Parecía que el mundo había acabado, y que todos habían caído en un infierno helado de cascotes, cadáveres corrompidos y barro. Todos los que combatían en Stalingrado tenían la convicción de que jamás saldrían vivos de aquella ruina inmensa donde la muerte acechaba detrás de todas las esquinas, escondida en la oscuridad de las ventanas rotas de las casas bombardeadas.
Por muy dura que fuese aquella guerra, ninguna batalla fue tan cruel como la que se libró entre las ruinas de la fábrica de tractores Dzerzhinsky en el otoño de 1942. La fábrica de tractores era el orgullo de la maquinaria industrial soviética, y sus obreros produjeron tanques T-34 hasta el último momento, hasta que los bombardeos redujeron el complejo a un montón de escombros. Entonces fue cuando la fábrica pasó a convertirse en un baluarte para impedir el avance alemán hacia el Volga. La consigna del camarada Stalin no dejaba lugar a dudas: Ni un paso atrás. Los defensores de la fábrica de tractores resistirían la acometida del enemigo o perecerían en su puesto de combate. Era vital que el ejército ruso siguiera controlando la ribera del Volga, manteniendo una cabeza de playa por la que poder introducir los suministros y refuerzos que atravesaban constantemente el río; unos suministros que llegaban pese al intenso fuego artillero, pese a los constantes ataques de la aviación alemana, y pese a la certeza de los que llegaban de que se estaban internando en una pesadilla sin salida.
Y protegiéndolos a todos del enemigo se encontraban los defensores de la fábrica Dzerzhinsky. Eran soldados de reemplazo venidos de todos los puntos de la Unión Soviética, trabajadores de la fábrica que ya no podían hacer otra cosa que luchar, voluntarios y forzados, todos ellos unidos en la desesperación de quienes se encuentran acorralados. En muchas ocasiones, asomar la cabeza a más de un palmo del suelo significaba la muerte instantánea por el fuego enemigo. En demasiadas, retroceder aunque sólo fuera para encontrar un hueco donde esconderse podía significar la muerte a manos de los comisarios políticos.
La infantería y los blindados alemanes se abalanzaron contra la fábrica de tractores el 6 de octubre de 1942. A partir de ese momento, y durante más de una semana, los combates en aquel lugar maldito se producirían a muy corta distancia. En muchas ocasiones cuerpo a cuerpo. De nada servían los fusiles cuando tu enemigo se te echaba encima a menos de un metro; había que tirar de bayonetas y cuchillos. Los soldados alemanes no creían posible tal tenacidad por parte de sus enemigos. Los soviéticos se lanzaban a la muerte de forma irreflexiva, fanática, defendiendo cada nave, cada agujero, cada alcantarilla, como si se trataran del mismísimo Kremlin. Aquella ofensiva fue a duras penas detenida, con terribles pérdidas en ambos bandos. La fábrica seguiría siendo rusa de momento.
Pero entre el 14 y el 15 de octubre, los alemanes pusieron toda la carne en el asador, literalmente. Precedidos de un bombardeo masivo de artillería y aviación, los tanques alemanes se introdujeron finalmente en el complejo industrial, arrasando con sus defensas. Los defensores de la fábrica de tractores nunca se rindieron, y el enemigo, horrorizado, sólo pudo tomar aquel lugar pasando sobre cientos de muertos amontonados por doquier; soldados que habían quedado en los mismos lugares donde habían sido alcanzados por las balas o las bombas. Era un desolado paisaje dominado por el olor a muerte y por el humo.
Unos meses más tarde, el mariscal Von Paulus rendía las fuerzas alemanas sitiadas en Stalingrado. Lejos, muy lejos de Alemania, sin suministros ni alimentos, los alemanes se enfrentaban al invierno ruso y a la perspectiva de morir de hambre o morir a manos del enemigo. El VI ejército alemán se rindió el 29 de enero de 1943, pero los soldados alemanes destacados en la fábrica de tractores arrebatada a los rusos en octubre resistieron aún tres días más en medio de intensos combates antes de rendirse por falta de munición. Alemania perdió Stalingrado para siempre, pero la historia ganó un lugar donde admirar para siempre el valor y el sacrificio de unos hombres que nunca se rindieron.
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El 30 de junio de 1520, acorralados por los guerreros mexica dentro de uno de los palacios de la ciudad de Tenochtitlan, Hernán Cortés decidió poner piés en polvorosa y abandonar la capital del Imperio Azteca.
Antes de eso, los españoles a las órdenes de Cortés habían perpetrado todo tipo de barbaridades contra los indios, apresando al emperador Moctezuma y asesinando a buena parte de la nobleza azteca a traición. El objetivo desde el primer momento no era otro que descabezar al Imperio con el fin de hacerse con sus riquezas. Los indígenas no estaban dispuestos a consentir el atropello. Cuando su emperador trató de apaciguarlos, sus propios guerreros le consideraron vendido a los españoles y le lanzaron flechas, piedras y todo tipo de objetos, hiriéndolo de muerte. Luego proclamaron un caudillo militar para enfrentarse a los españoles, que permanecían parapetados en los palacios reales.
Las tropas de Cortés y de sus aliados tlaxcaltecas salieron de Tenochtitlan a media noche, cobijados por la oscuridad. Iban cargados con todos los tesoros que habían podido robar; en algunos casos, demasiado cargados como para combatir. A pesar del intento por pasar desapercibidos, los guerreros aztecas les capturaron en uno de los puentes que unía la ciudad-isla con tierra firme, provocando una matanza terrible entre los invasores. Muchos tuvieron que arrojar los tesoros que portaban para poder enfrentarse a los numerosísimos enemigos que les acometían. La matanza entre los indios aliados de Cortés y los mexicas fue considerable, y los españoles perdieron a la mitad de sus efectivos.
