está esa imponente fortaleza: pura piedra, dominando la rivera occidental del Tíber desde que fuera construida en tiempos de los romanos. Puede que no sea el edificio más bonito de Roma, pero mientras la mayor parte de las construcciones de su época yacen en el suelo como ruinas o se han convertido en meras atracciones turísticas, el castillo de Sant’Angelo ha conservado casi hasta la actualidad su importancia estratégica dentro de la capital italiana. Edificado a principios del siglo II como mausoleo para el emperador romano Adriano, a lo largo de sus casi diecinueve siglos ha sido también una fortaleza, la residencia de los papas de Roma, una prisión y actualmente un museo.

Cuando el fotógrafo James Anderson tomó la fotografía de Castel Sant’Angelo que encabeza esta entrada, el compositor de ópera Giacomo Puccini aún no había hecho que la infeliz Tosca se arrojara desde lo alto de sus muros, desesperada por la muerte de su amado Mario. Sin embargo, al viejo castillo de Sant’Angelo le basta su propia historia para ser por sí mismo un lugar emblemático, sin necesidad de dramas líricos. Esas piedras han visto pasar por delante a muchos emperadores de Roma; han sido testigos y víctimas del fin del Imperio y de la destrucción provocada por las hordas visigodas, vándalas y hérulas. Desde lo alto de sus murallas bien podría haberse contemplado el ejército de los hunos de Atila, acechando a la indefensa ciudad.

A finales del caótico siglo XIII, el papa Nicolás III ordenó edificar un paso elevado (el Passeto) que conectara la Ciudad del Vaticano con el castillo de Sant’Angelo. Este paso debía servir como vía de escape rápida para los papas, pudiendo refugiarse estos en el castillo en caso de peligro. La Historia demostraría que la idea de Nicolás III fue acertada, porque varios papas tuvieron que recorrer aquellos ochocientos metros con mucha, mucha prisa…

En 1495, mientras Cristóbal Colón terminaba de descubrir casi todas las islas del Caribe en su segundo viaje, el papa Alejandro VI (famoso por su apellido italianizado, Borgia) se apresuraba a refugiarse en Sant’Angelo ante la imparable invasión de Roma por el rey de Francia Carlos VIII, que en medio de su guerra contra los aragoneses en Nápoles, había decidido neutralizar la oposición papal a su campaña. No en vano, fueron los papas de Roma quienes otorgaron el reino de Nápoles a los Anjou franceses para quitarse de encima el estorbo que les suponían los Hohenstaufen, y Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita. Aunque Carlos VIII hubo de retirarse finalmente debido a la falta de logística y suministros que le permitieran continuar la campaña, y no precisamente por haber sido derrotado en combate, Alejandro VI lo tomó como una victoria personal. Unos años más tarde, sin embargo, cuando el nuevo monarca francés, Luis XII, volvió a la carga contra los aragoneses de Nápoles, el Papa Borgia tuvo mucho cuidado de no alinearse en contra de Francia. Dio lo mismo, porque el Gran Capitán se encargó de hacer morder el polvo al Valois para entregar el reino de Nápoles a su rey Fernando, el Católico, no sin antes ajustar cuentas con él.

Algunos años más tarde, las cosas entre Francia y España seguían tan mal como siempre: el nuevo Sacro Emperador era Carlos V de Alemania, a la sazón Carlos I de España, y dominaba un territorio como pocos monarcas habían conseguido aglutinar desde los tiempos de los emperadores romanos. Francia era una isla en medio de un océano dominado por los Habsburgo que incluía España, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, todo el Sacro Imperio Romano-Germánico y amplias zonas de Austria y Hungría. Aunque el nuevo emperador parecía la única figura en Europa capaz de enfrentarse al empuje turco que venía del este, al papado le interesaba más conservar el equilibrio de poderes entre las naciones que le rodeaban, y no verse supeditado al mandato de un poder temporal que desvirtuara la soberanía papal, inspirada por el mismísimo Dios. El recién estrenado papa Clemente VII, florentino de nacimiento y descendiente de los orgullosos Médicis, no estaba dispuesto a lamerle las botas al Emperador Carlos V, y pretendía resucitar el viejo enfrentamiento por el Dominium Mundi que ya mantuvieran el emperador Federico II Hohenstaufen y el papa Gregorio IX en el siglo XIII.

Por desgracia para el papa, Europa ya no vivía en el siglo XIII, y los reyes eran emperadores en sus reinos, no viéndose sometidos a la autoridad eclesiástica. Si esto era cierto para el común de los monarcas, no digamos ya para el Emperador Carlos. Las tropas hispano-alemanas habían estado sacudiendo de lo lindo al francés en el norte de Italia, en Navarra y en la misma Francia, deshaciendo las pretensiones de Francisco I de ampliar sus territorios a costa del Imperio y de las ciudades italianas. La debacle francesa fue total, y el rey francés tuvo que pasar una temporada en Madrid como “invitado” del Emperador.  Cuando el Papa, hasta entonces aliado del Imperio, se coaligó con Francia, Venecia y Florencia para parar los pies al creciente poder de Carlos V, el ejército imperial, que ya controlaba todo el norte de Italia, marchó “amotinado” hacia Roma. Al parecer, unas siempre mal pagadas tropas pretendían cobrarse la soldada con el botín arrancado a sus nuevos y ricos enemigos.

