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Efemérides: El gran apagón de 2003

efemérides Sin comentarios »

Todavía recuerdo –por qué no decirlo, con un poco de miedo– el  calurosísimo verano de 2003. En Sevilla sufrimos la inclemencia del calor extremo con más o menos paciencia, refugiados en la penumbra de las casas y tratando de mantenernos frescos bajo el aire acondicionado. Por las tardes, el cielo llegaba a oscurecerse a causa de la calima. Salir a la calle era como explorar la superficie de Venus a pie. En fin, hay que vivir aquí para entender lo que digo.

Hoy se cumplen siete años del fabuloso apagón que dejó sin electricidad a amplias zonas del noreste de Estados Unidos y a gran parte de Canadá. Aquel 14 de agosto de 2003 fue un día especialmente caluroso en la costa este norteamericana, y al parecer, las redes eléctricas no estaban preparadas para la sobrecarga que se produjo a causa del excesivo consumo de electricidad por parte de varias de las más pobladas ciudades de ambos países.

En pocos segundos a partir de las 16:11 horas, la red de distribución eléctrica cayó sometida al llamado «efecto dominó», y comenzó el previsible caos, incrementado por la paranoia de terror en la que se encontraban sumidos los Estados Unidos desde los atentados del 11-S. Las autoridades movilizaron de inmediato a todos sus efectivos policiales y de emergencias para controlar la situación, y gracias a ello se evitó en gran medida la catástrofe social acontecida durante el anterior gran apagón de 1977.

Sin embargo, poco podía hacerse para remediar el colapso circulatorio. Millones de personas quedaron atrapadas en atascos monumentales que durarían muchas horas, mientras otras miles quedarían varadas en los aeropuertos, cerrados por falta de electricidad. Cientos de aviones en el aire se vieron obligados a desviarse hacia otros destinos, lejos de aquel área mayor que la superficie de España que, de repente, se había quedado a oscuras.

Situaciones como éstas deben ser un paraíso para los sociólogos, que tienen la oportunidad de estudiar las reacciones de grandes masas de gente sometida a una situación extrema. Para los afectados, sin embargo, fueron horas de zozobra y preocupación. La red de telefonía móvil dejó de funcionar, y nadie podía obtener noticias de sus seres queridos ni conocer su paradero. En ese momento parecía que toda la costa este había regresado al siglo XIX.

Afortunadamente, y a pesar de la gran extensión del apagón, se fue recuperando paulatinamente el servicio eléctrico. En algunos lugares el apagón duró sólo unas horas. En otras, la gente tuvo que esperar varios días hasta ver restablecida la energía. El apagón del 14 de agosto de 2003 pasó a convertirse en el segundo mayor apagón de la historia.

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14 agosto, 2010 |

Etiquetas: 2003, Apagón, efemérides, estados unidos



La prostitución de la memoria

Memoria histórica, Opinión, Política, relatos 9 comentarios »

Relato novelado basado en un hecho real:

Aquel día 10 de agosto había sido asfixiante, especialmente allí, encerrado entre las cuatro sucias paredes de la improvisada celda falangista cercana a la sevillana Puerta Osario. Constantemente entraba y salía gente, aunque siempre entraba más de la que salía, y era complicado echar una cabezada para evadirse del calor y del mal olor con ese atronar de botas militares y gritos. De los que compartían la celda con Blas, ninguno se hacía ilusiones: aquello era la antesala de la muerte. Casi todos estaban allí encerrados por algún motivo: enemistades personales, rencillas familiares, asuntos de dineros… los había incluso que estaban detenidos por motivos políticos, y Blas era uno de esos pocos.

Aunque llevaba varios días preso, nadie le había dicho el porqué de su encarcelamiento. Él, que siempre había vivido por y para el derecho, observaba atónito que cualquier atisbo de unas garantías procesales había desaparecido de la mano de aquellos camisas azules con pistola al cinto, cuyos puños eran lo único más rápido que sus gatillos. Había dejado de preguntarse los motivos de su detención, ya que pareciera que la lógica se había roto como un vidrio fino bajo el peso de aquellas botas militares que zapateaban por los corredores.

Y en un momento como otro cualquiera, cuando ya se habían apagado las últimas luces del día, la puerta se abrió violentamente –estos todo lo hacían con mucha violencia, acojonando al personal a cada paso que daban– y una voz autoritaria bramó su nombre:

-¡Blas Infante Pérez! ¡Que salga!

Se levantó con expectación y salió de la celda, donde un grupo de falangistas armados con fusiles le estaba esperando. Antes, intentó recomponer un poco su sucio y arrugado traje. De sobra sabía que ese traje le había ahorrado más de un golpe. Los falangistas dudaban ante aquel detenido a la hora de repartir bofetadas y puñetazos, ya que no se parecía en nada al resto de los muertos de hambre a los que custodiaban. Si en algún momento se había hecho ilusiones de salir con vida, ya se podía ir olvidando del tema. En fin, si había que afrontar la muerte, al menos esperaba poder hacerlo con un poco de dignidad. Al llegar a la camioneta que esperaba en la puerta ya había otros tres presos esperando sentados en la caja.

Una vez que el camión enfiló hacia la Puerta Osario, las casas dieron muy pronto paso a los numerosos huertos y sembrados de los que se alimentaba Sevilla, extendidos a uno y otro lado de la carretera de Madrid. Cuando el jefe del pelotón consideró que ya estaban bastante alejados ordenó detener el camión. El resto de la macabra ceremonia transcurrió con rapidez y profesionalidad. Se notaba que aquellos tipos estaban acostumbrados a dar paseos; probablemente en poco tiempo se convertirían en los maestros de los verdugos que estaban por llegar. Todo fue muy sórdido y prosaico: les pusieron en fila frente al pelotón, y mientras los camisas azules cargaban los fusiles y se disponían para la ejecución, a Blas le dio por gritar:

-¡Viva Andalucía libre!

