Esta gran explanada, en pleno centro del moderno París monumental, hoy lugar de paso obligado para millones de turistas, se instaló la guillotina durante los años del Terror de la Revolución Francesa para acabar con la vida de miles de franceses. La plaza que fuera en tiempos llamada “de Luis XV”, pasó a convertirse en “Plaza de la Revolución”, y durante aquellos convulsos años fue el escenario de actos públicos multitudinarios, especialmente del ajusticiamiento de Luis XVI y de su esposa María Antonieta. Superados aquellos años del Terror, el gobierno de la I República Francesa la rebautizó como “Plaza de la Concordia“, en un intento de limpiar de la memoria colectiva las atrocidades cometidas en aquel lugar.
Pasado un tiempo, la Revolución pasó a la Historia, como también pasó el reinado de Napoleón Bonaparte. Con el regreso de los borbones, un acontecimiento inesperado iba a dar a la Plaza de la Concordia una nueva relevancia histórica inesperada: El joven Jean François Champollion descifró el lenguaje jeroglífico egipcio gracias a una copia en papel de las inscripciones de la Piedra de Rosetta. Posteriormente, Champollion viajaría a Egipto para descubrir con asombro que la Historia de aquel milenario país se encontraba tallada en las piedras de sus imponentes monumentos. Durante su viaje, el virrey otomano de Egipto, Mehmet Ali, regaló a Francia los dos obeliscos que flanqueaban la entrada al Templo de Luxor.
Aunque Chapollion murió en marzo de 1832, uno de los obeliscos de Luxor emprendió un largo viaje en barco desde su emplazamiento original en Egipto que le llevaría hasta París. Fue el último de los reyes de Francia, Luis Felipe de Orleans, quien decidió su destino final. Fue erigido tal día como hoy, el 25 de octubre de 1836, sobre un pedestal en pleno centro de la Plaza de la Concordia. Allí sigue en la actualidad. En la imagen pueden verse al fondo el Arco de Triunfo y la Torre Eiffel.
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