Desde que supimos el concierto que Cortés había hecho de la manera que habíamos de salir e ir aquella noche a los puentes, y como hacía algo oscuro y había niebla y lloviznaba, antes de medianoche se comenzó a traer el puente y caminar el fardaje y los caballos y la yegua y los tlascaltecas cargados con el oro; y de presto se puso el puente, y pasó Cortés y los demás que consigo traía primero, y muchos de a caballo. Estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y silbidos de los mejicanos, y decían en su lengua a los de Tatelulco: ¡Salid presto con vuestras canoas, que se van los teúles, y tajadles que no quede ninguno con vida!. Cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podíamos valer. Muchos de nuestros soldados ya habían pasado, y estando de esta manera cargan tanta multitud de mejicanos a quitar el puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a manos. Como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobre otro; como llovía, resbalaron dos caballos y caen en la laguna. Cuando aquello vimos yo y otros de los de Cortés nos pusimos en salvo de esa parte del puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se pudo más aprovechar de ella. De manera que aquel paso y abertura de agua de presto se llenó a caballos muertos y de indios e indias y naborías y fardaje y petacas.
Temiendo no nos acabasen de matar, tiramos por nuestra calzada adelante y hallamos muchos escuadrones que estaban aguardándonos con lanzas grandes, y nos decían palabras de vituperios, y entre ellas decían: ¡Oh, cuilones, y aún vivos quedáis!. A estocadas y cuchillas que les dábamos pasamos, aunque hirieron allí a seis de los que íbamos. Pues quizá había algún concierto de cómo lo habíamos concertado, maldito aquél; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero a caballo, por salvarse y llegar a tierra firme y asegurar sus vidas, aguijaron por la calzada adelante, y no la erraron; también salieron en salvo los caballos con el oro y los tlascaltecas.
Bernal Díaz del Castillo
Historia verdadera de la conquista de Nueva España.
Salvado in extremis del desastre, y aún con parte del tesoro robado a los aztecas, Hernán Cortés pasó un año reuniendo nuevos aliados a los que enfrentar contra los aztecas, y el 30 de junio de 1521, justo al año siguiente de los terribles acontecimientos de la Noche Triste, regresó a Tenochtitlan poniendo sitio a la ciudad. El 13 de agosto del mismo año la ciudad se rendía y los españoles y sus aliados se vengaban del ataque del año anterior asesinando a más de 40.000 de sus habitantes. El Imperio Azteca había caído y España ganaba de esta cruenta manera uno de sus más fértiles territorios americanos: el Virreinato de la Nueva España.
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La batalla estaba ganada de antemano. Existía una desproporción considerable entre las fuerzas combinadas de Rusia y Austria y las del ejército francés de Napoleón. Tanto el Zar Alejandro como el Emperador Francisco estaban convencidos de que la fortuna del advenedizo emperador francés estaba por terminar aquel 2 de diciembre de 1805. Pronto toda Europa volvería a ser la misma de antes de la desgraciada revolución de 1789 en Francia.
Y para colmo, Napoleón parecía haber cometido un error táctico de bulto impropio de su talento militar, dejando expedita la colina de Pratzen en el centro del campo de batalla, para que fuera ocupada por el enemigo. Tropas aliadas habían ocupado este lugar estratégico durante la tarde y la madrugada anterior, y ahora aguardaban bajo una densa niebla mientras el resto del ejército atacaba a los franceses por los flancos, sobre todo por su flanco derecho, que ocupaba la ruta hacia Viena. Tal como los comandantes aliados esperaban, las fuerzas francesas eran débiles y no hacían más que retroceder, así que fueron reforzando el ataque enviando tropas de refuerzo desde la colina de Pratzen. Pronto habrían rodeado a los franceses y ganado aquella sencilla batalla. Entonces, sobre las nueve de la mañana, la niebla se disipó y salió el Sol.
Los soldados aliados que ocupaban la colina de Pratzen observaron espantados cómo entre jirones de niebla aparecían miles de franceses que avanzaban decididos hacia ellos como salidos de la nada. A medida que se deshacía la niebla iban apareciendo más y más columnas de infantería francesa que aclamaban al Sol con fuertes gritos de entusiasmo. El mismo Zar Alejandro exclamó que los soldados franceses parecían haber salido del cielo, a lo que un ayudante de campo respondió que más bien aparecían del Infierno. Pocos minutos más tarde el centro del ejército aliado había desaparecido devorado por el avance francés, y aunque aún restaban largas horas de combates, la Batalla de Austerlitz ya estaba decidida en favor de Napoleón.
Dos días más tarde, mientras aún eran recogidos del campo de batalla los cadáveres de más de veinte mil austriacos y rusos, el Emperador Francisco I de Austria firmaba la Paz de Pressburg con las condiciones impuestas por Napoleón, perdiendo gran parte de sus posesiones en Alemania y la totalidad de Italia, incluida Venecia. El Zar Alejandro se retiró más allá de las fronteras de Rusia y ya no volvió a dirigir a un ejército en batalla. Aún le quedaban por lamentar muchas derrotas importantes contra el pequeño emperador corso, y aún debía verle ocupar el mismísimo Kremlin años más tarde.
Napoleón celebró su victoria arengando a sus tropas en el aniversario de su coronación:
Soldados: Estoy satisfecho de vosotros.
En la Batalla de Austerlitz habéis justificado todo lo que esperaba de vuestra audacia. Habéis decorado vuestras águilas con una gloria inmortal.
Una armada de cien mil hombres, comandada por los emperadores de Rusia y Austria ha sido descuartizada y dispersada en menos de cuatro horas. De este modo, la Tercera Coalición contra Francia ha sido vencida y disuelta.
Ahora la paz no puede estar lejos, pero sólo haremos esa paz cuando nos ofrezca garantías de futuro y asegure las recompensas a nuestros aliados.