Los acontecimientos se precipitaron el 6 de mayo de 1527. Las defensas de Roma no podían resistir el avance de un ejército curtido en batalla que sextuplicaba en número a las fuerzas papales. Los lansquenetes, soldados profesionales alemanes que llevaban bastante tiempo sin cobrar, se cebaron en el saqueo de la Ciudad Eterna. Sólo la valentía y el arrojo de la guardia suiza que protegía al papa, compuesta de 150 hombres, consiguió salvar la vida de éste, aún a costa de ser masacrados por más de mil enemigos sedientos de sangre. Al final, en medio de una batalla encarnizada en el mismísimo altar de la basílica de San Pedro, consiguieron meter al papa Clemente VII en el Passeto di Borgo, desde donde corrieron por sus vidas hasta alcanzar la seguridad de Castel Sant’Angelo. A partir de aquel momento, el papa vivió recluido en aquella fortaleza un mes, hasta que se rindió el 6 de junio haciendo grandes concesiones territoriales al Imperio. Aunque Carlos V se hizo el disgustado, escribiendo lastimeras cartas al papa sobre lo infortunado del saqueo, Clemente VII no volvió a llevarle la contraria al Emperador en los años que le quedaron de vida. El Papa había aprendido muy bien la lección, y sabía ya cuál era su nueva posición en la política europea del siglo XVI. De hecho, su sumisión al Emperador fue tal a partir de ese momento que negó la anulación del matrimonio del rey inglés Enrique VIII con su esposa Catalina de Aragón, tía del emperador Carlos, lo que a la postre daría como resultado la desvinculación de Inglaterra de la obediencia religiosa a Roma y la creación de la iglesia anglicana.

Para la ciudad de Roma, el Saco fue lo peor que le había pasado en su historia. Ni siquiera las hordas bárbaras fueron tan exhaustivas en su recolección de botín, ni tan crueles con los habitantes de la ciudad, que quedó semidestruida y despojada de todas sus riquezas, incluyendo las del Vaticano. Sólo el castillo de Sant’Angelo y su ilustre inquilino se mantuvieron a salvo del enemigo.

Además de su función como fortaleza defensiva, el castillo también fue una prisión donde rumiaron su infortunio personajes tan destacados como Bartolomeo Platina (enlace a wikipedia en inglés, lo siento; al parecer el personaje no merece entrada en Wikipedia en español. Será porque no juega al fútbol o no se parece a Pikachu), Pomponio Leto, Giordano Bruno… podría decirse que lo mejorcito del humanismo italiano pasó por las mazmorras de este castillo por cortesía de unos papas no demasiado inclinados a las nuevas ideas. Hoy el castillo es un museo, el Museo Nazionale di Castel Sant’Angelo, de visita obligada para todo turista que visite Roma.

Para finalizar esta entrada, os dejo con E lucevan le stelle, de la ópera Tosca, donde Plácido Domingo, en el papel de Mario Cavaradossi, lamenta la inminente llegada de la muerte en una de las azoteas de Castel Sant’Angelo.

Entrada dedicada a @MrDodo, pájaro de cuenta que siempre tiene un puntito de inspiración para los mortales.

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1 mayo, 2010 |

Tags: batallas, Lugares con Historia, Música, Roma, Videos




Irreductibles legendarios (V): La fábrica de tractores

Irreductibles legendarios, Lugares con Historia Un comentario »

Parecía que el mundo había acabado, y que todos habían caído en un infierno helado de cascotes, cadáveres corrompidos y barro. Todos los que combatían en Stalingrado tenían la convicción de que jamás saldrían vivos de aquella ruina inmensa donde la muerte acechaba detrás de todas las esquinas, escondida en la oscuridad de las ventanas rotas de las casas bombardeadas.

Por muy dura que fuese aquella guerra, ninguna batalla fue tan cruel como la que se libró entre las ruinas de la fábrica de tractores Dzerzhinsky en el otoño de 1942. La fábrica de tractores era el orgullo de la maquinaria industrial soviética, y sus obreros produjeron tanques T-34 hasta el último momento, hasta que los bombardeos redujeron el complejo a un montón de escombros. Entonces fue cuando la fábrica pasó a convertirse en un baluarte para impedir el avance alemán hacia el Volga. La consigna del camarada Stalin no dejaba lugar a dudas: Ni un paso atrás. Los defensores de la fábrica de tractores resistirían la acometida del enemigo o perecerían en su puesto de combate. Era vital que el ejército ruso siguiera controlando la ribera del Volga, manteniendo una cabeza de playa por la que poder introducir los suministros y refuerzos que atravesaban constantemente el río; unos suministros que llegaban pese al intenso fuego artillero, pese a los constantes ataques de la aviación alemana, y pese a la certeza de los que llegaban de que se estaban internando en una pesadilla sin salida.

Y protegiéndolos a todos del enemigo se encontraban los defensores de la fábrica Dzerzhinsky. Eran soldados de reemplazo venidos de todos los puntos de la Unión Soviética, trabajadores de la fábrica que ya no podían hacer otra cosa que luchar, voluntarios y forzados, todos ellos unidos en la desesperación de quienes se encuentran acorralados. En muchas ocasiones, asomar la cabeza a más de un palmo del suelo significaba la muerte instantánea por el fuego enemigo. En demasiadas, retroceder aunque sólo fuera para encontrar un hueco donde esconderse podía significar la muerte a manos de los comisarios políticos.

