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01 Nov 09 La nana más triste del mundo

Nada recuerda hoy en los muros de la antigua prisión madrileña de Torrijos que allí permanecieron encarcelados casi tres mil presos de la dictadura franquista. Nada, excepto una placa conmemorativa que recuerda a un poeta, y a un poema.

En septiembre de 1939, perdida la guerra, los supervivientes leales a la República que no habían querido o podido huir de España iniciaban un largo periplo de vejaciones y abusos por las prisiones del fascismo; eso cuando no terminaban sus días fusilados frente a la tapia de un cementerio. En aquel aciago verano de brazos alzados y caras al Sol, lejos ya cualquier esperanza, las familias de los represaliados se enfrentaban al fantasma del hambre y de la marginación en un país destruido por la guerra donde ya no eran bienvenidos. Dentro de las prisiones, los reclusos debían soportar la doble condena de la falta de libertad y de ver a sus familias languidecer en la miseria.

Uno de aquellos reclusos era el poeta Miguel Hernández. Miguel pensó en un primer momento que, no habiendo cometido él ningún delito, no tenía nada que temer, y que podría regresar a su pueblo y vivir allí con su esposa Josefina y su hijo recién nacido. Nada más lejos de la realidad: los vencedores esperaban con ansia abalanzarse sobre los restos del enemigo vencido, y tomar cumplida venganza de todas las afrentas reales o supuestas de tres años de conflicto. Cuando quiso darse cuenta de esta cruel realidad, Miguel ya no pudo huir. El que fuera poeta del pueblo, ahora pasaba los días encerrado y atormentado por el futuro que le esperaba a su familia. Las noticias no podían ser más agoreras, porque su mujer acababa de escribirle una carta donde le contaba que sólo tenía para comer pan y cebolla. Él, encarcelado sin juicio ni sentencia, escribió este poema a su hijo pequeño Manuel Miguel, junto con unas breves letras para su esposa:

Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando estas coplillas que he hecho, ya que para mí no hay otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.

Este poema, de tristeza incomparable, fue musicado por Alberto Cortez y Joan Manuel Serrat, convirtiéndose en una bellísima canción.

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