Desde que se extendiera en España el intercambio de música en formato mp3, allá por el año 1997, Internet ha cambiado mucho. Básicamente se trata del mismo concepto de red, pero las velocidades de acceso se han multiplicado exponencialmente. También las tecnologías de visualización y generación de contenidos han mejorado, lo cual ahora me permite escribir en esta página sin más conocimientos técnicos que darle a un par de botones.
Como decía, la cosa ha cambiado mucho. En 1997, bajar una canción por Internet, además de complicado, era lento, exageradamente lento. También nosotros hemos cambiado, y mucho, como sociedad. La antigua costumbre de copiar discos de vinilo a cassette, aquella doble platina para copiar cintas, el intercambio callejero entre amiguetes, ha dado paso a costumbres propias de la “aldea global” en la que vivimos.
No soy experto en sociología (ni experto, ni entendido ni nada), y desde luego, se tanto de leyes como de reparación de motores de aviación. Sin embargo, sé distinguir que algo está sucediendo, que algo ha pasado ya a lo largo de la última década, que hace a esta sociedad diferente de todas las anteriores en la Historia. Hemos adaptado nuestras costumbres “ancestrales”, nuestras relaciones sociales y nuestras necesidades de consumo a la existencia de Internet. Lo hemos asimilado, y a continuación, lo hemos olvidado, es decir, que no pensamos más en ello.
Cuando sacamos dinero de un cajero, cuando trabajamos en la oficina, cuando nos divertimos jugando, cuando leemos la prensa, cuando caminamos por la calle, estamos haciendo constantemente uso de Internet. Incluso la telefonía se ha adaptado a la Gran Red. Muchos de los actuales teléfonos ya no se conectan a una central convencional de telefonía, sino que son terminales de un servidor IP a través del cual realizan llamadas telefónicas por Internet sin que el usuario lo perciba. En los últimos meses se ha extendido mucho el uso de la red Iberbanda en España. Pues bien, todos esos teléfonos utilizan la llamada “telefonía IP“, que está llamada a ser el futuro de las comunicaciones por voz e imagen.
En todas estas nuevas costumbres hay grandes oportunidades de negocio. Todas las grandes empresas de banca, comunicaciones, software, las administraciones públicas (más despacio, aunque también se están subiendo al tren) han sabido darse cuenta de que Internet es el futuro. Si ellos no lo aprovechan, vendrá otro que sí lo hará, y las inversiones son billonarias. Sólo un sector no ha sabido adaptarse a las nuevas tecnologías: la industria de la creación audiovisual. Su modelo de mercado es idéntico al de hace diez años: ellos venden su producto en un soporte físico a un precio impuesto por ellos, la gente lo compra sin saber realmente si el contenido les resultará satisfactorio, y se terminó el tema.
Sin embargo, la sociedad sí ha cambiado, y ellos no lo han sabido ver. Estamos en la era de las comunicaciones, de la televisión por satélite y de la saturación informativa. Tenemos acceso sin movernos de nuestras casas a una oferta audiovisual como nunca hemos tenido y, mira tú por dónde, eso nos ha hecho críticos. Nos gusta comparar lo que consumimos, probar el producto antes de comprarlo, y cada día nos hemos vuelto más impermeables a la publicidad como efecto de la saturación publicitaria a la que estamos sometidos. Por si esto fuera poco, tenemos en casa los medios técnicos necesarios para buscar, descargar y convertir contenidos desde Internet, y eso incluye un fondo prácticamente inagotable de contenidos audiovisuales.
Desde luego, la industria productora audiovisual lleva años poniendo el grito en el cielo, y no le falta algo de razón para ello. Su modelo de negocio, basado en la limitación del usuario para acceder a los contenidos y una estricta legislación de derechos de copia, se disuelve como un azucarillo en el café. Antes, cuando alguien distribuía ilegalmente materiales audiovisuales, debía poner en marcha una importante maquinaria de copia, distribución y blanqueo de los beneficios, y era fácilmente perseguible por la ley. Ahora, cientos de millones de usuarios de todo el mundo comparten los contenidos, sin más medios que sus ordenadores de sobremesa y sin más ánimo que el de ver una película o escuchar un disco.
La industria dice que este intercambio le reporta unas importantísimas pérdidas, si bien se demuestra que el sector está en un permanente auge comercial: Se venden más discos y DVD de nunca, los artistas tienen más conciertos y galas que nunca, y el cine derrocha glamour y medios en superproducciones de altísimo presupuesto. Entonces, ¿Qué es lo que está pasando realmente?