Cuando obtengamos todo lo necesario para asegurar la felicidad y la prosperidad de nuestro país, yo os llevaré de vuelta a Francia. Mi pueblo os recibirá de nuevo con entusiasmo. Para cada uno de vosotros será suficiente con decir: “Yo estuve en la Batalla de Austerlitz”, y todos vuestros conciudadanos exclamarán: “Ahí va un valiente”.
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(…) We shall go on to the end, we shall fight in France, we shall fight on the seas and oceans, we shall fight with growing confidence and growing strength in the air, we shall defend our Island, whatever the cost may be, we shall fight on the beaches, we shall fight on the landing grounds, we shall fight in the fields and in the streets, we shall fight in the hills; we shall never surrender, and even if, which I do not for a moment believe, this Island or a large part of it were subjugated and starving, then our Empire beyond the seas, armed and guarded by the British Fleet, would carry on the struggle, until, in God’s good time, the New World, with all its power and might, steps forth to the rescue and the liberation of the old.
(…) Llegaremos hasta el final; lucharemos en Francia; lucharemos sobre los mares y océanos; lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el coste; lucharemos en las playas; lucharemos sobre las pistas de aterrizaje; lucharemos en los campos y en las calles; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos, e incluso si, cosa que por el momento no creo que suceda, esta isla o una gran parte de ella fuera subyugada y estuviera hambrienta, entonces nuestro Imperio más allá de los mares, armado y protegido por la flota británica, cargaría con el peso de la resistencia, hasta que, cuando sea la voluntad de Dios, el Nuevo Mundo, con todo su poder y su fuerza, avance al rescate y a la liberación del Viejo.
Winston Churchill, Cámara de los Comunes, 4 de junio de 1940.
Origen del texto en inglés: Wikisource. Traducción propia.
Oh, extranjero, ve y di a los espartanos, que aquí yacemos defendiendo sus leyes.
Ha pasado tanto tiempo que hasta el mar se ha retirado de aquel campo de batalla que fuera el Paso de las Termópilas. Lo que antaño fue un angosto paso de no más de quince metros entre la montaña y el acantilado, hoy forma parte de una suave ladera en la falda del monte Eta rodeada de campos de cultivo. En el verano del año 480 a.C. las Termópilas era el único paso posible para el grandioso ejército del rey persa Jerjes.
Darío, el padre de Jerjes, se había estrellado sólo diez años antes contra la belicosidad demostrada por los griegos en la Batalla de Maratón. Derrotados los persas, Grecia se dispuso a expandir su influencia por las costas de Asia Menor, desafiando descaradamente al Imperio del Gran Rey. Tras la muerte de Darío, su hijo Jerjes juró meter en cintura a aquellos insignificantes griegos que ya se estaban colando por su patio trasero y que osaban navegar por el Mediterráneo como si aquel mar les perteneciera. Desde las riberas del Indo hasta las montañas afganas, desde las costas del Golfo Pérsico hasta el Cáucaso fueron llamados centenares de miles de guerreros para formar el mayor ejército que la historia hubiera conocido nunca; un ejército del que los cronistas aseguraban que secaba los ríos al beber de ellos. La suerte de los griegos estaba echada.
Jerjes atravesó el estrecho paso del Bósforo con su ejército construyendo para ello un puente flotante de más de seiscientos barcos y luego se encaminó hacia Grecia desde el norte. La dificultosa orografía de la península griega, sin embargo, obligaba a aquel poderoso ejército a atrevesar el paso de las Termópilas para poder acceder al corazón del territorio griego, y allí era donde estos le estaban esperando.
La ciudad de Esparta, tercamente independiente, orgullosa y militarista, había enviado a parte de sus efectivos para oponerse al primer envite del ejército invasor, destacando a trescientos guerreros al mando de su rey Leónidas en el paso junto a unos setecientos tespios y una nutrida representación de guerreros del resto de las polis. En total, unos seis mil griegos se enfrentaban contra un ejército de más de doscientos cincuenta mil persas. A Jerjes aquello debió parecerle una cifra ridícula, y puesto que su intención era subyugar a los griegos, les ofreció unos días de tregua para que se lo pensaran. Los griegos, y en especial los espartanos, ya lo traían pensado de casa, y no tenían la más mínima intención de retirarse. Cuando el Rey de Reyes les conminó a entregar sus armas, Leónidas le sugirió que viniera él mismo a quitárselas. Los persas hicieron saber a los griegos que sus arqueros dispararían tal cantidad de flechas contra ellos que oscurecerían el sol, pero los griegos no eran gente que se amilanara con facilidad. -”luchamos mejor en la oscuridad”- les respondieron. No había negociación posible.
Mientras tanto, el general ateniense Temístocles se retiraba con la mayor parte de las fuerzas griegas, dejando en el paso únicamente a los trescientos espartanos y los setecientos tespios, que se ofrecieron a guardar el paso para ganar todo el tiempo que fuera posible. Si los persas conseguían abrir el paso (cosa que parecía más que previsible dada la desigualdad de fuerzas), tendrían a toda la Hélade a su alcance, y habría que reservar cuantas fuerzas pudieran reunir para hacerles frente. Lo que estaba claro es que los persas iban a pagar un peaje muy caro por transitar los caminos de Grecia, y Leónidas quería encargarse personalmente de ello.
Jerjes, un poco cansado del tira y afloja diplomático, dio por fin la orden de avanzar a sus hombres. Estos avanzaron por el estrecho paso hasta que encontraron delante la muralla formada por los escudos y lanzas de los griegos. A la cabeza de estos se encontraban los espartanos, con ganas de hacer picadillo de persa; cuando estos cargaron, empezó la carnicería. Detenidos por los escudos espartanos y atravesados por sus lanzas, cientos de soldados persas empezaron a tapizar el suelo del paso con sus cuerpos, o eran arrojados al mar para morir contra las rocas del acantilado. Los muertos empezaban a amontonarse, y los centenares de bajas persas pronto empezaron a contarse por millares. Cuando cayó la noche y los persas se retiraron, el grandioso ejército de Jerjes era un poco menos grandioso y, desde luego, se encontraba más desmoralizado.
