Todavía recuerdo –por qué no decirlo, con un poco de miedo– el calurosísimo verano de 2003. En Sevilla sufrimos la inclemencia del calor extremo con más o menos paciencia, refugiados en la penumbra de las casas y tratando de mantenernos frescos bajo el aire acondicionado. Por las tardes, el cielo llegaba a oscurecerse a causa de la calima. Salir a la calle era como explorar la superficie de Venus a pie. En fin, hay que vivir aquí para entender lo que digo.
Hoy se cumplen siete años del fabuloso apagón que dejó sin electricidad a amplias zonas del noreste de Estados Unidos y a gran parte de Canadá. Aquel 14 de agosto de 2003 fue un día especialmente caluroso en la costa este norteamericana, y al parecer, las redes eléctricas no estaban preparadas para la sobrecarga que se produjo a causa del excesivo consumo de electricidad por parte de varias de las más pobladas ciudades de ambos países.
En pocos segundos a partir de las 16:11 horas, la red de distribución eléctrica cayó sometida al llamado «efecto dominó», y comenzó el previsible caos, incrementado por la paranoia de terror en la que se encontraban sumidos los Estados Unidos desde los atentados del 11-S. Las autoridades movilizaron de inmediato a todos sus efectivos policiales y de emergencias para controlar la situación, y gracias a ello se evitó en gran medida la catástrofe social acontecida durante el anterior gran apagón de 1977.
Sin embargo, poco podía hacerse para remediar el colapso circulatorio. Millones de personas quedaron atrapadas en atascos monumentales que durarían muchas horas, mientras otras miles quedarían varadas en los aeropuertos, cerrados por falta de electricidad. Cientos de aviones en el aire se vieron obligados a desviarse hacia otros destinos, lejos de aquel área mayor que la superficie de España que, de repente, se había quedado a oscuras.
Situaciones como éstas deben ser un paraíso para los sociólogos, que tienen la oportunidad de estudiar las reacciones de grandes masas de gente sometida a una situación extrema. Para los afectados, sin embargo, fueron horas de zozobra y preocupación. La red de telefonía móvil dejó de funcionar, y nadie podía obtener noticias de sus seres queridos ni conocer su paradero. En ese momento parecía que toda la costa este había regresado al siglo XIX.
Afortunadamente, y a pesar de la gran extensión del apagón, se fue recuperando paulatinamente el servicio eléctrico. En algunos lugares el apagón duró sólo unas horas. En otras, la gente tuvo que esperar varios días hasta ver restablecida la energía. El apagón del 14 de agosto de 2003 pasó a convertirse en el segundo mayor apagón de la historia.
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