La infantería y los blindados alemanes se abalanzaron contra la fábrica de tractores el 6 de octubre de 1942. A partir de ese momento, y durante más de una semana, los combates en aquel lugar maldito se producirían a muy corta distancia. En muchas ocasiones cuerpo a cuerpo. De nada servían los fusiles cuando tu enemigo se te echaba encima a menos de un metro; había que tirar de bayonetas y cuchillos. Los soldados alemanes no creían posible tal tenacidad por parte de sus enemigos. Los soviéticos se lanzaban a la muerte de forma irreflexiva, fanática, defendiendo cada nave, cada agujero, cada alcantarilla, como si se trataran del mismísimo Kremlin. Aquella ofensiva fue a duras penas detenida, con terribles pérdidas en ambos bandos. La fábrica seguiría siendo rusa de momento.

Pero entre el 14 y el 15 de octubre, los alemanes pusieron toda la carne en el asador, literalmente. Precedidos de un bombardeo masivo de artillería y aviación, los tanques alemanes se introdujeron finalmente en el complejo industrial, arrasando con sus defensas. Los defensores de la fábrica de tractores nunca se rindieron, y el enemigo, horrorizado, sólo pudo tomar aquel lugar pasando sobre cientos de muertos amontonados por doquier; soldados que habían quedado en los mismos lugares donde habían sido alcanzados por las balas o las bombas. Era un desolado paisaje dominado por el olor a muerte y por el humo.

Unos meses más tarde, el mariscal Von Paulus rendía las fuerzas alemanas sitiadas en Stalingrado. Lejos, muy lejos de Alemania, sin suministros ni alimentos, los alemanes se enfrentaban al invierno ruso y a la perspectiva de morir de hambre o morir a manos del enemigo. El VI ejército alemán se rindió el 29 de enero de 1943, pero los soldados alemanes destacados en la fábrica de tractores arrebatada a los rusos en octubre resistieron aún tres días más en medio de intensos combates antes de rendirse por falta de munición. Alemania perdió Stalingrado para siempre, pero la historia ganó un lugar donde admirar para siempre el valor y el sacrificio de unos hombres que nunca se rindieron.

Enlaces:

  • Stalingrado. Anthony Beevor.
  • Fábrica de tractores Stalingrado en combate.
  • Fábrica de tractores de Stalingrado, Google Maps.
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11 octubre, 2009 |

Tags: batallas, guerra, historia, Lugares con Historia




La Noche Triste

efemérides 3 comentarios »

El 30 de junio de 1520, acorralados por los guerreros mexica dentro de uno de los palacios de la ciudad de Tenochtitlan, Hernán Cortés decidió poner piés en polvorosa y abandonar la capital del Imperio Azteca.

Antes de eso, los españoles a las órdenes de Cortés habían perpetrado todo tipo de barbaridades contra los indios, apresando al emperador Moctezuma y asesinando a buena parte de la nobleza azteca a traición. El objetivo desde el primer momento no era otro que descabezar al Imperio con el fin de hacerse con sus riquezas. Los indígenas no estaban dispuestos a consentir el atropello. Cuando su emperador trató de apaciguarlos, sus propios guerreros le consideraron vendido a los españoles y le lanzaron flechas, piedras y todo tipo de objetos, hiriéndolo de muerte. Luego proclamaron un caudillo militar para enfrentarse a los españoles, que permanecían parapetados en los palacios reales.

Recreación de los combates de la Noche Triste. Imagen: Xarxa Telemàtica Educativa de Catalunya.Las tropas de Cortés y de sus aliados tlaxcaltecas salieron de Tenochtitlan a media noche, cobijados por la oscuridad. Iban cargados con todos los tesoros que habían podido robar; en algunos casos, demasiado cargados como para combatir. A pesar del intento por pasar desapercibidos, los guerreros aztecas les capturaron en uno de los puentes que unía la ciudad-isla con tierra firme, provocando una matanza terrible entre los invasores. Muchos tuvieron que arrojar los tesoros que portaban para poder enfrentarse a los numerosísimos enemigos que les acometían. La matanza entre los indios aliados de Cortés y los mexicas fue considerable, y los españoles perdieron a la mitad de sus efectivos.

Desde que supimos el concierto que Cortés había hecho de la manera que habíamos de salir e ir aquella noche a los puentes, y como hacía algo oscuro y había niebla y lloviznaba, antes de medianoche se comenzó a traer el puente y caminar el fardaje y los caballos y la yegua y los tlascaltecas cargados con el oro; y de presto se puso el puente, y pasó Cortés y los demás que consigo traía primero, y muchos de a caballo. Estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y silbidos de los mejicanos, y decían en su lengua a los de Tatelulco: ¡Salid presto con vuestras canoas, que se van los teúles, y tajadles que no quede ninguno con vida!. Cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podíamos valer. Muchos de nuestros soldados ya habían pasado, y estando de esta manera cargan tanta multitud de mejicanos a quitar el puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a manos. Como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobre otro; como llovía, resbalaron dos caballos y caen en la laguna. Cuando aquello vimos yo y otros de los de Cortés nos pusimos en salvo de esa parte del puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se pudo más aprovechar de ella. De manera que aquel paso y abertura de agua de presto se llenó a caballos muertos y de indios e indias y naborías y fardaje y petacas.