Tras varias jornadas haciéndo un trágico ridículo ante los espartanos, Jerjes decidió enviarles a los mejorcito de su ejército: los Inmortales. Los Inmortales no eran ni mucho menos realmente inmortales, como pronto iba a demostrarse. Su fama de guerreros temibles se basaba en su número y en la capacidad que tenían de reponer sus pérdidas en combate. En aquella estrechez del paso de las Termópilas y contra aquel decidido enemigo, sin embargo, los Inmortales podían hacer tan poco como el resto de los desgraciados que les habían precedido. En efecto, mientras los griegos sufrían relativamente pocas bajas, los Inmortales empezaron a correr la misma suerte que sus mal parados compañeros.
Pero mientras los inmortales iban cayendo poco a poco, la oportunidad de la victoria acudió a Jerjes en la figura de un griego traidor llamado Efialtes; un nombre que para los griegos fue desde aquel día sinónimo de mezquindad y cobardía. Efialtes enseñó al rey persa un paso secreto por la montaña que podría situar a sus hombres detrás de las fuerzas griegas para así atacarles por la retaguardia. Era un camino mal defendido por los foceos, que en cuanto vieron venir contra ellos a lo mejorcito de los persas se quitaron rápidamente de en medio. En poco tiempo, Leónidas y los suyos se vieron rodeados por el enemigo, que ahora les acometía desde todas partes.
En una última y heroica carga, los espartanos se lanzaron contra las fuerzas persas con todo su ímpetu, y hubieran seguido causando bajas a sus enemigos si Jerjes no hubiera decidido exterminarlos desde lejos con los arqueros. Los espartanos, que consideraban las flechas como un arma indigna de verdaderos guerreros, fueron cayendo hasta que finalmente todos murieron en el paso, dando inicio a una leyenda que ha sobrevivido casi 2.500 años.
Los persas cruzaron el paso, pero ya no eran un ejército victorioso. Mil griegos habían acabado con más de veinte mil persas, y el resto de la campaña no auguraba mejores resultados. En efecto, aunque Atenas fue tomada e incendiada, Temístocles les enfrentó en el mar, derrotándoles estrepitosamente en Salamina, y en tierra, infligiéndoles otra abrumadora derrota en Platea. Con su flota diezmada, Jerjes ya no podía asegurar los suministros de su ejército, y terminó por dar media vuelta y regresar a su Imperio. Los persas ya nunca más volverían a invadir el suelo de Grecia.
Siglos más tarde tuvo lugar una nueva batalla en aquel mismo paso de las Termópilas, aunque esta vez entre las fuerzas de Roma y las del Imperio Seléucida (herederos de parte del imperio conquistado por Alejandro). El conocimiento de la épica batalla librada por los griegos permitió al general romano rodear a los seleúcidas de las misma forma que Jerjes lo hiciera, siendo estos derrotados con facilidad. Leónidas fue un icono muy importante y referido en la cultura greco-latina, con una presencia destacada en la pintura, la escultura y la literatura.
A lo largo de la historia, muchos grandes generales han llevado sus pasos hasta las Termópilas para rendir homenaje al fiero Leónidas y a sus hombres irreductibles. Desde Alejandro Magno y Julio César hasta los grandes generales de la Edad Contemporánea, todos han admirado el carácter invencible de unos hombres que lo dieron todo por defender a su patria, para los cuales retirarse del combate hubiera significado una insoportable indignidad.
Mucho se habla de Numancia y de su heroica resistencia hasta las últimas consecuencias contra el invasor romano. Nadie puede negar que la defensa de la capital de los arévacos otorgó a estos un lugar destacado en la historia de los pueblos irreductibles por derecho propio. El ejército romano no estaba acostumbrado a regresar de sus campañas sin apenas prisioneros; no estaban acostumbrados a ver cómo todo un pueblo se inmolaba antes de verse esclavo de sus enemigos. Sin duda, para muchos de los nobles y feroces pueblos de Iberia, la muerte era una alternativa mucho más digna que la esclavitud, y así se lo hicieron saber a una asombrada Roma en multitud de ocasiones, labrando su propia leyenda a medida que eran lenta aunque sistemáticamente exterminados por ésta.
Pero Numancia no fue la primera ciudad famosa por su resistencia, y Roma tampoco fue la primera potencia en practicar el genocidio total de un pueblo irreductible. En esta triste distinción hay otra ciudad que destacó como ninguna otra de su tiempo ante el más formidable enemigo imaginable: Sagunto.
Lo de Sagunto fue, básicamente, mala suerte. Antigua aliada de la República de Roma, la ciudad tuvo que ver cómo una amenazante Cartago se iba apoderando lentamente de la Península Ibérica desde el sur a finales del siglo III a.C. Mientras tanto, Roma se contentaba con recibir las indemnizaciones de la Primera Guerra Púnica que Cartago le iba entregando anualmente. Para hacer efectivos estos tributos, Cartago aseguraba necesitar los recursos de la Península Ibérica, y trataban de convencer a Roma de que su interés expansionista no era otro que pagar sus deudas.
Ni mucho menos. Amílcar Barca, jefe de los cartagineses en Hispania, había jurado odio eterno a los romanos sobre el mismísimo altar de Baal en Cartago, y con él toda su familia. A pesar se la muerte de Amílcar diez años antes, su hijo Aníbal jamás olvidó aquél juramento de enemistad hacia Roma, y tan pronto como se vio al mando de las fuerzas cartaginesas, puso en marcha su golpe maestro contra la potencia itálica.