Tuvo la sensación de que aquello era como predicar en el desierto, y por un momento sintió un poco de pudor por haber dado a sus verdugos motivos para la mofa. Por lo menos, gritando aquello sintió que el miedo cedía ante lo enardecido de su grito, y al fin y al cabo, peor ya no le podía ir. Dos órdenes cortantes del jefe del pelotón, y todo terminó tan de prisa como había comenzado. Blas estaba en el suelo, muerto de un disparo certero y casi a bocajarro.

Cuatro años más tarde, un tribunal a las órdenes del gobierno formado por los rebeldes vencedores de la guerra le declaró culpable y le sentenció a muerte, dando legitimidad a aquel crimen cometido con nocturnidad y alevosía. Luego siguieron décadas de represión y cientos de miles de crímenes más que quedarían para siempre impunes, igual que el suyo. Después de tantos años, de nuevo la democracia y, por fin, el sueño cumplido de Blas Infante de un autogobierno para Andalucía.

Pero ¡ay!, vivimos en un país de memoria frágil, y este año 2010 en que se cumplen 74 años del fusilamiento de Blas Infante, el Partido Popular, heredero ideológico del franquismo, se permite el macabro lujo de homenajear a aquél que fuera abatido por las balas del franquismo. Y no contentos con eso, se permite reprochar a otros su comparecencia o no a semejante acto de hipocresía suprema.

Blas Infante es un personaje controvertido: para algunos, un burgués; para otros, un anarquista. Hay quien dice que era un criptomusulmán (convertido al Islam en secreto durante un viaje a marruecos). Anarquista, derechista, federalista, independentista… Al final podría ser que Blas Infante sólo fuera un hombre como cualquiera, con sus propias ideas que tal vez no casaran en ninguno de los corsés políticos de su época ni de la actualidad; un hombre que tuvo un sueño de libertad para Andalucía y que perdió su vida por ello.

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13 agosto, 2010 |

Etiquetas: Andalucía, ¡Esto es un sindiós!, Blas Infante, franquismo, Memoria histórica, Opinión, Sevilla



Efemérides: Alcazarquivir

efemérides Sin comentarios »

Un 4 de agosto como hoy, en 1578, una épica batalla acontecida en tierras de Marruecos iba a cambiar la historia de España y Portugal durante sesenta años. Ese día, el rey portugués Sebastián I pereció en la batalla de Alcazarquivir en combate contra las tropas del sultán Abd el-Malik, quien también perdió la vida en el enfrentamiento. A la batalla de Alcazarquivir se la conoce también como «La Batalla de los Tres Reyes», ya que en ella murió también el depuesto sultán Muley al-Mutawakil, a quien Sebastián ayudaba a recuperar el trono contra Abd el-Malik.

La desaparición de Sebastián, cuyo cuerpo nunca fue encontrado, provocó el luto en Portugal, y con el tiempo degeneró en una legendaria profecía según la cual el rey Sebastián volvería algún día para regir los destinos del país. Mucho más prosaicamente, el poderosísimo rey de España, Felipe II, aprovechó el vacío de poder para reclamar el trono portugués, y en 1580 se proclamó rey de Portugal, unificando políticamente todos los territorios ibéricos por primera vez desde tiempos de los visigodos. Esta unión se mantuvo durante los siguientes sesenta años, hasta que Portugal recuperó su independencia en 1640, durante el reinado en España de Felipe IV.

Para la población judía de Marruecos, esta efeméride se convirtió en motivo de celebración, toda vez que el joven e impulsivo rey Sebastián, en un alarde de fanatismo religioso, prometió pasar a cuchillo a todo judío de Marruecos que no aceptara la conversión al catolicismo como acto de «acción de gracias» por su victoria.

Más información:

  • Batalla de Alcazarquivir, en Wikipedia.

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4 agosto, 2010 |

Etiquetas: batallas, efemérides, historia, Portugal



La canción del mariquita

Opinión, Poesía, Sociedad Sin comentarios »

Debo confesar que, hasta hoy, nunca había leído este poema de Federico. En mi descargo diré que no es uno de los poemas más conocidos del genial poeta granadino. Su lectura, sin embargo, me ha movido a esta pequeña reflexión que quiero compartir con vosotros.

Compuesto en 1924, la Canción del mariquita retrata el enclaustramiento al que se encontraba sometida la homosexualidad en la Andalucía de principios del siglo XX. La maestría de Lorca consiste en decir muchas cosas en muy pocas palabras, en reflejar el drama de millones de homosexuales a lo largo de los años; el drama de personas cuya identidad sexual siempre estuvo limitada a las paredes de sus casas, a la intimidad ese universo particular, desconocido y exótico.

Fuera, en la calle, el mariquita era objeto de escarnio, de desprecio y de persecución. El mismo Federico sería asesinado unos años más tarde usando como burda y macabra excusa su homosexualidad. Luego, las leyes franquistas equipararían a los homosexuales con «vagos y maleantes», institucionalizando la represión durante décadas.

Sólo desde hace algunos años se han abierto las puertas de esos universos secretos donde la homosexualidad ha subsistido refugiada –algunos le llamarán «armarios», aunque hay que reconocer que, en muchos casos, eran unos armarios muy bien organizados– y la homosexualidad ha salido de su encierro para mostrar al mundo sin tapujos la exuberancia, la creatividad –y también el anhelo de normalidad– que este colectivo tiene que ofrecer a la sociedad; una sociedad que, a pesar de su hipocresía y su rechazo, siempre ha salido ganando con la aportación que la homosexualidad ha realizado a lo largo de la historia.

El mariquita se peina
en su peinador de seda.

Los vecinos se sonríen
en sus ventanas postreras.

El mariquita organiza
los bucles de su cabeza.

Por los patios gritan loros,
surtidores de planetas.

El mariquita se adorna
con un jazmín sinvergüenza.

La tarde se pone extraña
de peines y enredaderas.

El escándalo temblaba
rayado como una cebra.

¡Los mariquitas del Sur
cantan en las azoteas!