Temiendo no nos acabasen de matar, tiramos por nuestra calzada adelante y hallamos muchos escuadrones que estaban aguardándonos con lanzas grandes, y nos decían palabras de vituperios, y entre ellas decían: ¡Oh, cuilones, y aún vivos quedáis!. A estocadas y cuchillas que les dábamos pasamos, aunque hirieron allí a seis de los que íbamos. Pues quizá había algún concierto de cómo lo habíamos concertado, maldito aquél; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero a caballo, por salvarse y llegar a tierra firme y asegurar sus vidas, aguijaron por la calzada adelante, y no la erraron; también salieron en salvo los caballos con el oro y los tlascaltecas.

Bernal Díaz del Castillo
Historia verdadera de la conquista de Nueva España.

La Noche Triste, oleo sobre lienzo de autor desconocido. Imagen: Wikimedia Commons.Salvado in extremis del desastre, y aún con parte del tesoro robado a los aztecas, Hernán Cortés pasó un año reuniendo nuevos aliados a los que enfrentar contra los aztecas, y el 30 de junio de 1521, justo al año siguiente de los terribles acontecimientos de la Noche Triste, regresó a Tenochtitlan poniendo sitio a la ciudad. El 13 de agosto del mismo año la ciudad se rendía y los españoles y sus aliados se vengaban del ataque del año anterior asesinando a más de 40.000 de sus habitantes. El Imperio Azteca había caído y España ganaba de esta cruenta manera uno de sus más fértiles territorios americanos: el Virreinato de la Nueva España.

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30 junio, 2009 |

Tags: batallas, efemérides, historia, historia de españa




Napoleón (VIII): Pratzen

Napoleón 5 comentarios »

La batalla estaba ganada de antemano. Existía una desproporción considerable entre las fuerzas combinadas de Rusia y Austria y las del ejército francés de Napoleón. Tanto el Zar Alejandro como el Emperador Francisco estaban convencidos de que la fortuna del advenedizo emperador francés estaba por terminar aquel 2 de diciembre de 1805. Pronto toda Europa volvería a ser la misma de antes de la desgraciada revolución de 1789 en Francia.

Y para colmo, Napoleón parecía haber cometido un error táctico de bulto impropio de su talento militar, dejando expedita la colina de Pratzen en el centro del campo de batalla, para que fuera ocupada por el enemigo. Tropas aliadas habían ocupado este lugar estratégico durante la tarde y la madrugada anterior, y ahora aguardaban bajo una densa niebla mientras el resto del ejército atacaba a los franceses por los flancos, sobre todo por su flanco derecho, que ocupaba la ruta hacia Viena. Tal como los comandantes aliados esperaban, las fuerzas francesas eran débiles y no hacían más que retroceder, así que fueron reforzando el ataque enviando tropas de refuerzo desde la colina de Pratzen. Pronto habrían rodeado a los franceses y ganado aquella sencilla batalla. Entonces, sobre las nueve de la mañana, la niebla se disipó y salió el Sol.

Napoleón en la Batalla de Austerlitz, por François GérardLos soldados aliados que ocupaban la colina de Pratzen observaron espantados cómo entre jirones de niebla aparecían miles de franceses que avanzaban decididos hacia ellos como salidos de la nada. A medida que se deshacía la niebla iban apareciendo más y más columnas de infantería francesa que aclamaban al Sol con fuertes gritos de entusiasmo.  El mismo Zar Alejandro exclamó que los soldados franceses parecían haber salido del cielo, a lo que un ayudante de campo respondió que más bien  aparecían del Infierno. Pocos minutos más tarde el centro del ejército aliado había desaparecido devorado por el avance francés, y aunque aún restaban largas horas de combates, la Batalla de Austerlitz ya estaba decidida en favor de Napoleón.

Dos días más tarde, mientras aún eran recogidos del campo de batalla los cadáveres de más de veinte mil austriacos y rusos, el Emperador Francisco I de Austria firmaba la Paz de Pressburg con las condiciones impuestas por Napoleón, perdiendo gran parte de sus posesiones en Alemania y la totalidad de Italia, incluida Venecia. El Zar Alejandro se retiró más allá de las fronteras de Rusia y ya no volvió a dirigir a un ejército en batalla. Aún le quedaban por lamentar muchas derrotas importantes contra el pequeño emperador corso, y aún debía verle ocupar el mismísimo Kremlin años más tarde.

Napoleón celebró su victoria arengando a sus tropas en el aniversario de su coronación:

Soldados: Estoy satisfecho de vosotros.

En la Batalla de Austerlitz habéis justificado todo lo que esperaba de vuestra audacia. Habéis decorado vuestras águilas con una gloria inmortal.

Una armada de cien mil hombres, comandada por los emperadores de Rusia y Austria ha sido descuartizada y dispersada en menos de cuatro horas. De este modo, la Tercera Coalición contra Francia ha sido vencida y disuelta.

Ahora la paz no puede estar lejos, pero sólo haremos esa paz cuando nos ofrezca garantías de futuro y asegure las recompensas a nuestros aliados.

Cuando obtengamos todo lo necesario para asegurar la felicidad y la prosperidad de nuestro país, yo os llevaré de vuelta a Francia. Mi pueblo os recibirá de nuevo con entusiasmo. Para cada uno de vosotros será suficiente con decir: “Yo estuve en la Batalla de Austerlitz”, y todos vuestros conciudadanos exclamarán: “Ahí va un valiente”.