Su plan era tan arriesgado, tan audaz, que Roma ni siquiera llegó a intuirlo antes de que Aníbal se hubiera puesto en marcha con su formidable ejército. Aníbal pretendía atacar a Roma desde el norte, atravesando la costa de levante de la Península Ibérica, los Pirineos, la Galia Narbonense (que por entonces aún no se encontraba bajo el control de Roma), los Alpes, la Galia Cisalpina y, finalmente, llegar hasta las murallas de Roma y tomar la ciudad. Por el camino pretendía además reunir a todos los pueblos sometidos o enfrentados a Roma y sumarlos a sus fuerzas para acabar de una vez y para siempre con la única potencia del Mediterráneo capaz de rivalizar con Cartago.
Sin embargo, Aníbal no podía ponerse en marcha sin antes cubrir adecuadamente sus espaldas. Allí estaba la ciudad de Sagunto, un enclave al sur del Ebro aliado de Roma cuando se suponía que, en virtud del último tratado entre Cartago y Roma, las tierras al sur del Ebro eran cartaginesas. Un importante puerto costero donde Roma podría desembarcar en cualquier momento grandes cantidades de tropas y suministros, cortando la retaguardia cartaginesa durante la campaña ideada por Aníbal. Sagunto no podía ser ignorada, y el primer golpe a Roma habría que asestarlo allí mismo, a unos trescientos kilómetros de la capital cartaginesa de Cartago Nova.
Cuando el ejército cartaginés apareció ante las murallas de Sagunto, los saguntinos decidieron resistir. Roma era un poderoso aliado, y ya se habían enviado mensajeros solicitando protección. Extrañamente, Roma nunca contestó a los emisarios, ni envió tropas, refuerzos o ayuda de ninguna clase, a excepción de una triste misión diplomática. Tras ocho meses de asedio a la ciudad, Sagunto empezó a comprender que estaban solos ante Aníbal, el más temible general de su tiempo. Aun así, Sagunto lo aguantó todo: torres de asedio, derrumbamientos de la muralla, bombardeos con catapultas… incluso llegaron a construir una nueva muralla interior sobre la marcha al ver superada la muralla de la ciudad por el enemigo. A Aníbal se le estaba enquistando la primera fase de su ambicioso plan; mientras tanto, Roma tomaba nota de la afrenta contra una ciudad aliada y consideraba el asunto como casus belli.
Finalmente, la abrumadora superioridad numérica de los cartagineses consiguió vencer las defensas saguntinas. Una atroz hambruna se había adueñado de la ciudad sitiada. Los cronistas clásicos relatan cómo los saguntinos llegaron al extremo de caer en el canibalismo para subsistir. Desesperados, algunos grupos de defensores salieron en la noche para tratar de asesinar a cuantos enemigos pudieran antes de caer muertos, en un intento infructuoso de morir matando. Vencidos y ante el inevitable final, los ciudadanos de Sagunto se arrojaban vivos al fuego para impedir ser apresados por las tropas cartaginesas, mientras las madres asesinaban a sus hijos antes de arrojarse ellas mismas por encima de las murallas. Cuando Aníbal entró finalmente en Sagunto, entrado el año 218 a.C., aquello no era ya una ciudad, sino un montón de ruinas humeantes sembrada de cadáveres. Un mal comienzo para la épica campaña militar que llevaría a Cartago a poner en jaque a Roma durante varios años, y que terminaría en el 202 a.C. en la llanura de Zama, frente a las puertas de Cartago, donde el gran general cartaginés encontraría finalmente la derrota.
Desde la restauración de los Borbones en España en 1874, el país había sido gobernado por una alternancia de dos partidos, el conservador y el liberal. Durante más de treinta años, el caciquismo y el pucherazo electoral habían asegurado el funcionamiento de este antidemocrático sistema de gobierno.
Pero a principios del siglo XX las cosas empezaron a cambiar. Una creciente ola de regionalismo empezaba a aglutinar a los descontentos con el sistema. La burguesía periférica -sobre todo la catalana- empezaba a estar harta de ser gobernada por los de siempre y de no ocupar el lugar que creían merecer en los círculos del poder. Los burgueses catalanistas de Francesc Cambó criticaban abiertamente al gobierno desde la prensa, consiguiendo incluso capitalizar la reacción del ejército en incidentes como el del semanario Cu-Cut! Gracias a este incidente, Solidaritat Catalana arrasó en las elecciones de 1907 en Cataluña, arrollando a los republicanos de Lerroux. Por su parte, los obreros catalanes empezaban a aglutinarse alrededor del sindicato Solidaritat Obrera, en vista de los flirteos que Cambó se traía con los conservadores de Antonio Maura, ganador en las recientes elecciones y nuevo presidente del gobierno.
Un año antes, en 1906, las potencias habían concedido a España el control colonial del norte de Marruecos, y poderosos oligarcas como el Conde de Romanones o el Marqués de Comillas empezaron a construir un ferrocarril que les permitiera rentabilizar sus nuevas minas en Beni-Buifur. En 1909, los cabileños decidieron que ya estaba bien de dejarse robar por los españoles, y atacaron el ferrocarril y las minas, dando comienzo a una guerra que se prolongaría hasta 1927. Maura pensó que la guerra sería una excelente excusa para extender el poder colonial español en África, pero en realidad, los cabileños le estaban dando la del pulpo a los mal preparados y peor equipados soldados españoles. Las noticias sobre matanzas de españoles en Marruecos habían corrido como la pólvora por España cuando llegó la orden de movilización de los reservistas.