La canción del mariquita
Federico García Lorca

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3 agosto, 2010 |

Etiquetas: Federico García Lorca, Homosexualidad, Poesía



La Peste Negra (IV): Canal Historia

Documentales, La Peste Negra Sin comentarios »

A continuación, la Peste Negra examinada en una serie de dos capítulos de Canal Historia:


Videos tu.tv


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24 julio, 2010 |

Etiquetas: Documentales, Edad Media, historia, Peste Negra, Videos



La Peste Negra (III): Pogromo

La Peste Negra 3 comentarios »

Se acabaron los buenos tiempos. Se acabó la bonanza económica y el trabajo para todos. A mediados del siglo XIV las dueñas de ciudades y campos se llamaban hambre y guerra. Todos los reinos y principados de Europa se enfrentaban unos con otros por intereses económicos y territoriales, desgarrándose entre ellos por las migajas que la crisis y la misma guerra dejaban de lo que antes habían sido un comercio floreciente y unos campos fértiles. Hordas de mercenarios y proscritos, hambrientos y sin empleo, recorrían Europa saqueando y matando a cualquiera que se cruzara en su camino. No había forma de labrar los campos sin riesgo de morir, y aquellos campos que eran labrados no daban buenas cosechas porque el clima se había aliado con la guerra en contra los hombres: tormentas, heladas, inundaciones…

Para la gente sencilla, indudablemente, todo aquello se debía a la ira de Dios por sus muchos pecados, tal como los sacerdotes se empeñaban en predicar desde sus púlpitos. Sólo quedaba como remedio la resignación y el propósito de enmienda, para calmar al Señor y que la vida volviera a la normalidad cuanto antes. Muchos se entregaron a la vida contemplativa y mendicante, recorriendo campos y aldeas y rezando por aquellos que les proporcionaran un plato de comida o un lecho donde pasar la noche, porque rezar era lo único que podían –y sabían– hacer.

Pero cuando en 1348 desembarcó la peste en Europa y la gente, famélica y debilitada por décadas de penurias, empezó a morir por millones, el populacho empezó a pensar que no era sólo Dios quien se encontraba detrás de aquel castigo tan cruel que les había tocado vivir, que tenía que haber una mano negra detrás de todo aquello. Dios no podía ser tan cruel; aquello sólo podía ser obra del diablo. ¿Y quién representaba mejor que nadie los designios del Maligno? ¿Quién seguía enriqueciéndose a pesar de la ola de pobreza que les asolaba? ¿Quién, a pesar de la evidencia de su error, insistía en negar la salvación que Jesucristo había traído al mundo con su sacrificio supremo? ¿Quienes sino los judíos podían ser los verdaderos culpables de tanta desgracia?

Así que, ni cortos ni perezosos, los habitantes de ciudades como Narbona o Carcasona, donde la peste se había cebado especialmente en primavera, sacaron a los judíos de sus casas y los arrojaron a grandes hogueras donde fueron quemados vivos como escarmiento, acusados de envenenar los pozos de la ciudad con la mortal enfermedad.

Aquella atrocidad no disminuyó un ápice los funestos efectos de la peste, pero a buen seguro que calmó los ánimos de una población ignorante y supersticiosa. No así de las élites gobernantes, que temían una huida en masa de los judíos y sus imprescindible capitales debido a las matanzas. Incluso la Iglesia trató de detener los ataques contra la población hebrea, pero después de siglos de mensajes xenófobos contra el enemigo interior judaizante, el pueblo no estaba dispuesto a transigir: había dado forma física a sus males en las personas de los judíos y estaba decidido a exterminarlos.

En vista de cómo pintaban las cosas, al final los gobernantes decidieron darle al pueblo el chivo expiatorio que pedía, y por toda Europa los judíos fueron perseguidos, encarcelados y torturados, mientras sus propiedades eran confiscadas. El sistema legal del Medioevo era perfecto para conseguir un culpable: gracias a la tortura se podía conseguir cualquier clase de confesión, de manera que, finalmente, y con las confesiones en la mano, empezaron a quemar judíos por centenares en todo el continente. Ya no eran suficientes las hogueras, sino que empezaron a quemar a la gente hacinándolas en casas que posteriormente eran incendiadas.

Eventualmente, la peste terminó aplacándose, aunque desde luego, no fue gracias a las masacres de inocentes. El exterminio de miles de judíos tan sólo contribuyó a empeorar la crisis económica y la decadencia social de un mundo que evolucionaba rápidamente entre la Edad Media y la Edad Moderna; un nuevo oprobio que sumar a la dilatada historia de rencor y xenofobia promovida por la Iglesia.

Más información sobre el exterminio judío de 1348 en La Muerte Negra, de José López Jara.

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20 julio, 2010 |

Etiquetas: Edad Media, historia, Peste Negra



La Peste Negra (II): Bocaccio

La Peste Negra, Literatura Sin comentarios »

Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes. Y así como la buba había sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura, lo mismo eran éstas a quienes les sobrevenían. Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día porque, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en la vía pública, y tropezando con ellos dos puercos, y como según su costumbre se agarrasen y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los dientes, un momento más tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos. De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. Y de este ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los amigos, y de haber escasez de sirvientes se siguió una costumbre no oída antes: que a ninguna mujer por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo no de otra manera que hubiese hecho a otra mujer, si se lo pedía la necesidad de su enfermedad; lo que en aquellas que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo que sucedió. Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. Y eran raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de sus vecinos acompañados a la iglesia; a los cuales no llevaban sobre los hombros los honrados y amados ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la gente baja que se hacían llamar faquines y hacían este servicio a sueldo poniéndose debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no a aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la más cercana la mayoría de las veces lo llevaban, detrás de cuatro o seis clérigos con pocas luces y a veces sin ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin cansarse en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura desocupada encontrada primero lo metían. De la gente baja, y tal vez de la mediana, el espectáculo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque éstos, o por la esperanza o la pobreza retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en sus barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna morían todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una muchedumbre. Era sobre todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no menos por el temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que por el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos o con ayuda de algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los ponían delante de sus puertas (donde, especialmente por la mañana, hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese paseado por allí) y allí hacían venir los ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó juntas a dos o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que se habrían podido contar bastantes de los que la mujer y el marido, los dos o tres hermanos, o el padre y el hijo, o así sucesivamente, contuvieron. Y muchas veces sucedió que, andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron tres o cuatro ataúdes, llevados por acarreadores, detrás de ella; y donde los curas creían tener un muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más. Tampoco eran éstos con lágrimas o luces o compañía honrados, sino que la cosa había llegado a tanto que no de otra manera se cuidaba de los hombres que morían que se cuidaría ahora de las cabras; por lo que apareció asaz manifiestamente que aquello que el curso natural de las cosas no había podido con sus pequeños y raros daños mostrar a los sabios que se debía soportar con paciencia, lo hacía la grandeza de los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados. A la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias, todos los días y casi todas las horas, era conducida, no bastando la tierra sagrada a las sepulturas (y máxime queriendo dar a cada uno un lugar propio según la antigua costumbre), se hacían por los cementerios de las iglesias, después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas en las que se ponían a centenares los que llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las naves en capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se llegaba a ras de suelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo que con un tiempo tan enemigo que corrió ésta, no por ello se ahorró algo al campo circundante; en el cual, dejando los burgos, que eran semejantes, en su pequeñez, a la ciudad, por las aldeas esparcidas por él y los campos, los labradores míseros y pobres y sus familias, sin trabajo de médico ni ayuda de servidores, por las calles y por los collados y por las casas, de día o de noche indiferentemente, no como hombres sino como bestias morían. Por lo cual, éstos, disolutas sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano. Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía; y muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas? ¡Oh cuántos grandes palacios, cuántas bellas casas, cuántas nobles moradas llenas por dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron vacías hasta del menor infante! ¡Oh cuántos memorables linajes, cuántas amplísimas herencias, cuántas famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!

Giovanni Bocaccio

El Decamerón, prólogo a la Primera Jornada.

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18 julio, 2010 |

Etiquetas: Bocaccio, Edad Media, El Decamerón, historia, Peste Negra



La Peste Negra (I): Teodosia

La Peste Negra Sin comentarios »

Éstas son las murallas de la fortaleza genovesa de Teodosia. Teodosia se encuentra en un lugar privilegiado de la península de Crimea, al norte del Mar Negro. Esta ciudad fue la colonia más alejada de entre todas las que componían los vastos dominios comerciales genoveses en el siglo XIV. Aquí tuvo lugar el prólogo de una tragedia que cambiaría para siempre la historia de Europa.

A mediados del siglo XIV Europa no atravesaba precisamente por su mejor momento. Tras varios siglos de prosperidad y crecimiento, la economía se había estancado y empezaba a dar muestras de retroceso. Años de un clima desfavorable –que algunos autores achacan a una miniglaciación– habían provocado grandes hambrunas y mortandades, el abandono de muchas tierras de labor y graves conflictos tanto en el campo como en las ciudades.

Después de la Cuarta Cruzada de 1204, el poder bizantino se había hecho mil pedazos, y el dividido imperio había caído en manos de los nuevos poderes económicos de Occidente: Venecia y Génova. Entre ambas se hicieron con el control de las más importantes plazas del Egeo, y dominaron las rutas comerciales de Oriente. Frente al desaparecido poder de Constantinopla, en la árida meseta de Anatolia, un nuevo poder arraigaba: el reino de los turcos otomanos. Sin embargo, los turcos tenían también sus propios problemas en aquella época. Situados entre las potencias de Europa y los sultanes de Oriente Próximo, los otomanos mantenían una delicada equidistancia, proporcionando mercenarios a uno u otro reino según su conveniencia. En la primera mitad del siglo XIV, tras conquistar las ciudades de Nicea y Bursa, cambiaron sus costumbres nómadas y empezaron a organizarse como un reino. Pronto se atreverían a cruzar el estrecho de los Dardanelos e invadir Europa, pero por el momento se conformaban con medrar, asegurando el control de Asia Menor. Aunque el Imperio Bizantino fue reunificado bajo el gobierno de Miguel VIII Paleólogo, el equilibrio de poder se había roto en aquel estratégico lugar del mundo.

En Crimea, por su parte, el peligro eran las tribus tártaras de la Horda de Oro, descendientes del poderío mongol que durante la mayor parte del siglo XIII había amenazado la seguridad de Europa, incursionando desde las estepas rusas y ucranianas en Polonia y Hungría. Las incursiones tártaras en Crimea ponían en peligro los intereses genoveses en el Mar Negro, y en 1347 el kan tártaro Jani Beg puso sitio a la ciudad de Caffa, la actual Teodosia. Mientras el ejército mongol cercaba la ciudad genovesa, la peste se adueñó de sus tropas, matando a un buen número de soldados. En uno de los primeros ejemplos documentados de guerra biológica, los tártaros lanzaron a sus propios soldados muertos sobre las murallas de la ciudad, infectando de ese modo a los defensores genoveses.

Y aunque Génova no perdió la ciudad, al menos de momento, los tártaros tuvieron éxito en su estrategia: la peste se extendió por la ciudad. Luego, los mismos barcos que abastecían a Caffa se encargaron de llevar la enfermedad hasta Europa. La peste era una vieja conocida de la humanidad, y se había manifestado a lo largo de la historia en numerosas ocasiones. En el año 541, cuando Justiniano gobernaba el Imperio Romano de Oriente, la epidemia de peste provocó la desolación en la Península Balcánica, contribuyendo a la llegada a aquellas tierras de numerosos pueblos eslavos que conforman la población actual de esa región.