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15 junio, 2009 |

Tags: batallas, guerra, historia, napoleón




We shall never surrender (Nunca nos rendiremos)

Frases, historia 3 comentarios »

Las tropas británicas se retiran de Dunkerque ante el imparable avance alemán. Imagen: Wikimedia Commons

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

(…) We shall go on to the end, we shall fight in France, we shall fight on the seas and oceans, we shall fight with growing confidence and growing strength in the air, we shall defend our Island, whatever the cost may be, we shall fight on the beaches, we shall fight on the landing grounds, we shall fight in the fields and in the streets, we shall fight in the hills; we shall never surrender, and even if, which I do not for a moment believe, this Island or a large part of it were subjugated and starving, then our Empire beyond the seas, armed and guarded by the British Fleet, would carry on the struggle, until, in God’s good time, the New World, with all its power and might, steps forth to the rescue and the liberation of the old.

(…) Llegaremos hasta el final; lucharemos en Francia; lucharemos sobre los mares y océanos; lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el coste; lucharemos en las playas; lucharemos sobre las pistas de aterrizaje; lucharemos en los campos y en las calles; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos, e incluso si, cosa que por el momento no creo que suceda, esta isla o una gran parte de ella fuera subyugada y estuviera hambrienta, entonces nuestro Imperio más allá de los mares, armado y protegido por la flota británica, cargaría con el peso de la resistencia, hasta que, cuando sea la voluntad de Dios, el Nuevo Mundo, con todo su poder y su fuerza, avance al rescate y a la liberación del Viejo.

Winston Churchill, Cámara de los Comunes, 4 de junio de 1940.

Origen del texto en inglés: Wikisource. Traducción propia.

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25 mayo, 2009 |

Tags: batallas, guerra, historia




Irreductibles legendarios (III): Leónidas

Irreductibles legendarios 5 comentarios »

Oh, extranjero, ve y di a los espartanos, que aquí yacemos defendiendo sus leyes.

El paso de las Termópilas en la actualidad. (Wikimedia Commons)Ha pasado tanto tiempo que hasta el mar se ha retirado de aquel campo de batalla que fuera el Paso de las Termópilas. Lo que antaño fue un angosto paso de no más de quince metros entre la montaña y el acantilado, hoy forma parte de una suave ladera en la falda del monte Eta rodeada de campos de cultivo. En el verano del año 480 a.C. las Termópilas era el único paso posible para el grandioso ejército del rey persa Jerjes.

Darío, el padre de Jerjes, se había estrellado sólo diez años antes contra la belicosidad demostrada por los griegos en la Batalla de Maratón. Derrotados los persas, Grecia se dispuso a expandir su influencia por las costas de Asia Menor, desafiando descaradamente al Imperio del Gran Rey. Tras la muerte de Darío, su hijo Jerjes juró meter en cintura a aquellos insignificantes griegos que ya se estaban colando por su patio trasero y que osaban navegar por el Mediterráneo como si aquel mar les perteneciera. Desde las riberas del Indo hasta las montañas afganas, desde las costas del Golfo Pérsico hasta el Cáucaso fueron llamados centenares de miles de guerreros para formar el mayor ejército que la historia hubiera conocido nunca; un ejército del que los cronistas aseguraban que secaba los ríos al beber de ellos. La suerte de los griegos estaba echada.

Jerjes atravesó el estrecho paso del Bósforo con su ejército construyendo para ello un puente flotante de más de seiscientos barcos y luego se encaminó hacia Grecia desde el norte. La dificultosa orografía de la península griega, sin embargo, obligaba a aquel poderoso ejército a atrevesar el paso de las Termópilas para poder acceder al corazón del territorio griego, y allí era donde estos le estaban esperando.

La ciudad de Esparta, tercamente independiente, orgullosa y militarista, había enviado a parte de sus efectivos para oponerse al primer envite del ejército invasor, destacando a trescientos guerreros al mando de su rey Leónidas en el paso junto a unos setecientos tespios y una nutrida representación de guerreros del resto de las polis. En total, unos seis mil griegos se enfrentaban contra un ejército de más de doscientos cincuenta mil persas. A Jerjes aquello debió parecerle una cifra ridícula, y puesto que su intención era subyugar a los griegos, les ofreció unos días de tregua para que se lo pensaran. Los griegos, y en especial los espartanos, ya lo traían pensado de casa, y no tenían la más mínima intención de retirarse. Cuando el Rey de Reyes les conminó a entregar sus armas, Leónidas le sugirió que viniera él mismo a quitárselas. Los persas hicieron saber a los griegos que sus arqueros dispararían tal cantidad de flechas contra ellos que oscurecerían el sol, pero los griegos no eran gente que se amilanara con facilidad. -”luchamos mejor en la oscuridad”- les respondieron. No había negociación posible.

Mientras tanto, el general ateniense Temístocles se retiraba con la mayor parte de las fuerzas griegas, dejando en el paso únicamente a los trescientos espartanos y los setecientos tespios, que se ofrecieron a guardar el paso para ganar todo el tiempo que fuera posible. Si los persas conseguían abrir el paso (cosa que parecía más que previsible dada la desigualdad de fuerzas), tendrían a toda la Hélade a su alcance, y habría que reservar cuantas fuerzas pudieran reunir para hacerles frente. Lo que estaba claro es que los persas iban a pagar un peaje muy caro por transitar los caminos de Grecia, y Leónidas quería encargarse personalmente de ello.