Sin duda, las creaciones artísticas modernas (llámense cine, música, pintura o cualquier otro tipo de manifestación artística) se crean con un solo objeto: ganar dinero. Cuando un artista deja todo lo demás y se dedica profesionalmente a su arte, lo que quiere es recibir por ese arte una compensación económica, además del reconocimiento social que, como artista, podría darle la fama. En la edad media, los juglares obtenían esa compensación económica cantando por calles y plazas a cambio de la voluntad. Más adelante, artistas de la talla de Mozart trabajaron por encargo para las grandes monarquías europeas. Otros locos geniales como Van Gogh murieron en la miseria, desconociendo el dineral que poco más tarde llegaría a pagarse por su obra. Hoy, se diría que el ideal de un músico incipiente es vender un montón de CD’s y hacerse millonario cuanto antes. A sabiendas de que para eso se necesita una maquinaria publicitaria muy importante, expertos en marketing y contactos en radio y televisión, los artistas se ligan por contrato a las grandes empresas discográficas. Ellas son las que van a obtener casi todo el beneficio económico del trabajo de estos artistas.
Antiguamente se podía decir que el trabajo de elaboración y montaje de un disco, más allá de la genialidad de un autor, implicaba el trabajo de un numeroso grupo técnico y el uso de maquinas sofisticadas y caras. La música se grababa en cintas maestras de múltiples pistas, y estas pistas se mezclaban manualmente en lo que suponía un trabajo virtuoso por parte del mezclador. En efecto, era caro. Era.
Hoy, estas tecnologías se han democratizado. La grabación digital lo ha cambiado todo, y ya no es necesario viajar, por ejemplo, a Londres para grabar en un estudio afamado por su calidad técnica. Sin embargo, la industria sigue vendiendo el proceso de producción como si de la construcción del Monasterio del Escorial se tratase. Con ello justifica que, a pesar de las nuevas tecnologías que abaratan los costes, el producto final siga siendo tan caro como antes. Desde luego, de ese precio final, el artista sólo ve una ínfima parte.
Yo he descargado muchos discos por Internet. De ellos, hay una gran mayoría que, simplemente, he borrado porque no me gustaban. De otro buen porcentaje podría decir que tengo originales de esa misma obra en vinilo, pero cuesta menos trabajo y tiempo bajarlo de Internet que grabarlo y convertirlo a partir del vinilo. De otros tengo originales en CD, pero por el mismo motivo que los anteriores, no me apetece andar trasteando. Y existe un pequeño porcentaje de estos que sí me gustan, que sí conservo, y de los que no dispongo del original. Entonces… ¿Estoy cometiendo un delito por descargar música por Internet? La respuesta es no.
La legislación española reconoce el derecho a la propiedad intelectual de los autores, así como la protección del copyright de los productos, pero al mismo tiempo, reconoce el derecho de los usuarios a disponer de copias de materiales audiovisuales protegidos por copyright para uso privado. Esto se puede resumir diciendo que, a menos que se copien contenidos sujetos a derechos de autor con ánimo de lucro, toda copia de estos contenidos es legal, y está amparada por la ley. Es un derecho de los ciudadanos.
Recientemente, la industria ha argumentado en los tribunales que existe una forma de ánimo de lucro, conocida como “lucro cesante“, según la cual el usuario obtiene un lucro en la misma medida que la industria discográfica deja de percibir ingresos a causa de la copia de sus contenidos realizada por el usuario. Bien, pues el intento de la industria por que se reconociera esta figura legal fracasó estrepitosamente.
Más recientemente aún, países como Francia o el Reino Unido están imponiendo restricciones sobre las descargas por Internet, generando una fuerte controversia, ya que para controlar este flujo de datos, es necesario violar el secreto de las comunicaciones entre particulares sin que existan indicios previos de la comisión de un delito. Afortunadamente, en España estamos aún muy lejos de esta situación.
La polémica en España tiene otro nombre: “Canon“. Aquí, todos los ciudadanos, compartamos o no contenidos audiovisuales protegidos por derechos de autor, estamos obligados a pagar un canon en concepto de “compensación” por las pérdidas ocasionadas por la copia privada. Entonces, si estamos obligados a pagar, ejerzamos o no nuestro derecho a la copia privada, ¿Somos unos delincuentes por descargar música y películas por Internet?
Por mucho que los medios insistan en titular “descargas ilegales” para la distribución entre particulares de estos contenidos a través de Internet sin ánimo de lucro, lo cierto es que están engañando a los ciudadanos, ofreciendo información falsa sobre la figura legal de la descarga por Internet. Incluso las administraciones públicas caen en esa misma falsedad en multitud de ocasiones, promoviendo campañas publicitarias contra la piratería donde incluyen estas descargas. Esperemos que esto no se traduzca en el futuro en una posible voluntad política de suprimir este recién adquirido derecho de los ciudadanos.
Nuestras comunicaciones deben seguir siendo secretas, privadas. Nuestros ordenadores domésticos, más allá de los indicios razonables de que se pueda estar cometiendo un delito (y los internautas como colectivo han demostrado hasta la saciedad que son ciudadanos modelo denunciando actividades tan graves como la pederastia o la pornografía infantil), deben seguir siendo inviolables. Nuestros ordenadores son nuestra casa, y la industria audiovisual debe apartar sus codiciosas manos de nuestras casas.