Normalmente, la peste originaba una mortandad tan extrema y rápida que acababa con la vida de los afectados antes de poder extenderse demasiado, pero en 1348, con una Europa mucho más poblada y mejor comunicada, con un comercio incipiente y activo y con un ajetreada vida urbana, la peste iba a provocar una verdadera debacle humana que cambiaría para siempre nuestra historia.

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17 julio, 2010 |

Etiquetas: Edad Media, historia, Peste Negra



FUD

Opinión, Sociedad Sin comentarios »

El acrónimo del inglés FUD (Fear, Uncertanty and Doubt) significa, traducido al español, Miedo, Incertidumbre y Duda.

Aunque Wikipedia contempla este término como una estrategia comercial destinada a perjudicar a la competencia, es fácil extrapolarlo a nuestro actual estilo de vida. A lo largo de la Historia, el mundo se ha movido principalmente por el miedo de la gente: miedo a perder la vida, a perder las propiedades, a lo desconocido… Todos los gobiernos del pasado y todas las religiones pasadas y presentes se han aprovechado de estos miedos para manejar a su antojo a la población.

Pero hasta bien entrado el siglo XX, los miedos de la gente eran de un carácter más local, ya que la falta de medios de comunicación hacía que los acontecimientos lejanos llegaran muy distorsionados y con una considerable demora. Hoy, en plena sociedad de la información, podemos afirmar con orgullo que somos participes de los mismos miedos a nivel planetario: si surge un brote de gripe en México, podemos empezar a preocuparnos hoy mismo en España -o en China-; si la crisis -y una política económica ciertamente irresponsable- atenaza la economía de Islandia, de Grecia o de España, el miedo se extenderá por los mercados en cuestión de minutos hasta afectar a toda Europa… la lista de ejemplos sería interminable, pero la conclusión es que, de no existir esa intercomunicación global en la que nos hallamos inmersos, casi todas estas noticias nos traerían al pairo.

Lo cierto es que me cuesta mucho sentirme aludido por la avalancha de noticias catastróficas que diariamente pueblan los noticiarios televisivos y los medios escritos. En muchas ocasiones da la sensación de que se intenta desde los medios provocar un estado de ánimo, influir en los sentimientos y en las opiniones de la gente para llevarlas a uno u otro terreno. No podemos olvidar en ningún caso que la mayor parte de los medios de comunicación son propiedad de empresas con intereses comerciales e incluso políticos, al servicio de clientes que pagan grandes cantidades de dinero por exponer su publicidad en dichos medios. Raramente podremos ver en un diario una información negativa sobre algunos de sus mejores patrocinadores publicitarios. ¿Podemos entonces fiarnos de la veracidad de estos medios?

En estos momentos nos encontramos en un intervalo entre grandes terrores, a la espera de que los todopoderosos medios nos sorprendan con una nueva catástrofe o epidemia que nos acojone de forma colectiva; ese caramelo informativo que se podrán estirar a voluntad hasta que el público esté curado de espanto. ¿Será la barbaridad ecológica perpetrada por BP en el Golfo de México? ¿Será una nueva alerta por amenaza terrorista? Sólo el tiempo y los gurús de los informativos lo dirán.

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16 julio, 2010 |

Etiquetas: Miedo, Sociedad



ADN

relatos Un comentario »

Nota: Este relato es uno de los últimos escritos por mi hermano Sergio antes de morir.  Siempre me ha maravillado que, tras dos años de lucha contra la enfermedad que se lo llevó, aún conservara ese sentido socarrón del humor y de la crítica hacia la sociedad en la que le tocó vivir. Lo he transcrito aquí entre otras cosas para facilitar su conservación, ya que sólo disponía de una copia en papel. Además, me apetecía mucho compartir lo que yo considero como un tesoro sentimental con los lectores de esta página.

*   *   *

Por Hilal al-Fan

Andalucía, siete de la mañana. Noticias. Por favor, presten atención al siguiente aviso: a todos los vecinos de localidades cercanas a fincas de ganado bovino, permanezcan en sus casas o en sus vehículos mientras los cuerpos de seguridad controlan la peligrosa situación provocada por grupos desconocidos que esta madrugada han saboteado cercados y liberado a reses bravas que a estas horas se hallan esparcidas por innumerables localidades andaluzas. Esta acción, que podía ser calificada de terrorista, ha sido atribuida por algunos sectores al grupo independentista clandestino A.D.N., que aún no se ha pronunciado al respecto. Repetimos, no salgan a espacios abiertos donde podrían ser atacados por estos animales que han mostrado una fiereza fuera de los normal y ya han herido gravemente a docenas de personas. Seguiremos informando.

La noticia sobresaltó a Jacinto que, cuando fue a subir el volumen de la radio-despertador programada para encenderse a aquella hora, se encontró con que habían pasado a otra noticia y no pudo enterarse de más detalles. Mientras se frotaba los ojos tumbado en la cama, intentó reconstruir el aviso y recordó las siglas A.D.N. Ya las había visto alguna que otra vez en las pintadas que aparecían en los muros de la iglesia encalados y otra vez vueltos a encalar. Siempre acompañaban consignas como “Andalucía libre e independiente” o “Fuera españoles de Andalucía” que la gente leía con gran perplejidad. Para ellos era como si pusiera “Andalucía holandesa ya”. Pero para A.D.N. la “identidad diferenciadora” que caracterizaba a los andaluces arraigaba en la Andalucía árabe y se había transmitido genéticamente a las generaciones actuales. Poco sabían sus activistas de historia medieval, pero aquel pretexto encajaba con sus necesidades: para A.D.N., el andalucismo independentista era una cuestión genética. No hacía mucho tiempo que este grupo había pasado de las palabras a los hechos, aunque no con gran fortuna. Su primera acción fue arrojar miles de octavillas propagandísticas una madrugada en el centro de Jerez. Para ello gastaron todos sus ahorros en una imprenta cuyos dueños eran, si no simpatizantes, al menos discretos. Pero equivocaron el momento y, cinco minutos después del orgiástico acto nocturno, los camiones de riego del ayuntamiento terminaron con la alfombra de octavillas que nadie, salvo ellos, pudo leer. Aquello fue un duro golpe que encajaron con una moral de hierro y atribuyeron a las dificultades del inicio de una gran empresa, pero no se les pasó por la cabeza renunciar a la lucha. La siguiente acción iba a ser el secuestro del alcalde de una importante localidad costera pero, cuando asaltaron su mansión, se encontraron con que la policía se lo acababa de llevar detenido por numerosos asuntos de corrupción y estafa.