Recreación de la Batalla de las Termópilas en la película "300".Jerjes, un poco cansado del tira y afloja diplomático, dio por fin la orden de avanzar a sus hombres. Estos avanzaron por el estrecho paso hasta que encontraron delante la muralla formada por los escudos y lanzas de los griegos. A la cabeza de estos se encontraban los espartanos, con ganas de hacer picadillo de persa; cuando estos cargaron, empezó la carnicería. Detenidos por los escudos espartanos y atravesados por sus lanzas, cientos de soldados persas empezaron a tapizar el suelo del paso con sus cuerpos, o eran arrojados al mar para morir contra las rocas del acantilado. Los muertos empezaban a amontonarse, y los centenares de bajas persas pronto empezaron a contarse por millares. Cuando cayó la noche y los persas se retiraron, el grandioso ejército de Jerjes era un poco menos grandioso y, desde luego, se encontraba más desmoralizado.

Tras varias jornadas haciéndo un trágico ridículo ante los espartanos, Jerjes decidió enviarles a los mejorcito de su ejército: los Inmortales. Los Inmortales no eran ni mucho menos realmente inmortales, como pronto iba a demostrarse. Su fama de guerreros temibles se basaba en su número y en la capacidad que tenían de reponer sus pérdidas en combate. En aquella estrechez del paso de las Termópilas y contra aquel decidido enemigo, sin embargo, los Inmortales podían hacer tan poco como el resto de los desgraciados que les habían precedido. En efecto, mientras los griegos sufrían relativamente pocas bajas, los Inmortales empezaron a correr la misma suerte que sus mal parados compañeros.

Pero mientras los inmortales iban cayendo poco a poco, la oportunidad de la victoria acudió a Jerjes en la figura de un griego traidor llamado Efialtes; un nombre que para los griegos fue desde aquel día sinónimo de mezquindad y cobardía. Efialtes enseñó al rey persa un paso secreto por la montaña que podría situar a sus hombres detrás de las fuerzas griegas para así atacarles por la retaguardia. Era un camino mal defendido por los foceos, que en cuanto vieron venir contra ellos a lo mejorcito de los persas se quitaron rápidamente de en medio. En poco tiempo, Leónidas y los suyos se vieron rodeados por el enemigo, que ahora les acometía desde todas partes.

En una última y heroica carga, los espartanos se lanzaron contra las fuerzas persas con todo su ímpetu, y hubieran seguido causando bajas a sus enemigos si Jerjes no hubiera decidido exterminarlos desde lejos con los arqueros. Los espartanos, que consideraban las flechas como un arma indigna de verdaderos guerreros, fueron cayendo hasta que finalmente todos murieron en el paso, dando inicio a una leyenda que ha sobrevivido casi 2.500 años.

Escultura en honor a Leónidas en el paso de las Termópilas. (Panoramio)Los persas cruzaron el paso, pero ya no eran un ejército victorioso. Mil griegos habían acabado con más de veinte mil persas, y el resto de la campaña no auguraba mejores resultados. En efecto, aunque Atenas fue tomada e incendiada, Temístocles les enfrentó en el mar, derrotándoles estrepitosamente en Salamina, y en tierra, infligiéndoles otra abrumadora derrota en Platea. Con su flota diezmada, Jerjes ya no podía asegurar los suministros de su ejército, y terminó por dar media vuelta y regresar a su Imperio. Los persas ya nunca más volverían a invadir el suelo de Grecia.

Siglos más tarde tuvo lugar una nueva batalla en aquel mismo paso de las Termópilas, aunque esta vez entre las fuerzas de Roma y las del Imperio Seléucida (herederos de parte del imperio conquistado por Alejandro). El conocimiento de la épica batalla librada por los griegos permitió al general romano rodear a los seleúcidas de las misma forma que Jerjes lo hiciera, siendo estos derrotados con facilidad. Leónidas fue un icono muy importante y referido en la cultura greco-latina, con una presencia destacada en la pintura, la escultura y la literatura.

A lo largo de la historia, muchos grandes generales han llevado sus pasos hasta las Termópilas para rendir homenaje al fiero Leónidas y a sus hombres irreductibles. Desde Alejandro Magno y Julio César hasta los grandes generales de la Edad Contemporánea, todos han admirado el carácter invencible de unos hombres que lo dieron todo por defender a su patria, para los cuales retirarse del combate hubiera significado una insoportable indignidad.

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13 abril, 2009 |

Tags: batallas, historia




Irreductibles legendarios (II): Sagunto

Irreductibles legendarios 2 comentarios »

Mucho se habla de Numancia y de su heroica resistencia hasta las últimas consecuencias contra el invasor romano. Nadie puede negar que la defensa de la capital de los arévacos otorgó a estos un lugar destacado en la historia de los pueblos irreductibles por derecho propio. El ejército romano no estaba acostumbrado a regresar de sus campañas sin apenas prisioneros; no estaban acostumbrados a ver cómo todo un pueblo se inmolaba antes de verse esclavo de sus enemigos. Sin duda, para muchos de los nobles y feroces pueblos de Iberia, la muerte era una alternativa mucho más digna que la esclavitud, y así se lo hicieron saber a una asombrada Roma en multitud de ocasiones, labrando su propia leyenda a medida que eran lenta aunque sistemáticamente exterminados por ésta.

Pero Numancia no fue la primera ciudad famosa por su resistencia, y Roma tampoco fue la primera potencia en practicar el genocidio total de un pueblo irreductible. En esta triste distinción hay otra ciudad que destacó como ninguna otra de su tiempo ante el más formidable enemigo imaginable: Sagunto.

