Las viejas supersticiosas aseguraban que el infierno era un lugar de hornos ardientes donde las almas eran torturadas por toda la eternidad. Seguro que aquellas pobres viejas nunca habían padecido las inclemencias del invierno finlandés.
De haber estado allí con ellos, a buen seguro que las abuelas rusas cambiarían sus relatos de terror sobre el infierno y las almas en pena.
Porque ellos estaban en el infierno, eso era seguro. Y no era ardiente; estaba helado como el corazón de los muertos y era blanco, un blanco infinito e inmaculado. El infierno era de una blancura aterradora, y los demonios estaban por doquier. Estos demonios recolectaban cada día su ración de jóvenes almas de soldados rusos para llevárselas con ellos sin que nadie les viera. Por la noche en los cuarteles, al calor de las estufas, los soldados veteranos contaban a los nuevos reemplazos historias sobre el terrible destino de los soldados que les habían precedido, a pesar de que dichas historias estaban expresamente prohibidas por los oficiales. Yuri, recién llegado al frente, opinaba que era mejor no prestar oídos a tales historias. La mejor forma de sobrevivir era tratar de no separarse del grupo, no perderse en la nieve, y obedecer las órdenes de los mandos. El ejército soviético era infinitamente más poderoso que aquellos infelices finlandeses, y estaba seguro de que completarían sus objetivos en pocas semanas.
El objetivo no era otro que el istmo finlandés de Carelia. A Stalin se le había metido en la sesera que aquel paraje helado debía pertenecer a la Unión Soviética, como si la URSS no tuviera ya suficientes páramos helados. Incomprensiblemente, y lejos de echar a correr ante el poderío ruso, los finlandeses habían plantado cara a su enemigo con una decisión que había pillado a los rusos por sorpresa. El ejército finlandés parecía haberse especializado en atacarles con pequeñas escuadras que se desplazaban sobre esquíes. Aparecían de repente, disparaban con una precisión demoledora y desaparecían sin que se les pudiera dar caza. Nadie podía predecir dónde o cuándo efectuarían su siguiente ataque, y en muchas ocasiones ni siquiera quedaban testigos que pudieran relatar lo sucedido.
A Yuri le tocaba guardia esa noche. Eran dos horas de un frío sin consuelo caminando entre la nieve del suelo y un límpido cielo estrellado; dos horas en las que su única compañía era la aurora boreal que iluminaba los cielos árticos. Por más que tratara de aguzar la vista era imposible distinguir nada en aquella penumbra fantasmal. Poco a poco iban calando en su alma las historias cuarteleras que había escuchado sobre uno de aquellos demonios finlan
deses a los que las tropas rusas conocían como Belaya Smert -La Muerte Blanca-. Era el más mortífero de los tiradores enemigos, y se contaba que había matado a cientos de rusos en las pocas semanas que habían transcurrido desde el comienzo de la guerra. Lo que Yuri no podía saber es que su suerte ya estaba echada. Hacía bastante rato que Simo Häyhä, La Muerte Blanca, apuntaba a Yuri con su arma. Enterrado en la nieve y vestido completamente de blanco era indistinguible del terreno. Nada le delataba. Su rostro estaba cubierto por una máscara blanca. Simo se había negado a utilizar un rifle con mira telescópica para no verse traicionado ante el enemigo por algún reflejo ocasional de la lente.
El frío era igual para todo el mundo, pero Häyhä estaba acostumbrado. Desde niño había acechado a los alces por los bosques del norte, y ahora acechaba a sus enemigos con la misma paciencia, sin albergar hacia ellos ningún resentimiento. Ahora apuntaba cuidadosamente a un soldado que hacía su ronda. No era nada personal: le ordenaron matar rusos y él mataba rusos. Cuando decidió que no tendría una mejor oportunidad de disparar apretó con suavidad el gatillo del arma y al instante supo que su enemigo estaba muerto. Yuri oyó el disparo cuando aún no se había percatado de que una bala le había atravesado el pecho. No vio a su verdugo, pero supo al instante que La Muerte Blanca le había alcanzado. Antes de desvanecerse, y sin tiempo de sentir más miedo del que ya sentía, se permitió un último pensamiento sobre cómo sería el hombre que le había matado. Luego empezó a sentir de repente un agudo dolor y aquel mundo de blancura infinita se volvió negro para siempre. Yuri ya estaba muerto cuando cayó sobre la nieve.
La Guerra de Invierno que enfrentó a la URSS y a Finlandia entre noviembre de 1939 y marzo de 1940, una de tantas guerras olvidadas por la historia, tuvo una gran trascendencia en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. La URSS, en efecto, invadió Finlandia y se apoderó del istmo de Carelia, pero lo hizo a un precio prohibitivo. En tres meses y medio de guerra Rusia reconoció la pérdida de unos 270.000 soldados muertos o heridos sobre el suelo finlandés, aunque algunas fuentes afirman que esta cifra fue maquillada por el gobierno soviético para ocultar un desastre humano mucho mayor que podría ascender a más de 600.000 hombres. Estas enormes pérdidas pudieron ser fundamentales cuando un año más tarde las tropas del III Reich invadieron la Unión Soviética. A su vez, Stalin tomó conciencia de que depurar al ejército de casi toda su oficialidad y sustituirla por comisarios políticos no había sido muy buena idea que digamos, y rescató de la deportación a muchos de estos mandos para poner un poco de orden en sus fuerzas antes de que estallara la gran guerra que se avecinaba.
Finlandia perdió a unos veinticinco mil hombres de su pequeño ejército, lo que la colocó al borde del colapso militar, pero supo defender su territorio de la invasión con toda la fuerza que le fue posible reunir, ganándose con ello la admiración y la simpatía del resto de las naciones. Entre los muchos héroes de aquella guerra destaca la pequeña y delgada figura de Simo Häyhä, tirador de élite finlandés que sumó más de 500 soldados rusos muertos, lo que le valió el apodo de “La Muerte Blanca”.
Pues por una de estas casualidades de la vida, estaba releyendo unos comentarios de Manu Leguineche sobre esta guerra. Sobre el tiro de precisión no voy a decir nada, que se me asusta Dodo.
¡Ostras! ¡Manuel Leguineche! Aún recuerdo cuando leí su libro “El camino más corto”. Pedazo de libro, oiga.
Tremendo libro, efectivamente. Dos años en jeep, a salto de mata XD Cuando vendía pildoras en la selva, creí que me daba algo
Me ha impresionado mucho, desconocía todo esto que has contado. Debe ser terrible sentirse tan indefenso frente al enemigo. Pero cada cual debe defenderse como mejor pueda, y sin duda fue un acierto esta estrategia de los finlandeses. Saludos cordiales.
Hola de nuevo, se te echaba de menos. Yo tambien desconocia este pasaje de la historia, pero ..desconosco tantos. Enhorabuena por tu iniciación universitaria. Saludos
Que bueno, me gusta esta mezcla esta mezcla entre relato y post Histórico que has hecho.
Saludos