Para comprender el estallido social que se produjo acto seguido hay que comprender primero lo injusto del servicio militar español de entonces. Si eras rico y tenías los 6.000 reales necesarios para librarte de la llamada a filas, podías evitar ser asesinado por un moro en una emboscada. Si por el contrario, y como pasaba con la gran mayoría de la población, no podías disponer de ese dinero porque tu sueldo de obrero no pasaba de los 10 reales diarios, estabas obligado a abandonar a tu familia y tu trabajo para incorporarte al ejército y que sea lo que dios quiera. Ni qué decir tiene que tu familia quedaba igualmente condenada a subsistir sin tu ayuda y eso, en unos tiempos donde los salarios eran de verdadera miseria, era condenarles al hambre de forma irremisible.
Los primeros reservistas salieron de Barcelona el 18 de julio, y ya entonces la cosa se había puesto bastante tensa. Solidaritat Obrera organizó una huelga general para el lunes 26 de julio, y Cataluña entera se echó a la calle. Aunque ese día las manifestaciones fueron más o menos pacíficas, al día siguiente se recibieron noticias sobre los desgraciados que habían salido en barco el anterior 18 de julio: los cabileños les habían emboscado en el Barranco del Lobo, un paraje cercano al famoso monte Gurugú, organizando una matanza considerable. Esto fue más de lo que podían soportar los trabajadores catalanes, muchos de los cuales esperaban a ser embarcados en cualquier momento.
Así que el martes 27 de julio la movilización obrera se radicalizó bastante, pero es que la reacción del gobierno también. Maura declaró el estado de guerra, y ordenó al ejército reprimir con dureza las manifestaciones. Las Ramblas se convirtieron en un campo de batalla, con el ejército y los manifestantes cruzándose disparos. Los primeros muertos empezaban ya a tapizar las calles, y los huelguistas empezaron a pegarle fuego a iglesias y conventos, aprovechando la ocasión para mostrar su anticlericalismo. En los días siguientes se produjeron nuevos enfrentamientos, si bien la revuelta carecía de líderes y objetivos. Al parecer, era sólo una reacción popular contra la intención del gobierno de Madrid de enviarles al matadero marroquí por la cara. El gobierno de Maura hubo de hilar fino para aislar a los sublevados. Para impedir que la revuelta se extendiera al resto de España difundieron el bulo de que las manifestaciones estaban promovidas por los separatistas (cuando en realidad la burguesía catalanista se mantuvo prudentemente al margen de las protestas); además, y en vista de que la guarnición de Barcelona se negó a atacar a los huelguistas, enviaron refuerzos procedentes de las principales ciudades vecinas, que consiguieron acabar con las protestas aquel mismo fin de semana.
Al final, la Semana Trágica dejó un balance de 75 manifestantes y tres militares muertos, además de cientos de heridos y numerosos destrozos en la ciudad. Luego, el gobierno de Maura empezó con la represión y la revancha, encarcelando a miles de personas, clausurando partidos, sindicatos y escuelas y dictando arbitrariamente cinco condenas a muerte, entre las cuales se contaba la del pedagogo Francisco Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Cataluña. Al parecer, Ferrer sólo pasaba por allí, pero a los mandos encargados de la represión y a algunos estamentos eclesiásticos dolidos por la quema de sus inmuebles les pareció que la situación era propicia para, aprovechando el clima, deshacerse de un elemento tan molesto. Los condenados a muerte fueron fusilados en el foso del castillo de Montjuich en octubre de aquel año. A otros muchos les esperaban largos años de prisión o destierro, y a miles de trabajadores, dejarse la vida en África para defender los intereses económicos de unos cuantos oligarcas.
Al final, el gobierno de Maura perdió el favor de Alfonso XIII, aunque más por la condena internacional ante la brutalidad de la represión que por los sangrientos acontecimientos de Barcelona que el gobierno de Maura no supo ni quiso evitar.
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En la mañana del 2 de agosto del año 338 a. C. las polis griegas de Atenas y Tebas se preparaban para luchar por su independencia. Lo que no había podido conseguir el gran Imperio Persa durante las largas Guerras Médicas, dominar el mundo helenístico, lo estaba logrando el rey de los macedonios, Filipo II. Los macedonios, hasta hacía poco unas gentes hoscas y semibárbaras, se habían convertido en toda una potencia militar que declaraba sin complejos su intención de invadir a los persas y hacerse con el control de toda Asia. Antes de eso, exigían de los griegos una alianza que prácticamente les convertiría en vasallos del rey macedonio, cosa a lo que los griegos no estaban dispuestos. Al menos, no sin ofrecer resistencia en combate.
Así que aquel tórrido día de verano el último de los ejércitos de hoplitas griegos, con sus cascos de bronce y sus escudos circulares, esperaba la acometida del enemigo bajo el inclemente sol de aquel valle entre montañas de Beocia. Queronea era la puerta de acceso a Tebas y, por supuesto, a Atenas. Los griegos lo sabían, y también Filipo. Si Filipo quería dominar ambas polis, debía atravesar aquellos campos, y los griegos tratarían de impedírselo por todos los medios.
Entre la masa de griegos preparados para el combate se encontraba un cuerpo muy especial. Tan especial era que tenía como nombre el Batallón Sagrado. Eran la élite de las tropas tebanas, y su secreto consistía en que se trataba de un batallón compuesto por parejas de amantes masculinos, en número de trescientos. Aunque la homosexualidad no era rechazada por la cultura griega como lo sería después por la romana y por la cristiana, incluso para los griegos este batallón resultaba de lo más pintoresco. Según Plutarco, este batallón fue creado porque, en el combate, ambos amantes siempre tratarían de demostrarse arrojados y valientes delante de su pareja, multiplicando la efectividad de esta fuerza de élite. Durante algunos años, el Batallón Sagrado luchó en diversas batallas ganándose una merecida fama de luchadores diestros y temibles. Aquel día de verano en la llanura de Queronea, la cosa no les iba a ir tan bien.