Lo de Sagunto fue, básicamente, mala suerte. Antigua aliada de la República de Roma, la ciudad tuvo que ver cómo una amenazante Cartago se iba apoderando lentamente de la Península Ibérica desde el sur a finales del siglo III a.C. Mientras tanto, Roma se contentaba con recibir las indemnizaciones de la Primera Guerra Púnica que Cartago le iba entregando anualmente. Para hacer efectivos estos tributos, Cartago aseguraba necesitar los recursos de la Península Ibérica, y trataban de convencer a Roma de que su interés expansionista no era otro que pagar sus deudas.

AníbalNi mucho menos. Amílcar Barca, jefe de los cartagineses en Hispania, había jurado odio eterno a los romanos sobre el mismísimo altar de Baal en Cartago, y con él toda su familia. A pesar se la muerte de Amílcar diez años antes, su hijo Aníbal jamás olvidó aquél juramento de enemistad hacia Roma, y tan pronto como se vio al mando de las fuerzas cartaginesas, puso en marcha su golpe maestro contra la potencia itálica.

Su plan era tan arriesgado, tan audaz, que Roma ni siquiera llegó a intuirlo antes de que Aníbal se hubiera puesto en marcha con su formidable ejército. Aníbal pretendía atacar a Roma desde el norte, atravesando la costa de levante de la Península Ibérica, los Pirineos, la Galia Narbonense (que por entonces aún no se encontraba bajo el control de Roma), los Alpes, la Galia Cisalpina y, finalmente, llegar hasta las murallas de Roma y tomar la ciudad. Por el camino pretendía además reunir a todos los pueblos sometidos o enfrentados a Roma y sumarlos a sus fuerzas para acabar de una vez y para siempre con la única potencia del Mediterráneo capaz de rivalizar con Cartago.

Sin embargo, Aníbal no podía ponerse en marcha sin antes cubrir adecuadamente sus espaldas. Allí estaba la ciudad de Sagunto, un enclave al sur del Ebro aliado de Roma cuando se suponía que, en virtud del último tratado entre Cartago y Roma, las tierras al sur del Ebro eran cartaginesas. Un importante puerto costero donde Roma podría desembarcar en cualquier momento grandes cantidades de tropas y suministros, cortando la retaguardia cartaginesa durante la campaña ideada por Aníbal. Sagunto no podía ser ignorada, y el primer golpe a Roma habría que asestarlo allí mismo, a unos trescientos kilómetros de la capital cartaginesa de Cartago Nova.

Cuando el ejército cartaginés apareció ante las murallas de Sagunto, los saguntinos decidieron resistir. Roma era un poderoso aliado, y ya se habían enviado mensajeros solicitando protección. Extrañamente, Roma nunca contestó a los emisarios, ni envió tropas, refuerzos o ayuda de ninguna clase, a excepción de una triste misión diplomática. Tras ocho meses de asedio a la ciudad, Sagunto empezó a comprender que estaban solos ante Aníbal, el más temible general de su tiempo. Aun así, Sagunto lo aguantó todo: torres de asedio, derrumbamientos de la muralla, bombardeos con catapultas… incluso llegaron a construir una nueva muralla interior sobre la marcha al ver superada la muralla de la ciudad por el enemigo. A Aníbal se le estaba enquistando la primera fase de su ambicioso plan; mientras tanto, Roma tomaba nota de la afrenta contra una ciudad aliada y consideraba el asunto como casus belli.

Los últimos días de Sagunto, por F. Domingos Marqués.Finalmente, la abrumadora superioridad numérica de los cartagineses consiguió vencer las defensas saguntinas. Una atroz hambruna se había adueñado de la ciudad sitiada. Los cronistas clásicos relatan cómo los saguntinos llegaron al extremo de caer en el canibalismo para subsistir. Desesperados, algunos grupos de defensores salieron en la noche para tratar de asesinar a cuantos enemigos pudieran antes de caer muertos, en un intento infructuoso de morir matando. Vencidos y ante el inevitable final, los ciudadanos de Sagunto se arrojaban vivos al fuego para impedir ser apresados por las tropas cartaginesas, mientras las madres asesinaban a sus hijos antes de arrojarse ellas mismas por encima de las murallas. Cuando Aníbal entró finalmente en Sagunto, entrado el año 218 a.C., aquello no era ya una ciudad, sino un montón de ruinas humeantes sembrada de cadáveres. Un mal comienzo para la épica campaña militar que llevaría a Cartago a poner en jaque a Roma durante varios años, y que terminaría en el 202 a.C. en la llanura de Zama, frente a las puertas de Cartago, donde el gran general cartaginés encontraría finalmente la derrota.

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21 marzo, 2009 |

Tags: batallas, historia, Roma




La Semana Trágica

historia 9 comentarios »

Desde la restauración de los Borbones en España en 1874, el país había sido gobernado por una alternancia de dos partidos, el conservador y el liberal. Durante más de treinta años, el caciquismo y el pucherazo electoral habían asegurado el funcionamiento de este antidemocrático sistema de gobierno.

