De repente, y contra todo pronóstico, Roma tenía un nuevo e inesperado emperador. Hasta entonces, el Imperio había tenido que conformarse -con mejores o peores resultados- con un animal político ávido de poder, con un anciano maniaco sin interés alguno por el gobierno y con un joven demente sanguinario. Ahora Roma iba a probar algo nuevo y diferente: el gobierno de un erudito, de un estudioso de la historia que nunca tuvo intención de gobernar. A pesar de su reticencia, Claudio tenía la gran oportunidad de demostrar al mundo que un historiador podía ser mejor gobernante que un político o un militar.
Pero al principio, tras la violenta muerte de Calígula, las cosas estaban bastante revueltas en Roma. Mientras los asesinos del anterior emperador y el Senado clamaban por la restauración de la República, la guardia pretoriana protegía a Claudio, a quien habían proclamado emperador (un nombramiento a todas luces ilegal, pero que contaba con la validez que le daban las espadas de la guardia imperial). Sabiendo el Senado que no podía enfrenarse con las numerosas cohortes de pretorianos acantonadas en los alrededores de la ciudad, no tuvo más remedio que plegarse a este nombramiento y aceptar a Claudio como emperador.
Los temores del Senado sobre la capacidad de Claudio para ejercer el gobierno se disiparían muy pronto. Claudio no era ningún loco, y tampoco estaba ávido de poder. Claudio, de hecho, siempre había profesado ideas republicanas, al igual que su fallecido hermano Germánico. Por desgracia para él, sabía bien que no podía renunciar al cargo, ya que eso podía significar su muerte. Él, que siempre había sido un superviviente ante todas las intrigas que habían rodeado a su familia, ahora consideraba que permanecer como emperador era su mejor opción para conservar la vida. En fin, ya que no tenía más remedio que gobernar, al menos trataría de hacerlo lo mejor posible.
Entre sus primeras decisiones, devolvió la independencia al Senado de Roma, convirtiéndolo de nuevo en una cámara representativa de la ciudadanía, y liberándolo del servilismo en el que había caído durante los gobiernos de Tiberio y Calígula. Derogó la mayor parte de las enloquecidas disposiciones del gobierno de su sobrino y acometió una serie de importantes obras públicas destinadas a asegurar el abastecimiendo de agua y grano a Roma para evitar las cíclicas hambrunas que asolaban a la población. Mandó construir nuevos acueductos y acometer la necesaria reforma del puerto de Ostia para permitir el atraque bajo cualquier clima de los barcos que abastecían de alimentos a la capital imperial. Claudio intentó también devolver la seriedad a la judicatura romana, encargándose incluso de presidir personalmente gran número de juicios.
Después de años de terror político, el pueblo de Roma empezaba a respirar tranquilo. El nuevo emperador no parecía predispuesto al asesinato o a la violencia indiscriminada. Sin embargo, antes de considerarle definitivamente como un líder aceptable, Claudio debía demostrar que, además de un buen administrador, era también un líder militar victorioso. Sus antecesores se habían destacado en guerras civiles, en Hispania, Germania o Panonia, pero ahora las fronteras del Imperio se encontraban bastante pacificadas. Ni siquiera la díscola región de Oriente Medio, gobernada ahora por Herodes Agripa, amigo personal de Claudio, daba muestras de disturbios inminentes. Claudio necesitaba un terreno en el que demostrar sus aptitudes militares, expandiendo de paso el Imperio. Ese terreno sería Britania, la isla septentrional donde incluso Julio César había fracasado en su intento de conquista un siglo antes.
Los orgullosos britanos, lejos de consentir el dominio romano, ofrecieron una fuerte resistencia bajo el mando de Carataco, su más carismático líder. El orgullo y la bravura britanas no pudieron, sin embargo, impedir que la implacable maquinaria de guerra romana les pasara por encima, y Carataco terminó exhibido por el foro de Roma en el desfile triunfal de Claudio. Como gesto de indulgencia hacia el enemigo vencido, y rompiendo la tradición romana de ajusticiar a los líderes enemigos al finalizar el desfile triunfal, Claudio perdonó la vida de Carataco y su familia, permitiéndoles vivir en la campiña romana por el resto de sus días. Con este gesto se gano el aprecio del pueblo romano, así como el respeto de los britanos, más dispuestos a aceptar el dominio de un conquistador benevolente.
De esta forma Claudio afianzó su posición en Roma como jefe militar competente, capaz de proteger y ampliar el Imperio. Las incorporaciones de las nuevas provincias en África y Britania y la inestabilidad política en Oriente Medio le permitieron extender las fronteras de Roma más lejos de lo que nunca habían llegado, y eso significaba nuevos ingresos por botín de guerra, por concesiones administrativas sobre las explotaciones mineras y agrícolas en las nuevas tierras y por impuestos de cientos de miles de nuevos súbditos. Una nueva era de prosperidad se abría para Roma bajo el gobierno de Claudio; sin embargo, las intrigas dentro de la casa del emperador iban a marcar el futuro del Imperio. El emperador padecía una debilidad mucho mayor que la que afectaba a su maltrecho cuerpo: su dependencia emocional de sus mujeres, asunto que trataremos en una próxima entrada.
TweetTags: historia, Personajes, Roma
Etiquetas: historia, Personajes, Roma

















18 septiembre, 2009 a las 13:21
Eres un artista
24 septiembre, 2009 a las 20:20
Espero con interes el siguiente capitulo. Este Claudio…. Besitos.
24 septiembre, 2009 a las 21:14
Os agradezco la visita y los elogios. Para más entradas tendréis que esperar un poco, porque mis recientes nuevas ocupaciones me impiden dedicarme a escribir. Los que sois blogueros sabéis que para eso se necesita un estado de concentración que ahora me resulta imposible de conseguir.
No obstante, en breve trataré de volver con el final de Claudio y alguna cosilla más. Saludos y todos y muchas gracias.