esta vez no habían fallado. Con una estrategia profundamente estudiada, había movilizado a todos sus miembros y el sabotaje se perpetró con una sincronía perfecta. Se dividieron en pequeños grupos y se repartieron por los principales cortijos de varias provincias. Protegidos por las sombras de la madrugada, penetraron en las fincas y vertieron en los abrevaderos una disolución tóxica en cantidad suficiente para que afectara a todas las cabezas. Esta sustancia ilegal, de nombre desconocido, era empleada por algunos ganaderos para aumentar la bravura de las reses que resultaban mansas y así pasar los controles requeridos para la fiesta nacional. Normalmente, el efecto del alucinógeno remitía antes de que los toros entrasen en los ruedos y volvían a ser tan decepcionantes como antes de la dosis. Sin embargo, los activistas vertieron una cantidad exagerada de droga con el fin de que el efecto fuese eficaz y duradero. Cuando los animales hubieron bebido, sólo hizo falta colocar una linterna en la parte de la cerca que habían cortado para atraerlos a la salida. Después, ellos solos encontrarían el camino hacia las poblaciones. La iluminación callejera haría el trabajo. A las seis de la mañana, toros, vacas, terneras y becerros ocupaban los pueblos y se enzarzaban a cornadas con todo lo que encontraban a su paso. Algunos luchaban entre sí confundiendo a sus congéneres con seres extraños. Cuando los vecinos despertaban, se encontraban con las calles tomadas y no podían salir de sus casas. Permanecían cerca de las ventanas con los televisores y las radios encendidas a la espera de alguna novedad. Algún despistado tuvo que volver a subir las escaleras perseguido por una bestia negra de 635 Kg. Los mayores recordaban nostálgicos los viejos tiempos en que cada dos por tres se escapaba algún burel y todos tenían que refugiarse en las casas. Pero nunca había visto animales tan enfurecidos como aquellos que atravesaban las lunas de los escaparates tratando de embestir a los maniquíes.

Jacinto se levantó y vio desde su ventana  una vaquilla sacudiendo con violencia la cabeza para deshacerse de una papelera que había atravesado con su cuerno derecho, pequeño pero afilado.

La radio emitió un nuevo comunicado en el que rogaba a los vecinos de las localidades afectadas que no dispararan a los animales. Los ganaderos estaban organizando grupos de jinetes para recuperar las reses y conducirlas de nuevo a las fincas. Por el bien de su negocio pedían que no abrieran fuego si no era en caso de extrema necesidad. Prometían tener la situación bajo control en pocas horas.

Desde su ventana, Jacinto alcanzaba a ver parte de la plaza mayor, donde una decena de animales campaba a sus anchas y, pasada la agitación de los primeros momentos, olisqueaban todo lo que iban encontrando, embistiendo de cuando en cuando a lo que su capricho escogía. Sentía verdadera admiración por aquellos animales rústicos y misteriosos, no se perdía ninguna corrida televisada, aunque no tenía dineros para asistir a ninguna. Por primera vez los veía de cerca y trataba de reconocer sus rasgos: los había zaínos, bragados, meanos, astifinos, caretos… Aquellas eran bestias impresionantes y de pura raza. Descendientes directos de una estirpe de animales con una carga genética de bravura y nobleza inigualable.

–Eso sí que es ADN.

Murmuró Jacinto entre dientes. Luego miró hacia el armario de su habitación y pensó en el capote del tío Antonio. Lo guardaba allí desde hacía años con la esperanza de usarlo algún día delante de un toro. Mientras se vestía, recordaba la ridícula historia de su tío quien, en lugar de trabajar en las faenas del campo con sus hermanos, se fue a la capital en el 49 para asistir a clases de toreo. Cada vez que regresaba al pueblo, lo hacía calzado en su traje corto, con la gorra gacha y los trastos en una maleta pequeña para que se viera bien la empuñadura del estoque. Las mozas enloquecían a su paso y todas soñaban con ser la musa de aquel héroe en potencia. Aquellos alardes generaron envidias entre los mozos y se pusieron de acuerdo para prepararle una encerrona. Entre todos pagaron una vaquilla y lo dispusieron todo para que Antonio la toreara en el picadero de Luis Frasco, que era propicio para este tipo de celebraciones por su gran tamaño. Se lo comunicaron en la plaza del pueblo, donde él solía ir a pavonearse ante las mozas e incluso simulaba algún pase con la gorra en la mano. Cuando éstas oyeron la noticia soltaron un suspiro unánime y se volvieron sonrientes mirándolo como un niño que espera un caramelo. Ante aquellas expectativas, no cabía un no por respuesta y aceptó, pero en su vientre las tripas se encogieron y tuvo que disculparse y aligerar el paso hacia su casa, donde los retortijones lo retuvieron en el baño más de media hora. Al salir, la familia lo esperaba con aires de celebración, festejando la noticia alrededor de la mesa con una botella de vino. Él no pudo más que pedir disculpas de nuevo y volver al baño. Aquella noche no pudo dormir. ¿Cómo podría explicar que en realidad él de torero no tenía nada y que aquello sólo era una excusa para salir de aquel pueblucho y disfrutar de las modernidades y el glamour de la capital? ¿Cómo podría hacerles entender que le daban pánico los toros y que usaba aquella artimaña para arrasar entre las muchachas? Podría alegar indisposición, pero se descubriría el fraude. ¿Y si se rompiera algún hueso? No, le daba pánico el dolor. La única solución era apechugar y salir a la mañana siguiente a la arena con la bestia. Por la mañana encontró sobre la cama el traje corto planchado y replanchado pro su madre y, extendido en el respaldo de su silla, un capote nuevo en el que ella había bordado sus iniciales durante toda la noche. Lo miraba como si fuera a hacer la comunión por segunda vez.