Antonio MauraPero a principios del siglo XX las cosas empezaron a cambiar. Una creciente ola de regionalismo empezaba a aglutinar a los descontentos con el sistema. La burguesía periférica -sobre todo la catalana- empezaba a estar harta de ser gobernada por los de siempre y de no ocupar el lugar que creían merecer en los círculos del poder. Los burgueses catalanistas de Francesc Cambó criticaban abiertamente al gobierno desde la prensa, consiguiendo incluso capitalizar la reacción del ejército en incidentes como el del semanario Cu-Cut! Gracias a este incidente, Solidaritat Catalana arrasó en las elecciones de 1907 en Cataluña, arrollando a los republicanos de Lerroux. Por su parte, los obreros catalanes empezaban a aglutinarse alrededor del sindicato Solidaritat Obrera, en vista de los flirteos que Cambó se traía con los conservadores de Antonio Maura, ganador en las recientes elecciones y nuevo presidente del gobierno.

Un año antes, en 1906, las potencias habían concedido a España el control colonial del norte de Marruecos, y poderosos oligarcas como el Conde de Romanones o el Marqués de Comillas empezaron a construir un ferrocarril que les permitiera rentabilizar sus nuevas minas en Beni-Buifur. En 1909, los cabileños decidieron que ya estaba bien de dejarse robar por los españoles, y atacaron el ferrocarril y las minas, dando comienzo a una guerra que se prolongaría hasta 1927. Maura pensó que la guerra sería una excelente excusa para extender el poder colonial español en África, pero en realidad, los cabileños le estaban dando la del pulpo a los mal preparados y peor equipados soldados españoles. Las noticias sobre matanzas de españoles en Marruecos habían corrido como la pólvora por España cuando llegó la orden de movilización de los reservistas.

Para comprender el estallido social que se produjo acto seguido hay que comprender primero lo injusto del servicio militar español de entonces. Si eras rico y tenías los 6.000 reales necesarios para librarte de la llamada a filas, podías evitar ser asesinado por un moro en una emboscada. Si por el contrario, y como pasaba con la gran mayoría de la población, no podías disponer de ese dinero porque tu sueldo de obrero no pasaba de los 10 reales diarios, estabas obligado a abandonar a tu familia y tu trabajo para incorporarte al ejército y que sea lo que dios quiera. Ni qué decir tiene que tu familia quedaba igualmente condenada a subsistir sin tu ayuda y eso, en unos tiempos donde los salarios eran de verdadera miseria, era condenarles al hambre de forma irremisible.

Los primeros reservistas salieron de Barcelona el 18 de julio, y ya entonces la cosa se había puesto bastante tensa. Solidaritat Obrera organizó una huelga general para el lunes 26 de julio, y Cataluña entera se echó a la calle. Aunque ese día las manifestaciones fueron más o menos pacíficas, al día siguiente se recibieron noticias sobre los desgraciados que habían salido en barco el anterior 18 de julio: los cabileños les habían emboscado en el Barranco del Lobo, un paraje cercano al famoso monte Gurugú, organizando una matanza considerable. Esto fue más de lo que podían soportar los trabajadores catalanes, muchos de los cuales esperaban a ser embarcados en cualquier momento.

Barricadas en Barcelona durante la Semana TrágicaAsí que el martes 27 de julio la movilización obrera se radicalizó bastante, pero es que la reacción del gobierno también. Maura declaró el estado de guerra, y ordenó al ejército reprimir con dureza las manifestaciones. Las Ramblas se convirtieron en un campo de batalla, con el ejército y los manifestantes cruzándose disparos. Los primeros muertos empezaban ya a tapizar las calles, y los huelguistas empezaron a pegarle fuego a iglesias y conventos, aprovechando la ocasión para mostrar su anticlericalismo. En los días siguientes se produjeron nuevos enfrentamientos, si bien la revuelta carecía de líderes y objetivos. Al parecer, era sólo una reacción popular contra la intención del gobierno de Madrid de enviarles al matadero marroquí por la cara. El gobierno de Maura hubo de hilar fino para aislar a los sublevados. Para impedir que la revuelta se extendiera al resto de España difundieron el bulo de que las manifestaciones estaban promovidas por los separatistas (cuando en realidad la burguesía catalanista se mantuvo prudentemente al margen de las protestas); además, y en vista de que la guarnición de Barcelona se negó a atacar a los huelguistas, enviaron refuerzos procedentes de las principales ciudades vecinas, que consiguieron acabar con las protestas aquel mismo fin de semana.

Francisco Ferrer GuardiaAl final, la Semana Trágica dejó un balance de 75 manifestantes y tres militares muertos, además de cientos de heridos y numerosos destrozos en la ciudad. Luego, el gobierno de Maura empezó con la represión y la revancha, encarcelando a miles de personas, clausurando partidos, sindicatos y escuelas y dictando arbitrariamente cinco condenas a muerte, entre las cuales se contaba la del pedagogo Francisco Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Cataluña. Al parecer, Ferrer sólo pasaba por allí, pero a los mandos encargados de la represión y a algunos estamentos eclesiásticos dolidos por la quema de sus inmuebles les pareció que la situación era propicia para, aprovechando el clima, deshacerse de un elemento tan molesto. Los condenados a muerte fueron fusilados en el foso del castillo de Montjuich en octubre de aquel año. A otros muchos les esperaban largos años de prisión o destierro, y a miles de trabajadores, dejarse la vida en África para defender los intereses económicos de unos cuantos oligarcas.

Al final, el gobierno de Maura perdió el favor de Alfonso XIII, aunque más por la condena internacional ante la brutalidad de la represión que por los sangrientos acontecimientos de Barcelona que el gobierno de Maura no supo ni quiso evitar.

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26 enero, 2009 |

Tags: batallas, guerra, historia de españa




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