Para desgracia de los griegos, tenían enfrente a uno de los mejores generales de la historia, Filipo, que además venía acompañado por un lugarteniente muy especial: su hijo y heredero Alejandro, que unos años más tarde acabaría bañándose en las aguas del Indo tras conquistar la mitad del mundo conocido. De momento no era sino un joven prometedor que lideraba la Punta, el cuerpo de caballería macedonio. La estrategia de Filipo estaba clara, y consistía en enfrentar a las fuerzas griegas contra las largas lanzas de las falanges comandadas por Parmenio mientras Alejandro con la Punta y los heitairoi atacaban el flanco derecho enemigo. Filipo, por su parte, ejecutaría una maniobra de distracción replegando sus falanges para estirar la línea enemiga y abrir un hueco por el que debería meterse Parmenio, rompiendo la línea enemiga y dividiendo al ejército griego.
Entonces, como ahora, un ejército no puede vencer en una batalla si sus flancos quedan desprotegidos. Para un soldado no existe nada más descorazonador que tener que luchar de frente mientras ve cómo el enemigo entra por los lados en su terreno, poniendo en peligro su retaguardia y la vía de retirada. Los griegos lo sabían, y por eso el batallón sagrado era la última de las unidades del ejército griego por la derecha, protegiendo así el flanco con los mejores soldados.
Cuando las líneas griegas se habían estirado lo suficiente, avanzando tras las falanges de Filipo que retrocedían, éste dio la orden a sus hombres de detener el repliegue. Envió a Parmenio la señal para romper el centro enemigo, y a Alejandro la de acosar el flanco derecho griego para distraer la atención. En ese momento, la suerte de los trescientos amantes del Batallón Sagrado estaba echada. A lomos de Bucéfalo, Alejandro se lanzó contra los tebanos acompañado de toda su caballería, que aplastó literalmente al famoso batallón de élite griego. Para cuando Alejandro terminó con su matanza de amantes, los griegos habían tirado definitivamente la toalla. Tebas y Atenas estaban ahora a merced del nuevo caudillo de toda Grecia: Filipo II de Macedonia.
La costumbre de la época en aquellos casos era continuar la matanza, cebándose con los enemigos derrotados. Filipo, sin embargo, no sólo era un buen militar, sino también un político coherente. Decidió que si los griegos debían ayudarle en su próxima campaña de Persia, no sería un buen comienzo asesinar a sangre fría a sus nuevos aliados, de manera que ofreció la paz a los griegos con sus propias condiciones; unas condiciones que los griegos ya no estaban en condiciones de rechazar. El mismo Alejandro se encargó de llevar a término las negociaciones, estableciéndose la Liga de Corinto, donde se instauró la hegemonía macedonia sobre los pueblos de la Hélade.
A Filipo no le dio tiempo de disfrutar de su nueva posición dominante. Un pelagatos le abrió el pecho con un puñal en el año 336 a. C., y nunca llegó a saberse muy bien si lo hizo motu propio o si fue un magnicidio ordenado por terceros. Lo cierto es que Alejandro subió al trono de Macedonia, y los tebanos cometieron el error de pensar que, muerto Filipo, ya no estaban obligados a someterse al nuevo y jovencísimo rey macedocio. Craso error, que se dice, porque Alejandro puso sitio a Tebas en el 335 a. C., la conquistó y asesinó a casi todos sus habitantes, esclavizando al resto. Un aviso para navegantes del que los griegos tomaron cumplida nota. La que hasta entonces había sido una de las polis más importantes de Grecia desapareció por completo, como borrada del mapa. Alejandro, por su parte, volvió grupas para enfrentarse con la mayor campaña de conquista jamás emprendida hasta entonces por un ejército: Persia.
Tebas volvió a ser refundada años más tarde por Casandro, uno de los herederos de Alejandro, aunque se vio reducida a un villorrio miserable casi sin tierras.
Para saber más:
El día 3 de diciembre de 1808 el Emperador francés Napoleón Bonaparte entraba en Madrid por el norte tras haber derrotado previamente a las defensas españolas lideradas por el general Benito San Juan en el puerto de Somosierra. Benito Pérez Galdós relata la toma de la capital de España en uno de sus Episodios Nacionales:
Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines y palacios del costado oriental de la Castellana: figuraos aquella casi desnuda planicie poblada por numerosas tropas francesas de todas armas, con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros, otra contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo, montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las principales naciones del continente; allí estaba disponiendo los movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo con que alternativamente miraba ya a este punto ya al otro. Como es fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia, cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco y sus delgadas y finas sonrisas, el ogro de Córcega nos estaba partiendo de medio a medio. (…)
Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una defensa heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el momento en que llegamos, refuerzo tardío, los de la puerta de los Pozos. Ya no había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la resistencia en el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero no tardamos en perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por treinta cañones, no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo eran de jardín y no de fortaleza. Así es que mientras un regimiento de voluntarios y otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la puerta, los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes, retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de Alcalá. El momento aquél lo fue de gran pánico y de consternación; pero la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y decidida.
Perdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto la calle delTurco y todos los edificios del extremo de aquella gran vía; así es que los imperiales, apoderáronse fácilmente de estos y abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco, dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla.
Se hacía fuego tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de Mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular, y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres.
Napoleón en Chamartín. Benito Pérez Galdós. Fuente: Wikisources.
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En 1805, tras derrotar a los ejércitos austríaco y ruso en la batalla de Austerlitz, el Emperador Napoleón I de Francia prometió a sus hombres que volverían a casa bajo arcos triunfales. Para eso ordenó la construcción de un monumental Arco del Triunfo en París. Los avatares de la Historia, sin embargo, no hicieron posible que los ejércitos del Emperador francés llegaran a desfilar nunca bajo el que debía convertirse en la más impresionante edificación de la capital francesa. De hecho, el monumento no se completó hasta pasados varios años de la muerte de Napleón Bonaparte.