–Que no soy Manolete, mamá.

Fueron sus últimas palabras aquella mañana antes de salir hacia el picadero. El miedo hacía que le temblaran las piernas, mientras todos lo saludaban alegremente camino de donde Luis Frasco. Al llegar, la banda del pueblo lo recibía con compases de pasodoble. Antonio bajaba la cabeza de pura vergüenza y tratando de esconder su color pálido. Tras unos minutos de espera interminables, soltaron la vaquilla, negra, flaca, pequeña, pero lo único que se podía conseguir por el poco dinero que habían reunido los mozos. Dio unas carreras por el improvisado ruedo embistiendo aquí y allá a lo que más le llamaba la atención. Sus cuernos cortos le parecieron a Antonio los del mismísimo diablo. De pronto, se hizo el silencio y todos lo miraron instándole a saltar. Y saltó. Entonces, el estruendo se recompuso y la vaquilla le dio la espalda distraída con los gritos que venían del lado opuesto. Antonio desdobló el capote, lo asió fuertemente y lo extendió. Sólo tuvo que gritar “ehe” levemente para que la vaquilla se volviera. Retornó el silencio. Todo iba a ocurrir en menos de cinco segundos. El animal arrancó tras escarbar dos veces y galopó hacia Antonio. Apretó los dientes y pensó: «tengo que darle un pase». El problema era que no sabía cómo, así que, cuando la cabeza del animal estuvo a dos metros de su cuerpo, le arrojó el capote y echó a correr. La vaquilla, cegada de pronto, intentaba librarse de éste y cabeceaba violentamente. Un extremo cayó al suelo y, al pisarlo, el percal se rasgó. Pero aquello no llamó la atención de los congregados, que estaban totalmente absortos observando la carrera de Antonio. Boquiabiertos, lo vieron salir entre los maderos del picadero y alejarse corriendo hacia su casa. El silencio se rompió en una carcajada general y pronto los mozos se dedicaron a torear la vaquilla por su cuenta. A la madre de Antonio le devolvieron aquel capote desgarrado que guardó en seguida sin lavarlo siquiera.

Antonio pasó una semana sin salir de casa, sin hablar con su familia, hasta que por fin se decidió a alistarse en el ejército, donde nadie lo conocería y, por otra parte, no había perspectivas de peligro. Aunque luego llegaron los problemas en África, pero esa es otra historia.

Jacinto volvió la vista de nuevo hacia la ventana, tratando de desviar su atención de aquel capote con el que tantas veces había jugado a ser torero. A escondidas de su abuela practicaba los más variados pases –algunos inventados– con un toro ficticio y jaleándose a sí mismo al compás de sus movimientos. Cuántas veces había querido mostrar su arte y su valentía en las capeas que se organizaban en los pueblos cercanos y en el suyo mismo y se lo habían prohibido terminantemente. Su familia tenía claro que no quería volver a pasar por un trago como el del tío Antonio y convertirse en el hazmerreir del pueblo otros cinco años al menos. Así que Jacinto había intentado concentrarse en el trabajo en la fábrica de quesos y dejarse de tauromaquias, pero no había logrado matar aquella vocación que latía en lo más profundo de su alma.

De pronto, alcanzó a ver un frenético movimiento en las bestias de la plaza, al que sucedieron varios disparos seguidos que súbitamente cesaron. Ya Jacinto no podía ver ninguna res, porque todas habían pasado a la zona de la plaza que no se divisaba desde su ventana. «Aquí pasa algo feo», murmuró y, sin pensárselo dos veces, se ató los zapatos, abrió el armario y cogió el capote, desplegándolo y doblándolo en una posición más cómoda. Salió de su cuarto y cruzó el salón a toda velocidad, sin darles tiempo a su madre y a su abuela de prevenirle sobre su salida ni de prohibírsela. Bajó las escaleras y con cautela abrió el portal. No vio a ningún animal al asomarse a aquella calle desierta y empezó a moverse rápida pero cuidadosamente hacia la plaza. Llevaba el capote pegado al pecho, tal vez por el miedo instintivo e inconsciente que hasta los mejores toreros tienen y no dejaba de girar la cabeza a un lado y a otro por si aparecía alguna res. Con tanta precaución se olvidó de mirar al suelo y pisó una enorme boñiga de toro que le llegó hasta el tobillo. Tras mascullar varios juramentos, se sacudió el pie y siguió su camino. Por fin llegó a la esquina de la plaza y contempló el espectáculo en su totalidad: seis reses yacían en el suelo desangrándose mientras un enorme toro que Jacinto pesó a ojo en unos seiscientos kilos los olisqueaba desconcertado. Junto a una pared se encontraba el pedestal de granito sobre el que reposaba el busto de Blas Infante –inaugurado en su día por el presidente de la Junta– y tras él se refugiaba como podía un guardia civil herido en una pierna. A su lado, a cuerpo descubierto ya que la estatua no era lo suficientemente ancha ni siquiera para uno, su compañero intentaba sin fortuna desencasquillar la pistola, pero su nerviosismo frenético no le ayudaba en absoluto. La pareja hacía su ronda a pie aquella mañana por tener el vehículo en el taller y habían sido perseguidos por dos vacas bravas hasta la plaza, donde les esperaba el resto de los animales deseosos de embestir a todo aquello que se moviera. Tras ser alcanzado el cabo por una vaca, el número comenzó a disparar y se refugiaron junto a la estatua, pero la única arma que poseían –la del cabo quedó en el lugar de la cogida– había dejado de disparar sin acabar antes con el peligro. Los vecinos de la plaza observaban la escena paralizados desde sus ventanas. Alguno fue capaz de vocear para llamar la atención de aquel inmenso toro que no veía ni oía más que a los guardia civiles y empezaba a escarbar en el empedrado de la plaza mirándolos con furia. El miedo terminó por paralizar también al número que soltó el arma y pegó la espalda a la pared.