En realidad, Napoleón fue el único militar de su tiempo que desfiló bajo este arco, y sólo lo hizo varios años después de su muerte. En 1840, el cuerpo del que fuera Emperador de Francia y conquistador de Europa, devuelto por los ingleses desde Santa Elena, fue conducido bajo el Arco del Triunfo cuando era transportado a su lugar de descanso definitivo, en la cripta de Les Invalides.
De haber podido fijarse en los detalles de esta construcción, seguro que Napoleón se hubiera maravillado como el que más con las inscripciones que decoran el interior y el exterior del monumento. No en vano, en sus paredes aparecen esculpidas todas las victorias -y alguna que otra derrota- de sus invencibles ejércitos durante los años en que el emperador dejó de ser un perfecto desconocido para convertirse en el amo de Europa.

Pero antes de llegar a doblegar a las potencias del Viejo Continente hubo que librar muchas batallas contra grandes ejércitos, contra muchas coaliciones de países dispuestas a aplastar a la Revolución y al nuevo Imperio. Prueba de la dureza de aquellos combates es la gran cantidad de nombres de altos oficiales, generales y mariscales que aparecen subrayados en tan gloriosas paredes, como señal de que murieron en combate, dejándose la vida en pos de la grandeur de Francia.
De entre todos aquellos generales que se dejaron la piel en la batalla, ninguno jugó un papel tan trascendental para Napoleón como Louis Charles Antoine Desaix, y pocas victorias de las talladas en los gloriosos muros del Arco del Triunfo fueron tan reñidas y ajustadas como la que el ejército francés logró el 14 de junio de 1800 en los campos piamonteses de Marengo.
Aquel 14 de junio, el flamante nuevo Cónsul de la República Napoleón Bonaparte, que seis meses antes se había hecho con el poder derribando al Directorio en el golpe de estado del 18 de Brumario, veía con desesperación cómo sus planes de arrojar a los austríacos fuera de Italia se venían abajo. Tras toda una mañana de combates, el grueso del ejército austríaco dominaba ya la mayor parte del campo de batalla, mientras el ejército francés se encontraba demasiado diseminado, ocupado en proteger sus flancos y ampliamante superado en número por el enemigo.
El resultado de esta batalla era crucial para los planes de Napoleón. Por una parte, su prestigio como general invencible estaba en riesgo, y por otra, vencer en Marengo era imprescindible para arrojar a los austríacos fuera de Italia y obtener ventajosas condiciones en el próximo tratado de paz. Aquel día, sin embargo, la cosa no pintaba nada bien. Como último recurso, Napoleón ordenó a sus reservas reforzar las posiciones del frente. Era una táctica arriesgada, ya que con ello se quedaba sin recursos en el caso de un contraataque enemigo. Entonces, cuando menos se le esperaba, apareció en el puesto de mando francés el general Desaix, montado a lomos de su caballo y ataviado con su más elegante uniforme de gala. Sin desmontar, se acercó al caballo desde donde el Primer Cónsul de Francia observaba la batalla.
Napoleón se quedó mirando cómo Desaix observaba durante un rato aquella tremenda confusión que era el campo de batalla. Desaix contemplaba la situación como si todo aquello le fuera ajeno; como si la propia batalla no fuera con él. Ni excitación, ni temor ante la inminente derrota. Desaix, por supuesto, era un noble de antigua familia. Revolucionario hasta la médula, cierto, pero noble al fin y al cabo, y bajo ninguna circunstancia permitiría que nadie de aquella chusma viera el más mínimo signo de emoción en su rostro.
-¿Cómo lo ves, Antoine? -Preguntó Napoleón.
-Fatal, excelencia. Esta batalla está totalmente perdida. Hasta un ciego se daría cuenta.
Ambos se conocían desde hacía años, y se profesaban un mutuo respeto basado en la confianza respecto a las aptitudes militares del otro. Habían combatido juntos en Egipto, y también habían pasado juntos por no pocas penalidades en aquella dura expedición. Aunque ahora Napoleón era la cabeza del estado francés, era impensable que Desaix se dirigiera a él en otro tono que no fuera el de un igual. Napoleón lo sabía, y lo aceptaba. Nunca le había gustado la pompa, y no la exigía en sus subordinados.
-¿Entonces? -Inquirió Napoleón al general Desaix.
-Bueno, sólo son las cinco de la tarde. Hemos perdido una batalla pero tenemos tiempo para ganar la siguiente. Si machacas con la artillería el centro austríaco y los entretienes lo suficiente, me arrojaré sobre ellos con los tres regimientos de la División Boudet antes de que puedan darse cuenta.
-De acuerdo, daré las órdenes oportunas. ¡Buena suerte Antoine!
Y tal como llegó, pausadamente, Desaix se marchó del puesto de mando francés con su caballo al paso, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Aquella fue la última vez que Napoleón vio a Desaix cara a cara. Unos minutos más tarde, le vio arrojarse a galope tendido, sable en mano, sobre el grueso de las líneas enemigas, seguido de cerca por sus húsares y perdiéndose entre las nubes de polvo y de humo de pólvora.
Los sorprendidos austríacos, que no esperaban los refuerzos franceses, perdieron la iniciativa de la batalla y empezaron a retroceder, acosados por todos los flancos por los hombres de Desaix, de Murat, Kellerman y Marmont. Antes de la caida de la tarde, el campo de Marengo pertenecía a Francia, y Austria era expulsada de Italia, al menos durante un tiempo. Aquel día Napoleón, en efecto, perdió una batalla y ganó otra.
A Desaix le encontraron horas más tarde entre los cadáveres que sembraban el campo de batalla. Un fusilero austríaco le acertó de lleno durante una de las heroicas cargas que protagonizó aquella tarde. De esta forma, el general Desaix también se ganó un rincón en las paredes del Arco del Triunfo y la mención imperecedera de su valentía en los libros de Historia.
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