–Este nos mata, Paco. –Le gritó el cabo entre gemidos de dolor. Su herida sangraba y se había hecho un torniquete.

–Y que lo digas. Ya podían haber hecho una estatua más ancha, joder.

Jacinto, escondido tras la esquina, llenó los pulmones de aire y lo expulsó con violencia. Luego, gritando con todas sus fuerzas corrió hacia el centro de la plaza, interponiéndose entre el toro y los guardias y llamándolo como había visto hacer tantas veces.

–¡He, he, he, he, he! ¡He, he, he, he, he! ¡Toro, he! ¡Toro, he!

Aquella descomunal bestia negra se arrancó con sed de sangre y Jacinto desplegó el capote dejando ver su histórico siete con todo su esplendor. Al acercarse el animal, desvió el capote a la derecha, dio un paso atrás con el pie izquierdo y el toro pasó por su lado rozándole pero burlado. En seguida se dio la vuelta Jacinto y siguió llamándolo con insistencia. El toro se volvió y con prontitud se arrancó de nuevo. El sudor chorreaba por la cara del joven en aquella atípica mañana de invierno, pero una fuerza interna le hacía ser dueño de la situación.

–Ahora una verónica– murmuró. Se cuadró ante el toro y puso todo el estilo adquirido en horas de juego en un paso que hizo que el toro no alcanzara su objetivo y frenara quince metros más allá al darse cuenta de que su embestida había sido en vano. La emoción arrancó un clamoroso “olé” de los vecinos que no daban crédito a lo que veían sus ojos. Muchos de ellos ya habían reconocido al mozo y su capote. Tras aquel pase vinieron tres, cuatro más, cada uno de ellos coreado por el improvisado público tanto que a Jacinto le pareció estar en un ruedo de verdad. De lo que no parecía haberse dado cuenta era de que cada vez estaban ambos, toro y torero, más cerca de los guardias, que pasaron de sentirse eufóricos por la actuación de aquel mozo a ver de nuevo amenazadas sus vidas por la cercanía del animal. Intentaron apartarse pero imposible mover al cabo con aquella herida. Tras uno de aquellos pases, Jacinto esperó al toro a unos dos metros de la pareja.

–¿Qué haces, inconsciente? ¡que nos va a matar!

Jacinto se volvió un segundo y lanzó una mirada tranquilizadora a los guardias que no comprendían su actitud.

El toro se arrancó una vez más, encelado con aquel capote, y aceleró con todo lo que daba su inmensa fuerza. El mozo parecía una presa fácil y al “respetable” se le hizo un nudo en la garganta desde las ventanas y balcones. El silencio era total, roto tan sólo por el estruendo de las pezuñas en el empedrado. Jacinto tuvo la sangre fría para no moverse hasta el ultimo momento y le mostró el capote. El toro se hundió en la embestida y, al retirarse el capote, descubrió a escasos centímetros de su testuz el bloque de granito en el que habría podido leer, de no ser toro, “El pueblo a la memoria del padre de la Patria Andaluza”. A tal velocidad, el choque fue inevitable y salvaje y el granito se quebró en una grieta al tiempo que la bestia caía inconsciente a su lado, tal vez muerta. Jacinto ya estaba de cara y pudo contemplar el feliz desenlace al que habían llevado sus improvisados planes. Una masiva ovación retumbó en la plaza e incluso los guardias civiles no pudieron reprimir los aplausos al ver el triunfo de Jacinto. Éste tampoco pudo evitar saludar con la mano extendida como si llevara una montera antes de correr a auxiliar al cabo herido. La pareja se deshacía en frases de agradecimiento mientras de las casas comenzaba  salir la gente a borbotones. El teléfono había corrido la voz y acudía gente de todas partes, al tiempo que una ambulancia estaba en camino. La masa recogió al herido y elevó sobre sus hombros a Jacinto, quien ni podía ni quería dejar de sonreir de oreja a oreja. Vivas y vítores como “torero, torero” resonaban en aquella plaza, repentinamente abarrotada. Los garrochistas habían recorrido los alrededores sin encontrar ninguna res y entraron en el pueblo por si quedaba alguna suelta, pero sólo hallaron los cadáveres en la plaza y el bullicio que se alejaba para darle la vuelta al pueblo a hombros a aquel joven que, capote en mano, no dejaba de sonreir y olía a boñiga. La vuelta al pueblo fue larga y durante la misma le arrojaron flores, sombreros y hasta alguna gallina, dando tiempo a que llegara una unidad móvil de la televisión autonómica avisada del acontecimiento. Con gran esfuerzo se acercaron a Jacinto entre la masa y Andalucía entera pudo ver cómo le entrevistaban, preguntándole si tenía intenciones de dedicarse profesionalmente al toreo, e informándole de que algún empresario taurino ya se había interesado por él, convertido en héroe desde aquella mañana.

–¿Quieres decirle algo a Andalucía?

–Pues que me siento muy contento de haber podido hacer algo por mi pueblo y que quiero agradecerles en el alma a esos señores que me han dado esta oportunidad tan grande para mí de iniciarme en el toreo, lo más bonito de España. –Consiguió balbucear con lágrimas en los ojos.

Tras aquella aparición de Jacinto en las televisiones de todo el país, jamás se volvió a oír hablar de A.D.N. Ni una pintada, ni una octavilla, nada. Se dice que la frustración de sus miembros les llevó a la apatía total. Algunos incluso continuaron con sus carreras. La mayoría se hundió en el anonimato, avergonzados por haber conseguido el efecto contrario al que pretendían con su acción y decepcionados por un pueblo que no consideraba la diferencia como razón de estado.

FIN

Sergio Iglesias

El Portil, 12 de septiembre de 1997

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14 julio, 2010 |

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